La Playa del Ruso: La Fascinante Historia de Basilio Lukianov en la Costa de Granada

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En la Costa Tropical de Granada, una cala conocida como la Playa del Ruso guarda la centenaria historia de Vasili Lukianov, un teniente y músico del ejército zarista que huyó de su país y se estableció en una cueva junto al mar. Su vida como anacoreta y su testimonio de la trágica Desbandá durante la Guerra Civil Española lo convirtieron en una figura emblemática para los habitantes de La Rábita, quienes aún hoy honran su memoria.

En la Costa Tropical de Granada, cerca de la frontera con Almería, existe una cala que oficialmente se denomina Lance Nuevo, aunque los lugareños la conocen unánimemente como la Playa del Ruso. Este nombre se debe a la memoria de La Rábita, que recuerda la llegada de un teniente ruso que, huyendo de su país, se asentó en una cueva junto al mar hace casi un siglo y nunca más se marchó.

Nacido en 1891 como Vasili, en España fue conocido como Basilio. Fue músico militar en el ejército del zar y desembarcó en la costa granadina en 1921, en plena Guerra Civil rusa. Las versiones sobre su llegada exacta varían: algunos dicen que desertó de un barco atracado en Málaga, mientras que otros sitúan su huida años después, con la Unión Soviética ya consolidada, específicamente el 2 de enero de 1933, en el puerto de Málaga, junto a dos compañeros que planeaban llegar a Valencia a pie. Estos datos presentan contradicciones, ya que la URSS se formó el 30 de diciembre de 1922, lo que hace inconsistente la presencia de un buque soviético en 1921. Algunas fuentes incluso le atribuyen un tercer apellido, Kommersant. Lo que sí es innegable es que permaneció en este lugar.

Lukianov se estableció en una cueva entre las rocas, junto a un manantial de agua dulce que aún hoy gotea sobre una pila natural de tonos ocres y amarillos. Él mismo abrió a mano el sendero que desciende hasta la arena y construyó una pequeña fuente que sigue en pie un siglo después. Los vecinos lo recuerdan como un hombre fuerte, de aspecto bohemio y culto, que colaboraba con los pescadores en la tralla (tirar de las redes) y con los agricultores en el laboreo de la tierra a cambio de alimento. Vivió de esta manera, entre la cala y el pueblo, durante 44 años, transformándose en una especie de anacoreta con oficio.

Su cueva se situaba justo encima de la carretera que conecta Málaga con Almería, la misma vía que en febrero de 1937 fue escenario de uno de los episodios más trágicos de la Guerra Civil española: la Desbandá, la huida masiva de civiles bombardeados mientras escapaban de Málaga tras su caída en manos franquistas. La gente transitaba a pie, en burro o en mulo, sin detenerse durante siete días, casi siempre de noche, guiados por la luna llena. El ruso fue testigo de todo ello. El éxodo comenzó el 7 de febrero de 1937, después de la toma de Málaga por las fuerzas fascistas. Al menos 120.000 personas salieron por la N-340 hacia Almería; las estimaciones llegan a 200.000, y recientes investigaciones hablan de 300.000. Los cruceros Canarias, Baleares y Almirante Cervera bombardearon la columna con el apoyo de la aviación italiana y alemana. El Estado declaró la ruta Lugar de Memoria Democrática el 4 de febrero de 2025.

Lukianov dejó testimonio de aquello en un libro sobre la historia de La Rábita, describiendo una riada interminable de personas pasando frente a su refugio, por la curva que los lugareños llaman el Marroquín. Su relato coincide con otras narraciones, como la de Norman Bethune, quien llegó desde Barcelona en una ambulancia y organizó transfusiones de sangre para los huidos, junto a Hazen Sise y Thomas Worsley. Bethune describió una hilera de 30 kilómetros de personas. Málaga le dedicó el Paseo de los Canadienses, inaugurado en 2006.

El nombre La Rábita proviene de ribat, un monasterio-fortaleza nazarí que albergaba a comerciantes y derviches en retiro. Los Reyes Católicos lo derribaron para construir un castillo. El pueblo y la cala vecina llevan el nombre de este concepto de retiro. Un vecino, Antonio Luis García Martínez, entrevistó al ruso para su libro sobre La Rábita, y así se conservó su relato de la curva del Marroquín.

La playa mide apenas 200 metros de largo por unos 24 de ancho, y en realidad son dos calas unidas por una lengua de orilla, flanqueadas por el acantilado del Dragón y el peñón del Muerto. El acceso a pie comienza en la carretera que lleva a La Rábita, en la zona alta, junto a un chalet, y desciende por un sendero de tierra bastante empinado. Por mar, se llega en unos 800 metros de kayak o piragua desde el pueblo. No hay chiringuitos ni sombrillas de colores: solo rocas, arena oscura y el murmullo del agua dulce luchando contra el salitre mediterráneo. Los manantiales bajan de los acuíferos de Lújar y la Contraviesa. En el extremo oeste, el agua sulfurosa brota a entre 25 y 30 °C, donde beben las cabras montesas y descansan las gaviotas, incluida la de Audouin, una especie amenazada. Además, es una playa naturista desde hace décadas, por lo que es recomendable llevar toalla y dejar el pudor en el coche. Si se tienen ganas de caminar, un poco más allá se encuentra La Playilla, su vecina discreta y aún menos conocida.

Lukianov falleció en 1965, a los 74 años. Descansa en el cementerio de La Rábita, aunque en la playa hay un monolito. Más de sesenta años después, sigue siendo una de las figuras más queridas del pueblo: en su tumba aún aparecen flores frescas que nadie reclama haber dejado. Hace un par de años, el Ayuntamiento de Albuñol decidió honrar su memoria creando un nuevo acceso con fondos municipales: escalones, barandas de madera y rellanos. Las obras comenzaron a principios de 2025, pero unos ladrones se llevaron geranios, una palmera, dos strelitzias, pizarra y maderas de las barandas. La alcaldesa pedánea, Rosi Montes, defendió el proyecto como una apuesta personal. La inauguración finalmente se llevó a cabo el 7 de junio de 2025, el día en que Lukianov habría cumplido 134 años.