Corea del Sur Pone Fin a la Tradición de Consumo de Carne de Perro

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Corea del Sur ha celebrado su último verano legal con la tradición de consumir carne de perro, una práctica asociada a los días más calurosos. Una ley aprobada en 2024 prohibirá la cría, sacrificio y venta de perros para consumo humano a partir de febrero de 2027, marcando el fin de una costumbre milenaria que ha disminuido significativamente debido a cambios sociales y una creciente conciencia sobre el bienestar animal.

Durante generaciones, los tres días tradicionalmente considerados los más calurosos del verano coreano fueron cruciales para los restaurantes de carne de perro. La creencia popular sostenía que un plato de bosintang, un estofado caliente y nutritivo, ayudaba a recuperar energías frente a las altas temperaturas. Sin embargo, el tercer boknal de 2026 ha tenido un significado completamente distinto: ha sido el último en la historia de esta costumbre.

La relación entre combatir el calor y consumir un estofado caliente puede parecer paradójica, pero durante décadas, los boknal (los tres días más calurosos del verano) llenaron los establecimientos especializados en bosintang. A esta sopa de carne de perro se le atribuía la capacidad de restaurar la energía y la resistencia durante el calor sofocante. Esta tradición formaba parte de una concepción más amplia de los alimentos revitalizantes y convertía el verano en una de las temporadas fundamentales para el negocio. Este agosto, algunos surcoreanos han acudido por última vez a estos restaurantes, sabiendo que cuando regresen los boknal de 2027, el comercio que los abastecía ya será ilegal.

Moran Market, en Seongnam, fue durante décadas uno de los principales centros de carne de perro en Corea del Sur, pero hoy presenta una imagen muy diferente. Muchos restaurantes han sustituido el bosintang por estofado de cabra negra, promocionado también como alimento revitalizante. Quienes aún recorren largas distancias para comer perro son principalmente clientes de 70, 80 y 90 años. Kim Yong-book, presidente de la asociación de comerciantes y trabajador del mercado desde hace más de cuatro décadas, describe la situación diciendo que aquello se ha convertido en "un pueblo de ancianos". Lee Kang-chun, con 37 años en el negocio, continúa sirviendo el plato a pesar del aumento de los costes y los escasos beneficios, fundamentalmente porque todavía llegan clientes veteranos que desean consumirlo mientras puedan.

La ley no ha sido la única causa del declive del consumo, sino que ha llegado después de décadas de transformación social. El aumento de los perros como animales de compañía, el cambio generacional y una sensibilidad creciente hacia el bienestar animal hicieron que una práctica antes aceptada se volviera progresivamente controvertida. Una encuesta gubernamental mostró que el porcentaje de personas que habían comido perro durante el año anterior había caído del 27% en 2015 al 8% en 2024. Otra encuesta, realizada antes de la aprobación de la prohibición, reveló que más del 90% no tenía intención de consumirlo en el futuro, casi el 95% no lo había hecho durante el año anterior y más del 80% respaldaba una prohibición. El último boknal legal llega, por tanto, cuando buena parte de la sociedad ya había abandonado la tradición.

En 2024, el Parlamento surcoreano aprobó una ley que prohíbe criar, sacrificar, distribuir y vender perros destinados al consumo humano. Esta decisión histórica culminó una campaña que había ganado impulso bajo el entonces presidente Yoon Suk Yeol y su esposa, Kim Keon Hee, una firme defensora del bienestar animal. En lugar de cerrar inmediatamente una industria de la que dependían miles de personas, el Gobierno estableció un periodo de transición de tres años que concluye en febrero de 2027, momento en que comenzarán a aplicarse multas y penas de prisión. Más de 5.600 negocios estaban afectados por la legislación y, en 2025, todavía existían 1.537 granjas registradas, aunque cientos ya habían comenzado a cerrar.

La desaparición de la industria ha generado una dificultad que la prohibición no resuelve automáticamente: qué hacer con los animales criados para un mercado que está desapareciendo. En 2025, el Gobierno estimaba que quedaban cerca de medio millón de perros en estas explotaciones. Los agricultores denunciaban que comerciantes y mataderos habían dejado de comprarlos y los refugios no podían absorberlos. Reubicarlos tampoco parece sencillo: las granjas favorecieron durante años animales grandes porque el peso significaba más carne, mientras que muchos surcoreanos urbanos buscan perros pequeños para vivir en apartamentos. Algunos son además tosa o cruces de esta raza, clasificada como peligrosa y sujeta a restricciones. El Gobierno ha destinado fondos a ampliar refugios y compensar a quienes cierren anticipadamente, mientras organizaciones animalistas han enviado miles de perros a hogares en Corea del Sur, Canadá, Estados Unidos y Reino Unido, pero incluso ellas han advertido que encontrar destino para todos será extremadamente difícil.

En Moran Market todavía quedan personas como Yoo Jin-sam, de 69 años, que come bosintang desde que tenía poco más de veinte y lamenta que desaparezca, aunque acepta la decisión del Gobierno. Otros clientes veteranos simplemente se resignan a sustituirlo por otra comida. Esa división generacional explica gran parte de lo que está ocurriendo: mientras algunos propietarios y consumidores mayores ven desaparecer una costumbre que los acompañó durante toda su vida, para la inmensa mayoría de los jóvenes surcoreanos, comer perro hace tiempo que dejó de formar parte de la normalidad. La prohibición de febrero de 2027 terminará de convertir ese cambio cultural en ley. Y con ella desaparecerá también una de sus manifestaciones más peculiares: después de generaciones buscando fuerzas contra el calor alrededor de un plato de bosintang, Corea del Sur acaba de celebrar su último verano legal comiendo perro, a diferencia de las consignas diametralmente opuestas de Corea del Norte.