Mallorca enfrenta un desafío hídrico crítico debido a la elección de cultivos y la transformación del territorio. Un experto propone una solución basada en la agricultura regenerativa: reforestar la isla con un millón de árboles adaptados al clima mediterráneo, mejorar la infiltración del agua en el suelo y optimizar el aprovechamiento de la lluvia. Esta iniciativa busca revertir el impacto de décadas de prácticas agrícolas que han compactado el suelo y agotado los recursos hídricos, ofreciendo una alternativa sostenible a la desalación.
Mientras que un aguacatero puede requerir aproximadamente 15.000 litros de agua, un olivo necesita alrededor de 950 litros. Para un residente de Mallorca, esta diferencia numérica resalta gran parte del problema hídrico de la isla: se continúa decidiendo qué cultivar y cómo modificar el territorio como si el suministro de agua fuera ilimitado. La alternativa, que ha sido propuesta durante años y ahora adquiere una urgencia particular, consiste en regenerar los suelos, facilitar la infiltración de la lluvia en lugar de su escorrentía y plantar un millón de árboles capaces de prosperar en el futuro clima mediterráneo.
Miquel Ramis utiliza una comparación deliberadamente sencilla para ilustrar una problemática compleja. Según una tabla de su libro “Agricultura Regenerativa para Climas Mediterráneos”, un aguacatero puede consumir cerca de 15.000 litros de agua, en contraste con los aproximadamente 950 litros de un olivo. Esto significa que con una cantidad similar de agua se podrían mantener quince olivos y medio.
Su argumento no es que Mallorca deba prohibir los aguacates, sino que una isla que se encamina hacia un clima más árido no puede seleccionar sus cultivos sin considerar su impacto hídrico. Sostiene que si antes ciertas especies podían sobrevivir con 450 o 500 milímetros de lluvia anual, ahora es esencial pensar en árboles que puedan hacerlo con 250 milímetros.
La propuesta de Ramis no se limita a organizar una campaña masiva de reforestación. Primero, es crucial restaurar un suelo que ha sido compactado por décadas de arado, maquinaria y pérdida de materia orgánica. Cuando ocurre una tormenta, una parte del agua fluye por la superficie, arrastrando la capa fértil y alejándose del lugar donde cayó. Su enfoque de agricultura regenerativa busca lo contrario, utilizando materia orgánica, cubierta vegetal y modificaciones del terreno para dirigir el agua de lluvia hacia los árboles. Un suelo más poroso retiene mayor humedad, disminuye la evaporación y permite que parte del agua recargue los acuíferos en lugar de perderse como escorrentía.
Ramis explicó en una entrevista que la idea es que cada árbol reciba la lluvia de 25 metros cuadrados. Imaginó una tela de cinco por cinco metros hundida por una piedra en el centro. Aplicado al terreno, esto implica modificar ligeramente la superficie para que la lluvia de esos 25 metros cuadrados se concentre precisamente donde está plantado el árbol.
Si caen diez litros por metro cuadrado, en lugar de recibir solo el agua que cae directamente sobre su pequeña superficie inmediata, ese árbol puede concentrar hasta 250 litros provenientes de su entorno. La estrategia es aprovechar el propio relieve para captar la lluvia, retenerla dentro de la propiedad y lograr que los árboles, una vez establecidos y adecuadamente seleccionados, requieran muy poco riego adicional.
La propuesta de plantar un millón de árboles no es nueva. Ya en 2020, Ramis, a través de Balears Verd, planteaba la creación de un millón de árboles integrados en bosques comestibles, combinando frutales, arbustos, hortalizas y otras especies, recuperando así el antiguo policultivo mediterráneo frente a décadas de monocultivos.
El objetivo no era solo capturar CO₂: estos árboles debían proporcionar sombra, reducir la temperatura del suelo, generar biomasa y alimentos, mitigar el viento y contribuir a retener la lluvia. El proyecto también contemplaba una red descentralizada donde administraciones, escuelas, empresas, agricultores y particulares plantaran y mantuvieran sus propias áreas, transformando toda la isla en un laboratorio de regeneración.
Ante la creciente presión sobre los acuíferos, Baleares ha recurrido cada vez más a la desalación. Ramis contrapone esta estrategia con la suya en la entrevista, señalando que una desaladora puede costar entre 30 y 60 millones de euros, y menciona proyectos municipales que alcanzan los 135 millones, además del consumo energético y los posteriores costos de mantenimiento. Su crítica también aborda la salmuera devuelta al mar y su posible impacto en ecosistemas sensibles como las praderas de posidonia. Frente a esta infraestructura, argumenta que por menos dinero se podría implementar el plan del millón de árboles, con una diferencia fundamental: después de la inversión inicial, el territorio regenerado produciría alimentos, empleo y biomasa, al tiempo que contribuiría a la conservación del agua.
El verdadero cambio en la propuesta radica en no plantar más, sino en diseñar el entorno pensando en cada litro de agua disponible. Ramis no presenta los árboles como reemplazos literales de las desaladoras ni como una máquina capaz de generar agua, sino como componentes de un territorio diseñado para necesitar menos agua y desperdiciar una cantidad significativamente menor de la que recibe. Esto implica abandonar especies excesivamente sedientas, restaurar la materia orgánica, almacenar la lluvia, frenar la erosión, recargar acuíferos y adaptar la agricultura a un clima progresivamente más árido. La comparación entre el aguacatero y los quince olivos trasciende una simple curiosidad agrícola: es una invitación a reflexionar si Mallorca debe seguir buscando cada vez más agua para mantener el paisaje actual o comenzar a transformar el paisaje para poder vivir con el agua que tendrá en el futuro.