El ejercicio físico como factor clave en la prevención del Alzheimer: hallazgos recientes

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Un estudio reciente ha explorado la relación entre la actividad física y la progresión del Alzheimer, centrándose en cómo el ejercicio influye en la acumulación de proteínas cerebrales asociadas a la enfermedad. Los hallazgos sugieren un efecto protector significativo, particularmente en la ralentización del aumento de la proteína tau en individuos con niveles elevados de amiloide. Este descubrimiento resalta el papel crucial del estilo de vida en la prevención de demencias.

El Alzheimer es una enfermedad para la que aún no existe cura. Gran parte de la investigación se enfoca en la prevención, buscando las mejores estrategias para mantener un cerebro lo más sano posible y reducir el riesgo de su aparición. En este contexto, el ejercicio físico emerge como un potente factor protector.

Esta hipótesis ha sido respaldada por estudios. A finales del año pasado, un artículo publicado en la revista Nature analizó a 296 participantes cognitivamente sanos. Se midió su actividad física utilizando un podómetro en la cintura durante siete días consecutivos.

El seguimiento del estudio fue prolongado, alcanzando hasta 14 años de observación, con una mediana de 9,3 años de estudios completados. El aspecto crucial fue la medición posterior de las proteínas cerebrales asociadas al Alzheimer, como el amiloide y la proteína tau.

En términos generales, el Alzheimer se caracteriza por la acumulación de estas dos proteínas, que resultan perjudiciales para las neuronas. Normalmente, el organismo dispone de sistemas para "limpiar" las neuronas, especialmente durante la noche; sin embargo, con la edad, puede surgir un fallo en este proceso, lo que lleva a la acumulación de "desechos" y, consecuentemente, a la muerte neuronal.

Con esta base fisiológica, el estudio buscó determinar cómo aumentaban o no estas proteínas en función de la actividad física realizada. Una de las conclusiones fue que la proteína amiloide no se vio afectada, ya que el estudio no encontró asociación entre la actividad física basal de los participantes y la evolución de la carga de esta proteína.

No obstante, se observó un efecto claro en la proteína tau: aquellas personas que ya presentaban niveles elevados de amiloide, pero que realizaban ejercicio físico, experimentaron una ralentización en el aumento de la concentración de tau.

Este hallazgo es significativo, ya que la ralentización en la acumulación de tau fue responsable de mediar el 84% de la asociación con un deterioro cognitivo más lento en los pacientes. Es decir, el beneficio solo se manifestó de forma significativa en personas que ya tenían el amiloide elevado. En quienes tenían poco amiloide, el ejercicio no mostró efectos significativos sobre su deterioro.

A pesar de estos resultados prometedores, el estudio presenta limitaciones y deja interrogantes. Por ejemplo, no se profundizó en la intensidad de la actividad física (caminata) ni se esclareció si el beneficio está más ligado al entrenamiento de fuerza que a la simple acción de caminar.

La actividad física es un factor modificable. Actualmente, se conocen diferentes mecanismos biológicos que subrayan la importancia del estilo de vida para mitigar este tipo de enfermedades. Por ejemplo, existen hipótesis que sugieren que la actividad física reduce la inflamación y aumenta moléculas como VEGF-A o BDNF, que podrían modular el daño neuronal.

Debido a estos y otros factores, el consenso internacional se mantiene inalterado desde 2024, cuando se indicó que la eliminación de 14 factores de riesgo, entre los que destacan la inactividad física o la dislipemia, podría prevenir hasta el 45% de las demencias futuras.