La perturbadora práctica de soldados estadounidenses que coleccionaban cráneos japoneses en la Segunda Guerra Mundial

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Durante la Segunda Guerra Mundial, una práctica macabra y poco conocida entre algunos soldados estadounidenses fue la recolección de cráneos y otras partes de cuerpos de soldados japoneses como "souvenirs". Este hábito, aunque no oficialmente sancionado, fue lo suficientemente extendido como para generar preocupación en las autoridades militares y ser documentado en la prensa de la época, revelando una deshumanización del enemigo y una normalización inquietante en la sociedad estadounidense.

En junio de 2003, la policía de EE. UU. encontró una calavera humana dentro de un baúl durante un registro en una casa en Pueblo, Colorado. El cráneo llevaba inscripciones como la fecha "11 de noviembre de 1942" y el lugar "Guadalcanal", además de las firmas de docenas de personas y la frase "This is a Good Jap Guadalcanal S.I.", todo ello barnizado para su preservación.

El dueño de la vivienda explicó que era una reliquia familiar, traída por su bisabuelo, Julius Papas, un marine veterano del frente del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Según su relato, el hueso pertenecía a un enemigo japonés y las firmas eran de otros marines, incluido un exteniente coronel.

Aunque suene extraño y macabro, Julius Papas no fue el único soldado estadounidense que se quedó con restos de soldados japoneses. Simon Harrison, de la Universidad de Ulster, lo documentó en un artículo para The Journal of the Royal Anthropological Institute. Aunque no existen registros oficiales sobre la extensión de esta práctica, Harrison recopiló testimonios, artículos de prensa y circulares militares que confirman que no fue un caso aislado.

"La recolección de cráneos y otros vestigios de soldados japoneses como recuerdo por parte de militares aliados es un aspecto de la Guerra del Pacífico que parece haber caído en el olvido", señala Harrison. "Sin embargo, varios historiadores han demostrado que se produjo a una escala suficiente como para preocupar a las autoridades militares aliadas a lo largo de todo el conflicto, y que fue bien difundido y discutido en la prensa de EE. UU. y Japón de la época".

A falta de estadísticas, existen fragmentos de la vida cotidiana en los Estados Unidos de los años 40 que ilustran el grado de normalización de los "recuerdos óseos" de la Guerra del Pacífico. Un ejemplo sorprendente fue la revista Life en mayo de 1944, que publicó como "fotografía de la semana" la imagen de una joven posando mientras escribía una carta, con una calavera sobre su escritorio.

La carta estaba dirigida a su novio, un marine desplegado en Asia, a quien agradecía el envío de la calavera de un soldado japonés. El texto que acompañaba la fotografía de 1944, a la que Life dedicó una página entera, decía: "Cuando se despidió [sic] hace dos años de Natalie Nickerson, de 20 años, una trabajadora de Phoenix (Arizona), un teniente de la Marina, alto y apuesto, le prometió un japonés. La semana pasada, Natalie recibió un cráneo humano, autografiado por su teniente y trece amigos, con la siguiente inscripción: «Este es un buen japonés: uno muerto que recogimos en la playa de Nueva Guinea»".

No se sabe con certeza si la historia de la foto era real, pero en el presente hay un aspecto más relevante que si Nickerson tenía un novio teniente en el Pacífico: el hecho de que Life publicara tal imagen demuestra varias cosas. Primero, ninguna autoridad (ni dentro ni fuera de la revista) la consideró inapropiada. Segundo, los responsables de la publicación juzgaron que la fotografía no escandalizaría a la sociedad estadounidense de los años 40.

Setenta años después del reportaje de Natalie Nickerson, Ben Cosgrove, articulista de TIME, aún expresaba su asombro: "Tanto tiempo después, a medida que el panorama visual de la guerra se vuelve más espantoso que nunca, con decapitaciones y demás atrocidades grabadas en vídeo y publicadas online para que cualquiera las vea, sigue habiendo algo extrañamente inquietante en la imagen de una joven atractiva mirando un 'cráneo enemigo' y escribiendo una nota de agradecimiento al novio (sin nombre) que se lo envió".

La publicación de Life es solo una de las muchas anécdotas relacionadas con cráneos (u otras partes del cuerpo) de japoneses caídos en combate que terminaron en manos de soldados de EE. UU. e incluso llegaron a localidades como Pueblo o Phoenix, tras haber sido meticulosamente limpiados.

Otra historia conocida involucra a Franklin D. Roosevelt. En junio de 1944, The New York Times reveló que un congresista le había regalado un abrecartas hecho con el hueso del brazo de un soldado japonés. En este caso, sí hubo cierto revuelo, y Roosevelt terminó devolviendo el regalo semanas después para que la reliquia recibiera sepultura.

Aunque una parte de la sociedad estadounidense de los años 40 pudo sintonizar con estas prácticas, una amplia población y grupos religiosos condenaban la profanación de cadáveres. Episodios como el del abrecartas o el fotorreportaje de Life fueron utilizados por el Gobierno japonés para alimentar su propaganda contra EE. UU., acusándolos de violar el Convenio de Ginebra de 1929.

