Desde hace tiempo se aconseja bajar la tapa del inodoro antes de descargar para evitar la dispersión de bacterias. Aunque la descarga genera aerosoles con microorganismos, estudios recientes sugieren que la efectividad de la tapa podría no ser tan absoluta como se pensaba, e incluso podría redirigir partículas. La ciencia aún debate el alcance real y el impacto en la transmisión de enfermedades en la vida cotidiana.
Uno de los consejos más extendidos sobre la higiene en el hogar es la importancia de bajar la tapa del inodoro antes de tirar de la cadena. La razón principal es evitar que una "pluma del inodoro", una nube invisible de bacterias y partículas, se propague por el baño y contamine las superficies circundantes.
Diversas investigaciones científicas han confirmado que la descarga del inodoro produce gotas y partículas suspendidas en el aire. Si el agua del inodoro contiene microorganismos, estos pueden convertirse en bioaerosoles.
Lo que ha captado el interés de los investigadores es el alcance de estas partículas. Algunos estudios han detectado que estos aerosoles pueden alcanzar alturas compatibles con la zona de respiración de un adulto. Además, se ha demostrado que ciertas partículas pueden permanecer en suspensión en el aire durante al menos 20 segundos después de la descarga.
La cantidad de aerosoles que se dispersan en el baño varía. Los principales factores de riesgo identificados son una mayor carga microbiana en el agua y el uso de inodoros con grandes volúmenes de descarga. De hecho, los modelos de inodoros de alta energía generan una mayor cantidad de aerosoles en comparación con los modelos más eficientes.
Con la información actual, no existen pruebas concluyentes para afirmar de manera categórica que bajar la tapa, la ventilación del baño y la presión de descarga sean factores determinantes para reducir nuestra exposición. Si bien estudios clásicos, como uno de 2012 con la bacteria Clostridioides difficile, indicaron que bajar la tapa disminuía la dispersión de gotas más grandes y la contaminación de superficies.
Sin embargo, simulaciones recientes de dinámica de fluidos sugieren que la tapa puede ser un arma de doble filo. Aunque cerrar la tapa podría reducir la exposición de personas alejadas del inodoro, también podría modificar la trayectoria de las partículas, aumentando la exposición de quien se encuentre muy cerca del inodoro en ese momento.
Por lo tanto, la creencia de que cerrar la tapa elimina por completo los aerosoles es exagerada; en realidad, los reduce o los redirige. Algo similar ocurre con la ventilación. Un estudio en baños públicos señaló que la falta de ventilación y una alta ocupación favorecen la acumulación de partículas. Asimismo, la persistencia de bioaerosoles depende del tiempo transcurrido, la distancia y la ventilación mecánica. La ventilación por sí sola no elimina mágicamente el riesgo, sino que reduce la concentración o altera la dispersión según el diseño del espacio.
Si las partículas pueden llegar a nuestro aparato respiratorio, sería lógico pensar que los inodoros son un foco constante de contagio. No obstante, la realidad es diferente: aunque las pruebas indican que la descarga genera aerosoles, no demuestran que esto cause infecciones habituales en las personas.
De hecho, una revisión realizada hace años señaló que no se había comprobado (ni descartado por completo) la transmisión de enfermedades por estos aerosoles en condiciones reales de la vida cotidiana. Es importante recordar que detectar contaminación en un entorno experimental cerrado no es lo mismo que probar que esto se traduce en infecciones reales para los usuarios.