La vida laboral sin nómina: la realidad de la economía informal en República Dominicana

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Miles de dominicanos se ganan la vida diariamente fuera de los empleos tradicionales, conformando una parte sustancial de la fuerza laboral. Este sector, que abarca desde vendedores ambulantes hasta técnicos autónomos, representa un desafío y una oportunidad. Las estadísticas recientes del Banco Central revelan la magnitud de este fenómeno, destacando la diversidad de roles que sostienen la economía del país.

En una esquina, alguien prepara un puesto para comercializar empanadas. En otra, un comerciante aguarda que el semáforo detenga los vehículos para ofrecer algún artículo. Junto a una parada, un limpiabotas alista sus utensilios para iniciar su jornada. No todos tienen un superior al que rendir cuentas, un departamento de Recursos Humanos al que acudir o un salario fijo que les indique cuánto percibirán al finalizar el mes. Para muchos, el sustento diario implica precisamente salir a procurar ingresos.

Esta situación es inherente al mercado de trabajo dominicano y va mucho más allá de la imagen convencional del vendedor callejero. Incluye a individuos que laboran por cuenta propia, pequeños comerciantes, proveedores de servicios, operarios, artesanos, conductores y otras ocupaciones que se desarrollan al margen de un vínculo laboral convencional. Los datos más recientes del Banco Central demuestran la extensión de este fenómeno: entre abril de 2025 y marzo de 2026, el 54.2 % de las personas ocupadas se encontraba en una situación de empleo informal, según el promedio de los doce meses de la Encuesta Nacional Continua de Fuerza de Trabajo. Sin embargo, detrás de ese porcentaje se esconde una realidad mucho más compleja.

En las categorías empleadas por las estadísticas laborales dominicanas figuran ocupaciones como taxistas, choferes, motoconchistas, vendedores ambulantes, dueños de bodegas, plomeros, electricistas y artesanos, entre otras actividades realizadas de forma autónoma. Son empleos que pueden compartir una característica: la persona no depende necesariamente de una empresa que le abone un sueldo periódico, sino que obtiene sus ganancias directamente de los clientes o de la labor que desempeña.

El motoconcho es uno de los ejemplos más evidentes. Cada cliente representa una ganancia y cada día se inicia prácticamente desde cero: conseguir pasajeros, costear el combustible, el mantenimiento del vehículo y los demás gastos relacionados con la actividad. Una lógica similar puede observarse en quienes venden alimentos preparados en la vía pública, productos en las cercanías de las paradas o mercancías en pequeños puestos. La particularidad es que, en estas circunstancias, el negocio y la persona trabajadora pueden ser la misma entidad.

La informalidad tampoco se restringe a quienes trabajan en las calles. Durante el período abril de 2025-marzo de 2026, el Banco Central detectó que el 92.5 % de los ocupados en el sector informal se concentraba en cinco grandes grupos laborales: trabajadores de los servicios, operarios y artesanos, trabajadores no cualificados, operadores y conductores, y agricultores y ganaderos cualificados.

Los trabajadores de los servicios representaron el 32.4 %; los operarios y artesanos, el 24.9 %; los trabajadores no cualificados, el 15.8 %; los operadores y conductores, el 11.2 %, y los agricultores y ganaderos cualificados, el 8.2 %. Esto significa que, bajo el término “informal”, se agrupan oficios muy diversos. Puede incluir al conductor que busca clientes, pero también a quien realiza un trabajo técnico por su cuenta, a quien presta servicios o a quien obtiene sus ingresos a través de una actividad agrícola.

Existen actividades que forman parte del panorama habitual de las urbes dominicanas. En los semáforos aparecen comerciantes de agua, dulces, accesorios y otros artículos. También personas que ofrecen limpiar los cristales de los automóviles o proporcionar algún servicio durante los segundos que la luz roja permanece encendida. En las calles se pueden encontrar limpiabotas, vendedores de comida y pequeños puestos de productos. Y en barrios y comunidades operan colmados, ventorrillos y pequeños establecimientos donde, en algunos casos, el propietario también es quien adquiere la mercancía, atiende a los compradores, organiza el local y percibe directamente el beneficio de la actividad.

Esto no implica que todas las personas que realizan estas actividades sean automáticamente catalogadas como trabajadores informales. La condición laboral depende de las características de la ocupación y del establecimiento, de acuerdo con la metodología estadística empleada por el Banco Central. Precisamente por ello, la informalidad es más amplia que la imagen de una persona vendiendo en una esquina.

La distinción fundamental radica también en la manera de obtener las ganancias. Para una persona asalariada, existe un vínculo laboral por el cual recibe una retribución por su esfuerzo. Para muchos trabajadores autónomos, en cambio, el ingreso depende directamente de lo que consigan producir, vender o cobrar durante la jornada. Un día puede significar una cantidad específica de pasajeros para un conductor, cierta cantidad de servicios para un técnico o un número determinado de ventas para un pequeño comerciante. Si no hay clientes, es posible que tampoco haya ingresos.

Esta particularidad ayuda a comprender por qué la economía informal no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de cuántas personas están empleadas. También es necesario observar cómo estas personas obtienen el dinero con el que sustentan sus hogares.

El alcance del fenómeno se refleja en las estadísticas oficiales. El boletín de pobreza monetaria de 2025, elaborado a partir de los microdatos de la ENCFT del Banco Central, registró un promedio anual preliminar de 2,778,581 personas con empleo informal, frente a 2,361,370 con empleo formal. Aunque la cifra informal apenas varió con respecto a 2024, cuando se estimaron 2,776,567 personas, la cantidad sigue representando una porción considerable del mercado laboral dominicano.

La Oficina Nacional de Estadística, por su parte, mantiene series sobre la población ocupada en el sector informal por rama de actividad económica, además de información sobre ingresos, género y otras características laborales.

Hablar de empleo informal, por lo tanto, no es referirse solamente a vendedores callejeros, motoconchos o individuos que trabajan en las esquinas. Es hablar de una porción significativa de la población que genera ingresos mediante actividades que no siempre implican una relación laboral tradicional. Son trabajos que pueden iniciarse con una motocicleta, una caja de herramientas, una silla de limpiabotas, una pequeña mesa de alimentos, un puesto de venta o simplemente la disposición de ofrecer un servicio.

En muchos casos, no hay una oficina a la que acudir cada mañana ni un salario que esperar a fin de mes. Hay que salir a la calle y procurar el sustento. Y esa economía, aunque muchas veces pase desapercibida en las estadísticas diarias, está presente todos los días en las calles de República Dominicana.