La ciudad de Ceuta, inicialmente bajo dominio portugués desde 1415, experimentó un cambio de soberanía crucial en el siglo XVII. Tras la Unión Ibérica y la posterior secesión de Portugal, Ceuta optó por permanecer leal a la Corona española. Este artículo detalla los eventos históricos, diplomáticos y militares que consolidaron a Ceuta como parte integral de España, a pesar de las disputas fronterizas y reclamaciones posteriores.
"Con este palo me basto para defender Ceuta de todos sus enemigos". Esta fue la audaz respuesta de Pedro de Meneses, el primer gobernador portugués de la ciudad, al rey Juan I, quien le inquirió sobre las tropas con las que planeaba resistir. Era el 21 de agosto de 1415, y Portugal acababa de arrebatar la plaza al sultanato benimerí de Fez. En aquella expedición, un infante adolescente llamado Enrique, quien más tarde sería conocido como "El Navegante", también estaba presente.
Durante 165 años, Ceuta fue lusitana, una realidad indiscutida. Hasta 1580, este puerto, escenario de corsarios y de derrotas como la de Sebastián I en la batalla de los Tres Reyes de 1578, se encontraba en un conflicto constante. Sin embargo, la transformación no llegó por la vía militar: a la muerte de Sebastián I sin descendencia, Felipe II unió bajo su corona los reinos de España y Portugal, incluyendo Arcila, Tánger y Mazagán, dando origen a la Unión Ibérica. Ceuta, al menos en el ámbito formal, mantuvo su identidad portuguesa.
En 1640, la plaza tomó una decisión determinante. El 1 de diciembre, el duque de Braganza se proclamó rey, asumiendo el nombre de Juan IV. Observó cómo todas las plazas portuguesas se unían a su causa, excepto Ceuta. Aunque su gobernador, Francisco de Almeida, apoyaba a Braganza y la guarnición era lusitana, la nobleza local y el clero juraron fidelidad a Felipe IV ante el corregidor de Gibraltar. Aunque la narrativa popular habla de un "plebiscito libre y democrático", no existen registros documentales de una consulta a los 2.000 habitantes de la ciudad; fue un pronunciamiento institucional, que no fue ni unánime ni una votación en el sentido moderno.
Varias razones explican el cambio de lealtad de Ceuta. La ciudad se abastecía con mayor regularidad desde Algeciras y Cádiz que desde una metrópoli portuguesa que la mantenía desatendida. También hubo una castellanización previa de gobernadores y tropas, con guarniciones mixtas, noviazgos, entre otros factores. Una tercera razón, algo peculiar, fue que los emisarios portugueses encargados de comunicar el cambio de gobernador fueron interceptados. En consecuencia, la ciudad nunca recibió la orden de unirse a Braganza.
La fidelidad fue recompensada. Felipe IV designó a Juan Fernández de Córdoba como gobernador y otorgó a la ciudad el título de Muy Noble y Muy Leal. Solo en 1647, la Corona destinó 225.562 reales de vellón para el abastecimiento de grano y 102.225 reales de plata para el pago de las tropas. A estos montos se sumaron, en 1648, otros 40.607 reales de plata en socorros extraordinarios. El vellón representaba el sustento básico; la plata, los recursos para la defensa. Pan para evitar la hambruna y plata para mantener la resistencia.
Treinta y tres años de asedio sirvieron como una prueba de fuego. Entre 1694 y 1727, Ceuta resistió el Gran Sitio del sultanato alauí sin sucumbir. España mantuvo la plaza con hombres, barcos y grano durante más de tres décadas de guerra ininterrumpida. Este no fue el único episodio de resistencia: hubo nuevos intentos de conquista en 1732 y 1757, y un ataque y asedio adicionales en 1790. Cuatro asedios en menos de un siglo, todos ellos fallidos.
En 1668, se produjo la firma que selló el destino de Ceuta. La Guerra de Restauración concluyó con el Tratado de Lisboa del 13 de febrero, cuyo artículo segundo estipulaba la devolución de cada plaza ocupada a su reino de origen, con una única excepción explícita: Ceuta permanecería bajo el dominio de Castilla. La decisión que la ciudad tomó por sí misma en 1640 fue formalmente ratificada 28 años después. Esta fecha es reconocida por el derecho internacional como el nacimiento jurídico de la Ceuta española, casi 140 años antes de la existencia de, por ejemplo, los Estados Unidos.
La frontera continuó siendo objeto de negociaciones durante 130 años más. Fijar la soberanía no implicó establecer límites exactos. En 1767, el marino Jorge Juan negoció con el sultán para que Ceuta tuviera sus límites señalados con mojones de piedra, lo cual quedó plasmado en el artículo 19 del Tratado de Paz, Amistad y Comercio. El Convenio de 1782 amplió el perímetro hasta controlar las alturas exteriores, ratificado en el Tratado de 1799. De esta manera, Ceuta pasó de una posición amurallada inicial en el monte Hacho a una tercera línea con control sobre el terreno circundante, en apenas 32 años de diplomacia sucesiva.
Una mala traducción de un tratado fue fuente de conflictos. Marruecos reclamó en 1837 territorios que España consideraba cedidos en 1782, y que Rabat interpretaba únicamente como una cesión de pastos. La traducción de los convenios fue "una fuente constante de malentendidos", según el historiador Jerónimo Becker. La mediación británica condujo al Acuerdo de Tánger de 1844 y al Convenio de Larache de 1845, pero los ataques a las guardias españolas persistieron hasta que España declaró la guerra a Marruecos el 22 de octubre de 1859. La prensa de la época destacó el conflicto por el "enorme entusiasmo popular en ambos países". España resultó victoriosa, aunque no fue "un paseo militar", y solo la intervención francesa y británica impidió que llegara hasta Tánger. El Tratado de Wad-Ras del 23 de abril de 1860 amplió el perímetro por tercera vez hasta la línea del Serrallo y la bahía de Benzú, estableciendo un campo neutral que aún existe, ahora ocupado por Marruecos. Esta frontera es, de hecho, la actual.
Antes de España y Portugal, la mitología clásica sitúa en Ceuta el décimo trabajo de Hércules. Al encontrarse con una cordillera que le impedía el paso, la habría partido en dos, abriendo el Estrecho y dejando dos promontorios: Calpe (el Peñón de Gibraltar) y Abyla, la actual Ceuta. De ahí surgió el Non plus ultra latino —no hay nada más allá—, una frase que siglos después Carlos I invirtió en Plus Ultra para anunciar al mundo que sí había algo más allá del Estrecho, y que pretendía alcanzarlo.
Actualmente, Ceuta es gobernada por un monarca. El empresario Aziz Akhannouch, presidente de la Reagrupación Nacional de los Independientes (RNI), opera bajo el reinado de Mohamed VI, no de forma independiente. Ambos son conocidos por su amistad con Donald Trump y Benjamin Netanyahu. No en vano, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, documentos oficiales estadounidenses describen Ceuta y Melilla como ciudades "bajo administración española" en territorio marroquí, rompiendo un tabú diplomático y generando controversia.
Marruecos reclama Ceuta y Melilla desde su independencia en 1956, argumentando una descolonización pendiente. España responde con el mismo argumento: la soberanía española es anterior a la existencia del propio Estado marroquí en sus fronteras actuales, que se consolidó a mediados del siglo XVII. A Marruecos no le agradó que Ceuta y Melilla contaran con su propio estatuto desde 1995, pero es un derecho reconocido por la Constitución de España de 1978.