El Atlántico registra una inusual calma en la temporada de huracanes, pero acumula calor preocupante bajo la superficie

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A pesar de que el Atlántico debería estar en su pico de actividad ciclónica, la temporada actual se destaca por la ausencia de huracanes, una situación no vista desde 1941. Sin embargo, esta aparente tranquilidad es engañosa, ya que las mismas condiciones atmosféricas que impiden la formación de tormentas están permitiendo una acumulación récord de calor en las aguas oceánicas, creando una paradoja preocupante para futuras temporadas.

El Atlántico ha alcanzado el punto en el que, estadísticamente, debería estar produciendo más huracanes, pero la realidad es la opuesta: no se ha formado ninguno. De hecho, es necesario remontarse a 1941 para encontrar una temporada que llegara tan lejos sin un huracán, y la actividad acumulada se sitúa en apenas el 7% de lo habitual. Sin embargo, la imagen de un océano excepcionalmente tranquilo es engañosa. La misma atmósfera que está destruyendo las tormentas está permitiendo que, debajo de ellas, el Atlántico acumule calor y energía.

El 10 de septiembre marca tradicionalmente el pico de la temporada de huracanes del Atlántico, pero 2026 ha llegado a esta fecha sin producir ninguno. Han aparecido cinco tormentas tropicales, pero todas se debilitaron antes de alcanzar los 119 km/h necesarios para convertirse en huracán. Como se mencionaba, desde 1941 no se llegaba tan lejos en una temporada en semejante situación. Si se utilizan únicamente los registros fiables de la era moderna, el récord es todavía más claro: nunca, desde que existe una vigilancia suficientemente completa del océano, se había retrasado tanto la aparición del primer huracán. Y la anomalía no se limita al número de tormentas: la actividad ciclónica acumulada está en aproximadamente el 7% de lo normal para estas fechas.

La explicación principal comienza en el Pacífico ecuatorial, donde un El Niño excepcionalmente intenso está reorganizando la circulación atmosférica a escala planetaria. El desplazamiento de enormes cantidades de agua caliente modifica dónde entra calor en la atmósfera y altera los patrones de viento mucho más allá del Pacífico. El resultado es casi opuesto en los dos océanos: mientras la actividad ciclónica del Pacífico oriental se encuentra muy por encima de lo habitual, el Atlántico se ha convertido en un entorno extraordinariamente hostil para cualquier tormenta que intente crecer.

El arma principal de ese escudo es la cizalladura vertical: vientos que soplan con velocidades o direcciones diferentes según la altura y desorganizan la estructura de un ciclón antes de que pueda consolidarse. Entre África y el Caribe, precisamente la gran autopista donde suelen nacer algunos de los huracanes atlánticos más poderosos, la cizalladura ha llegado a situarse unos 74 km/h por encima de lo que un ciclón tropical puede soportar. A ello se suman aire extremadamente seco, polvo procedente del Sáhara y movimientos descendentes de la atmósfera que dificultan todavía más la formación de grandes nubes convectivas. Las semillas de las tormentas siguen apareciendo, pero están siendo destruidas prácticamente antes de empezar.

Aquí es donde la tranquilidad empieza a resultar menos tranquilizadora. Los océanos han atravesado un periodo excepcionalmente cálido y el Atlántico dispone de agua suficientemente caliente para alimentar ciclones. Simplemente, por ahora, la atmósfera no les permite aprovecharla. Además, las mismas condiciones que reducen la formación de tormentas han dejado menos nubosidad sobre algunas regiones, permitiendo que más radiación solar alcance el océano y que sus aguas sigan acumulando calor. Bajo una superficie meteorológicamente tranquila existe, por tanto, una enorme reserva energética esperando unas condiciones atmosféricas más favorables.

La temperatura superficial del océano es solo una parte de la maquinaria. Los huracanes funcionan gracias a la transferencia de calor desde el mar hacia la atmósfera, por lo que también importa la diferencia de temperatura entre ambos. Este año, la atmósfera se ha calentado rápidamente bajo la influencia de El Niño y eso ha reducido parte de la ventaja energética proporcionada por el océano. Es una buena demostración de por qué un Atlántico muy caliente no implica automáticamente una temporada hiperactiva: mientras persistan una atmósfera cálida, la cizalladura extrema, el aire seco y el polvo sahariano, toda esa energía puede permanecer almacenada sin convertirse en ciclones.

El Niño no elimina los huracanes, sino que reduce las oportunidades para que se formen. Y cuando aparecen breves ventanas con menos cizalladura, una tormenta puede organizarse y fortalecerse muy deprisa, especialmente en el golfo de México o cerca de la costa este estadounidense, donde este año las condiciones han sido menos hostiles. Eso reduce además el tiempo de reacción: en lugar de observar durante días cómo un ciclón atraviesa el Atlántico desde África, puede aparecer una tormenta relativamente cerca de tierra y encontrar súbitamente una ventana favorable. El precedente que los meteorólogos repiten es 1992, una temporada muy poco activa que produjo al huracán Andrew, responsable de una devastación extraordinaria en Florida.

Todavía quedan aproximadamente dos meses de temporada y ningún experto da por terminado 2026: solo cuatro temporadas conocidas terminaron con uno o ningún huracán, y los registros más antiguos son además mucho menos fiables por la ausencia de satélites. Pero hay otra consecuencia que mira más lejos. El Niño puede debilitarse con relativa rapidez mientras el calor acumulado en las aguas atlánticas persiste durante meses. Si desaparece el mecanismo atmosférico que este año está destrozando las tormentas y permanece buena parte de esa reserva térmica, el escenario de la próxima temporada podría ser radicalmente distinto. Esa es la gran paradoja de este récord de nada menos que 85 años: lo extraordinario es que no vemos huracanes, pero el verdadero quid de la cuestión puede ser el calor que está quedándose justo debajo.