El Invierno como Arma: La Nueva Estrategia Rusa y la Contrarrespuesta Ucraniana en el Conflicto

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Con la llegada del invierno, Rusia busca convertir el frío en una ventaja estratégica, apuntando a las defensas ucranianas basadas en drones FPV, vulnerables a las inclemencias del tiempo. Mientras tanto, Ucrania ha respondido atacando sistemáticamente las refinerías rusas, generando una "carta invernal" que equilibra la presión energética. La situación ha llevado a una compleja dinámica, con llamados internacionales a una tregua energética recíproca.

Desde el inicio de la invasión rusa, la llegada del frío a Ucrania ha estado acompañada de la certeza de que Moscú intentará utilizar el invierno como un arma. Durante años, esto se ha traducido en el uso de misiles y drones contra centrales, subestaciones y redes eléctricas para dejar al país sin energía en el momento de mayor necesidad. No obstante, el próximo invierno introduce un cambio en la estrategia. Moscú sigue preparando esta presión energética, pero también espera que el propio clima le devuelva una ventaja que los drones ucranianos le han arrebatado en el terreno.

Una parte fundamental de la defensa ucraniana ya no se compone únicamente de trincheras, minas y fortificaciones, sino de zonas de muerte vigiladas por drones que pueden extenderse decenas de kilómetros alrededor del frente. Miles de pequeños drones FPV permiten localizar vehículos, artillería y concentraciones de tropas, y atacarlos antes de que alcancen las posiciones ucranianas, dificultando que Rusia transforme su superioridad numérica en grandes avances. Esta realidad ha contribuido a devolver al campo de batalla algo parecido a un enorme espacio abierto donde concentrar blindados resulta extraordinariamente peligroso y donde Moscú ha tenido problemas para lograr la ruptura que busca alrededor de Dobropillia.

El general Denys Prokopenko, comandante del 1.º Cuerpo Azov, cree que Moscú prepara precisamente para este otoño un intento de aprovechar el punto débil de esa defensa: el clima. Los drones FPV baratos son pequeños, tienen poca potencia y dependen en gran medida de cámaras electroópticas, por lo que el viento fuerte, la lluvia, la nieve o la niebla pueden reducir su eficacia o impedir directamente que despeguen. A esto se suman jornadas cada vez más cortas para aparatos que muchas veces carecen de cámaras térmicas o visión nocturna. Informes recientes desde Dobropillia sugieren que las fuerzas rusas podrían utilizar episodios de niebla para mover blindados y preparar nuevos asaltos mecanizados.

Rusia tampoco pretende simplemente recuperar aquellas enormes columnas blindadas que se convirtieron en objetivos al comienzo de la invasión. Según Prokopenko, está acumulando vehículos de los ejércitos 51.º, 41.º y 8.º y adaptándolos con guerra electrónica, jaulas antidrones y otras protecciones, mientras dispersa las formaciones y abre varios ejes de avance para multiplicar los objetivos que Ucrania debe detectar y atacar simultáneamente. El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) confirma movimientos de blindados y unidades de drones hacia Dobropillia y estima que Moscú pretende recuperar cierto grado de maniobra mecanizada cuando las condiciones otoñales sean más favorables, con el objetivo de abrir una cabeza de puente hacia el cinturón fortificado del Donbás.

Ahí radica la verdadera amenaza: no es necesario que los drones ucranianos dejen de funcionar, basta con saturarlos. Rusia puede combinar columnas mecanizadas separadas, pequeños grupos de infiltración, artillería y sus propios drones para obligar a Kiev a repartir operadores, aparatos, comunicaciones y municiones justo cuando el clima reduce la cantidad de sistemas disponibles. Por su parte, Ucrania está intentando impedirlo atacando vehículos y zonas de preparación antes de que alcancen el frente, mientras estudia complementar la vigilancia aérea con sensores y robots terrestres. Mantener esas zonas de muerte resulta crítico porque, si suficientes fuerzas rusas consiguen atravesarlas y alcanzar directamente las posiciones ucranianas, Moscú podrá explotar mucho mejor su superioridad humana. La intensificación de ataques rusos contra logística, rotaciones y evacuaciones en Dobropillia ya apunta a una preparación del terreno para operaciones durante otoño e invierno.

Mientras Rusia intenta aprovechar el clima en tierra, Kiev lleva meses atacando sistemáticamente otra vulnerabilidad: las refinerías rusas. El presidente Zelenski asegura que Ucrania ha inutilizado el 45% de la capacidad de refino del país. Además, los ataques están provocando interrupciones importantes. Por ejemplo, se informó de que un ataque reciente obligó a detener el procesamiento de crudo en la enorme refinería de Yaroslavl después de dañar una unidad responsable de aproximadamente el 40% de su capacidad, mientras otra que representaba otro 33% ya estaba en reparación tras un ataque anterior. Rusia ha restringido además las exportaciones de combustible en un mercado internacional donde el diésel ha alcanzado precios récord. El invierno energético no tiene una sola dirección.

Esto explica una situación difícil de imaginar durante los primeros inviernos de la guerra: Washington está presionando a Kiev para que deje de atacar las refinerías rusas debido a su impacto en un mercado mundial del diésel ya tensionado por otros conflictos. Trump ha pedido a Zelenski que frene esos ataques, mientras el presidente ucraniano sostiene que no tiene sentido renunciar a ellos si Rusia continúa destruyendo la infraestructura energética de Ucrania. La salida que ahora se discute es una tregua energética recíproca: Kiev dejaría de golpear instalaciones rusas si Moscú hiciera lo mismo con las ucranianas.

Zelenski ha pedido un “paquete de invierno” que incluye sistemas Patriot y otras capacidades destinadas a sobrevivir a la siguiente campaña rusa contra la retaguardia, y cree que Washington intentará negociar esa tregua energética. Sobre el terreno, entretanto, Ucrania necesita conservar suficientes drones para impedir que el mal tiempo abra corredores a los blindados rusos. Porque desde 2022, cada invierno ha planteado la misma pregunta: cuánto daño puede causar Rusia convirtiendo el frío en un multiplicador de sus ataques. Y este año aparece otra en el horizonte nevado: qué ocurrirá cuando Rusia intente aprovechar ese mismo invierno para regresar con sus tanques mientras descubre que sus refinerías y su suministro de combustible también han entrado en la ecuación.