China está realizando un innovador experimento llamado Dixing-3, donde voluntarios pasan hasta 30 días en reposo absoluto, simulando las condiciones de microgravedad para preparar a sus astronautas para futuras misiones lunares y estancias espaciales prolongadas. Esta iniciativa busca comprender y mitigar los efectos fisiológicos de la gravedad reducida en el cuerpo humano, un paso crucial para el objetivo de China de enviar astronautas a la Luna antes de 2030.
La última vez que un ser humano pisó la Luna fue en diciembre de 1972. Desde entonces, se han enviado sondas y orbitadores, se ha fotografiado su superficie con un detalle sin precedentes y se ha aprendido mucho más sobre nuestro satélite. Sin embargo, ningún ser humano ha regresado. Más de medio siglo después, el retorno obliga a recuperar capacidades olvidadas y a resolver una pregunta fundamental: cómo preparar el cuerpo para vivir, aunque sea por unos días, en entornos gravitatorios muy diferentes al terrestre.
China está abordando esta faceta menos visible de una misión lunar mientras avanza con su programa tripulado. Su meta oficial es llevar astronautas a la superficie antes de 2030, pero una de las pruebas de preparación no requiere cohetes ni plataformas de lanzamiento, sino una cama.
En el experimento Dixing-3, varios voluntarios permanecieron 15 o 30 días sin levantarse, realizando incluso las actividades cotidianas más básicas en posición horizontal. La trascendencia de esta prueba radica en lo que se puede aprender sobre un viaje a la Luna.
Preparar el cuerpo para otra gravedad
Dixing-3, que comenzó en mayo de 2026 y concluyó antes de la presentación de sus resultados en septiembre, integró actividades ordinarias en el protocolo científico. Los voluntarios comían, se aseaban, dormían, orinaban y defecaban manteniendo la posición establecida, mientras se sometían a diversas mediciones fisiológicas. Algunos grupos también realizaron ejercicios específicos para evaluar posibles medidas de protección contra los cambios corporales.
La clave reside en la postura. Mantener el cuerpo con una inclinación de 6° y la cabeza más baja que los pies provoca un desplazamiento de fluidos hacia la parte superior y reduce la carga sobre huesos y músculos de las piernas, reproduciendo en tierra algunos efectos de la microgravedad. Dixing-3 fue más allá: según la investigadora Qu Lina, el ensayo incorporó posiciones con la cabeza elevada para estudiar condiciones de gravedad reducida y las transiciones entre distintos entornos gravitatorios.
Esa variación de condiciones es especialmente relevante en una misión lunar. Durante gran parte del viaje, los astronautas están expuestos a microgravedad, pero al llegar a la superficie, operan bajo una gravedad equivalente a aproximadamente una sexta parte de la terrestre. El organismo debe adaptarse a un entorno que no es ni la Tierra ni la ausencia casi total de peso del trayecto. Para los investigadores chinos, comprender esta transición es crucial porque afecta a sistemas como el musculoesquelético y el cardiovascular, justo cuando la tripulación necesita moverse y trabajar sobre la superficie.
El experimento no estaba destinado únicamente a la Luna. China busca contramedidas eficaces para estancias espaciales cada vez más prolongadas; de hecho, un tripulante de Shenzhou 23 tiene prevista una estancia de un año en órbita. Dixing-3 sirvió para validar medidas tanto para este tipo de vuelos como para las condiciones de una futura misión lunar. Según el Astronaut Center of China, las intervenciones probadas mostraron buenos efectos protectores sobre huesos, músculos y sistema cardiovascular, aunque los comunicados públicos consultados no ofrecen resultados detallados hasta el momento.
Dixing-3 forma parte de una línea de investigación que China ha desarrollado durante casi dos décadas. El primer ensayo de la serie, Dixing-1, se realizó en 2007, y en 2019 llegó Dixing-2, mucho más ambicioso: 36 hombres permanecieron 90 días bajo un protocolo de reposo con la cabeza inclinada 6° hacia abajo y distintos programas de ejercicio. Los resultados publicados posteriormente mostraron que algunas de esas rutinas ayudaban a conservar la capacidad aeróbica y ciertos parámetros de fuerza muscular, aunque la protección frente a la pérdida ósea seguía planteando dificultades. La NASA y la ESA también utilizan este tipo de estudios para analizar en tierra algunos de los efectos fisiológicos de los vuelos espaciales.
Todo esto ayuda a entender que una misión lunar depende de mucho más que un vehículo capaz de llegar hasta allí. Pekín trabaja en el Long March-10, la nave Mengzhou, el módulo de descenso Lanyue y el traje lunar Wangyu, cuatro elementos destinados a cubrir distintas etapas de una futura expedición tripulada. El experimento de reposo completa otra parte de ese rompecabezas: la adaptación del propio astronauta. Es una preparación que el país está desarrollando con un horizonte muy concreto: llevar a sus primeros seres humanos a la superficie lunar antes de 2030.
La próxima llegada de seres humanos a la Luna podría ocurrir en muy pocos años. La NASA apunta a principios de 2028 para regresar a la superficie con Artemis IV, mientras Pekín pretende realizar su primer alunizaje tripulado antes de 2030. Más de medio siglo después de Apolo 17, ambos programas demuestran que regresar no es solo repetir una hazaña tecnológica conocida, sino también volver a aprender cómo llevar hasta allí un organismo acostumbrado a la Tierra y lograr que, después del viaje, pueda levantarse, moverse y trabajar bajo una gravedad completamente distinta.