Con el inicio del nuevo curso escolar, resurgen los desafíos de comportamiento en las aulas. Tradicionalmente, la expulsión ha sido la sanción principal, pero estudios recientes sugieren que esta medida no solo es ineficaz, sino que incluso puede ser contraproducente. La ciencia ahora busca enfoques alternativos para fomentar un mejor clima escolar y rendimiento académico.
Con la llegada de septiembre, los centros educativos recuperan su actividad con un nuevo curso escolar. Sin embargo, con este también surgen los problemas de comportamiento en el ámbito educativo, que tradicionalmente se han sancionado con la expulsión temporal del centro, con la esperanza de que los estudiantes reflexionaran. No obstante, se está observando que esta medida no resulta eficaz e incluso podría ser contraproducente.
Uno de los pilares fundamentales que siempre se ha mantenido es la "tolerancia cero", lo que ha convertido la expulsión sistemática en la solución predilecta ante cualquier mala conducta. La idea era que, al estar en casa, el estudiante pudiera reflexionar sobre sus acciones, aunque para muchos esto representa un alivio al no tener que asistir a clase ni atender al docente.
Para determinar si una expulsión realmente genera un cambio de comportamiento en los estudiantes, la Asociación Estadounidense de Psicología llevó a cabo una revisión de 20 años de bibliografía. Su conclusión indicó que no hallaron ninguna evidencia de que la expulsión de alumnos mejore la seguridad o el clima escolar general.
Lo que sí detectaron es que los estudiantes que eran expulsados con mayor frecuencia presentaban una tasa más alta de abandono escolar y un rendimiento académico inferior. A esto se suma el hecho de que existen grandes disparidades demográficas, ya que se ha observado que la expulsión tiende a afectar desproporcionadamente a los colectivos más vulnerables, lo que agrava la brecha social sin resolver el problema de raíz.
Si la expulsión no es la mejor solución, es necesario buscar alternativas para reconducir al estudiante que presenta un mal comportamiento en el ámbito educativo o que no sigue las instrucciones del docente. En este sentido, un estudio de 2023 evaluó 32 investigaciones diferentes, que abarcan a cerca de 394.000 estudiantes.
El objetivo de este estudio era evaluar intervenciones escolares diseñadas para reducir la exclusión disciplinaria. Una de las metodologías destacadas fue el Apoyo Conductual Positivo, que, en lugar de esperar a que el alumno infrinja una norma para castigarlo, modifica el entorno escolar para reforzar el comportamiento positivo a nivel global. Se observó que con esta metodología el rendimiento cognitivo del estudiante mejoraba.
Con la metodología de justicia restaurativa, el enfoque pasa de centrarse en el castigo por la norma infringida a concentrarse en reparar el daño causado a la comunidad y a las relaciones interpersonales. Una revisión de 2025 analizó 13 estudios centrados en estas prácticas, confirmando su éxito en la reducción de la violencia escolar y la mejora del bienestar emocional.
Estos resultados son consistentes con la revisión sistemática sobre justicia restaurativa publicada en 2022, que sintetiza múltiples investigaciones para concluir que la aplicación de estas prácticas no solo se asocia con menos expulsiones, sino que mejora drásticamente el clima escolar e impacta directamente en la obtención de mejores resultados académicos.