Quizás por esta razón, las autoridades militares de EE. UU. realizaron varios intentos (poco enérgicos) para disuadir a sus soldados de quedarse con huesos como souvenirs. En su artículo, Harrison menciona tres ocasiones en las que las autoridades abordaron el tema. La primera fue en septiembre de 1942, al inicio de la Campaña de Guadalcanal, cuando el comandante en jefe de la Flota del Pacífico ordenó "medidas disciplinarias severas" para quienes se apropiaran de partes de cuerpos enemigos.

En octubre de 1943, el Jefe del Estado Mayor expresó su preocupación por esta costumbre y, poco después, en enero de 1944, el Estado Mayor Conjunto exigió a sus comandantes que adoptaran medidas para "impedir la preparación de cráneos y 'objetos similares' como trofeos de guerra" y que nadie se llevara de los campos de batalla huesos que "puedan presentarse como partes de cuerpos japoneses".

"Es evidente que la recolección de partes de cadáveres a una escala lo suficientemente grande como para preocupar a las autoridades militares había comenzado tan pronto como se localizaron los primeros cuerpos japoneses, vivos o muertos", explica el historiador, quien sugiere que, al margen de las órdenes de Washington, los oficiales las aplicaban de "forma parcial y desigual".

Un soldado de la época relataría más tarde que sus superiores no fomentaban la recolección de cráneos o dientes de enemigos, pero tampoco se esforzaban en impedirla. "No querían desalentar la animadversión hacia el enemigo".

El artículo de Harrison cita numerosos casos de soldados que se quedaron con dientes, calaveras u otros huesos, macabros souvenirs con particularidades que detalla en su estudio. Por ejemplo, asegura que a menudo las reliquias se recogían en los frentes; es decir, no eran partes de enemigos abatidos directamente, sino de cadáveres ya tendidos en el campo.

De ahí que, más que de "caza de trofeos", Harrison hable de "recogida de trofeos" o incluso de "recuerdos". Esto se sabe porque cráneos como el que se llevó Papas muestran señales de mordeduras de ratas y descomposición, lo que sugiere que el marine no se llevó la cabeza tras matar a su dueño (como contó a su familia), sino que pertenecía a un soldado que ya había encontrado fallecido.

Harrison también menciona casos en los que los soldados no buscaban trofeos ni souvenirs, sino piezas que pudieran vender o enviar a sus familiares, incluyendo insignias, cantimploras, espadas o medallas. En cualquier caso, el tránsito de huesos fue lo suficientemente frecuente como para que las aduanas de EE. UU. intervinieran.

Harrison cita el caso del aviador Charles Lindbergh, quien aseguró que al regresar del Pacífico se encontró con una sorpresa en la aduana de Hawái: "El funcionario me preguntó si llevaba huesos en el equipaje. Me dijo que tenía que hacer esa pregunta a todos porque habían descubierto a gran número de hombres que se llevan huesos japoneses a su casa como recuerdo".

No es el testimonio más aterrador que recoge. En su estudio, asegura que cuando en 1984 se intentaron repatriar los restos de soldados japoneses caídos en las Islas Marianas, las autoridades descubrieron que al 60% les faltaban las cabezas. "Un sacerdote japonés que visitaba Iwo Jima con regularidad desde 1952 para oficiar ceremonias en memoria de los fallecidos informó de manera similar en 1985 que se habían sustraído los cráneos de muchos de los restos".

¿Por qué esta obsesión? ¿Por qué este hábito se registró en el escenario de operaciones del Pacífico y no en otros frentes de la Segunda Guerra Mundial? Harrison intenta responder estas preguntas y plantea ideas interesantes, como que la recolección de trofeos de guerra es una costumbre secular y que, en el caso de EE. UU., pudo influir la percepción que el país tenía de los japoneses. En su imaginario, argumenta, se les presentaba como "enemigos lejanos" en contraste con los italianos o alemanes, considerados "enemigos cercanos".

Esta distinción no es menor porque contribuía a deshumanizar al adversario. "A los ojos de muchos militares y civiles aliados durante la Segunda Guerra Mundial, sus enemigos se clasificaban en función del grado de humanidad, y se reconocía a alemanes e italianos como seres humanos, 'hombres como nosotros'", reflexiona el investigador. "Sin embargo, la actitud hacia la humanidad de los japoneses tendía a ser, en el mejor de los casos, ambivalente".

El ataque a Pearl Harbor y las atrocidades perpetradas por los propios japoneses durante la Segunda Guerra Mundial (como la terrible instantánea que muestra a Yasuno Chikao a punto de decapitar con su katana al sargento Leonard Siffleet), exacerbaron el racismo en la sociedad estadounidense. De aquella época no solo son trofeos como el de Papas, sino también los campos de internamiento para miles de estadounidenses de origen japonés.