La aparición de una gamba asiática inédita en el Guadalquivir ha puesto de manifiesto cómo este río, con su puerto interior en Sevilla, funciona como una puerta de entrada para especies invasoras. La constante llegada de barcos mercantes transatlánticos facilita la introducción de organismos exóticos, representando un desafío creciente para el ecosistema andaluz. Este fenómeno, lejos de ser nuevo, se ha acelerado en las últimas décadas, impulsado también por factores como el cambio climático.
En octubre de 2024, un pescador del estuario del Guadalquivir descubrió una especie de gamba nunca antes vista en la zona. Posteriormente, el CSIC identificó el crustáceo como una Macrobrachium asiática, marcando la primera detección en la península ibérica y la más occidental de Europa. Aunque se desconoce su origen exacto, los investigadores presumen que llegó a través del agua de lastre de un barco, utilizando el Guadalquivir como vía de entrada.
La presencia de numerosas especies invasoras en el sur de España se explica, en gran medida, por el hecho de que el Guadalquivir es el único río español de gran envergadura con un puerto marítimo situado tierra adentro. El estuario del Guadalquivir se extiende 110 kilómetros hacia el interior de Andalucía, albergando el puerto de Sevilla. Solo en 2023, este puerto registró 991 escalas de buques, lo que convierte a casi mil embarcaciones remontando el río en un significativo vector de riesgo biológico.
Este problema no es reciente. Ya en 1996, al describirse el primer crustáceo introducido en el estuario (un isópodo del Pacífico), se enfatizó el papel crucial de los cascos de los barcos y el agua de lastre. Desde 1503, Sevilla ha recibido tráfico mercante transatlántico, y desde entonces, la entrada de especies como el cangrejo chino de mitones (1997), el camarón oriental (1999), el cangrejo azul (2002) o la lagunilla (2021) ha subrayado la necesidad de controlar este acceso, especialmente porque el flujo de nuevas especies no cesa.
Un estudio de 2020 sobre el golfo de Cádiz, que enfrenta una problemática estructural similar, concluyó que la aparición de crustáceos exóticos se ha acelerado desde 1980, con un incremento notable en los cinco años previos. Volviendo al río, un equipo de la Universidad de Córdoba, liderado por Carlos Fernández-Delgado, estimó en 2014 que una nueva especie llegaba cada tres años. El cambio climático también favorece esta situación, ya que la regulación del caudal por las presas y la distancia a la desembocadura explican el 70% de la variación de salinidad del estuario. Menos agua dulce implica mayor salinidad y un efecto de marea más pronunciado, creando un ambiente propicio para las especies exóticas que han sobrevivido a largos viajes en los cascos de los barcos.
Afortunadamente, se han comenzado a implementar medidas. Desde septiembre de 2024, todos los buques están obligados a tratar su agua de lastre, no solo a cambiarla en alta mar. Sin embargo, la efectividad de esta medida aún es incierta, ya que la gamba asiática que inició esta historia fue descubierta después de su implementación. Se requieren acciones más ambiciosas que gestionen el estuario en su totalidad, reconociendo que no solo los barcos son el problema. Durante años se ha discutido la introducción de especies como castores, percas americanas o siluros en los ríos del país, y a este ritmo, los ecosistemas podrían perderse en un futuro cercano.