Un equipo de arqueólogos ha confirmado la funcionalidad bélica de la armadura de Dendra, una pieza de bronce de 3.500 años. A través de la experimentación con una réplica y soldados de élite, se demostró que los guerreros micénicos poseían una resistencia física extraordinaria, capaz de soportar intensas jornadas de combate de hasta 11 horas con un equipo de más de 23 kilogramos.
La imagen que ilustra este texto, aunque anacronismo histórico con la película '300', evoca la robustez de los soldados espartanos, una cualidad compartida con sus homólogos de Dendra: una notable fortaleza física. Esta conclusión se deriva de recientes hallazgos que demuestran que no cualquiera podría haber portado y combatido eficazmente con una armadura de la Antigua Grecia durante horas. Un equipo de arqueología ha sometido a prueba una réplica de una armadura auténtica.
El descubrimiento de la armadura original no es reciente; en 1960, un grupo de arqueólogos desenterró una armadura cerca de Dendra, en la Argólida, una región cercana a Argos y Micenas, que fue el corazón de la civilización micénica entre el 1600 y el 1100 a.C. Esta armadura de bronce, de 3.500 años de antigüedad, se encontraba en un estado de conservación excepcionalmente completo. Consistía en láminas de aleación de cobre unidas con cuero, cubriendo al soldado desde el cuello hasta las rodillas. Desde su hallazgo, la comunidad arqueológica ha debatido si su propósito era ceremonial o funerario, o si realmente se utilizaba en combate.
La armadura de Dendra se consideraba demasiado rígida y pesada para permitir el movimiento necesario en una batalla. Dado que someter la pieza original a pruebas de esfuerzo habría comprometido su estado de conservación, un grupo de investigación de la Universidad de Tesalia utilizó una réplica exacta, fabricada en Birmingham en 1984. Para simular un escenario de combate micénico, se basaron en la Ilíada de Homero, obteniendo información sobre horarios, dietas y tácticas de guerra. La dieta micénica incluía pan, carne, queso de cabra, miel, aceitunas verdes, cebollas y vino tinto.
Para las pruebas, se reclutó a trece infantes de marina de las Fuerzas Armadas de Grecia, seleccionados por su excelente condición física. Se les equipó con la réplica de la armadura, que pesaba más de 23 kilogramos y estaba hecha de una aleación de cobre y zinc similar al latón, la más parecida al bronce original disponible en ese momento. Siguiendo un protocolo de combate de 11 horas, desde las siete de la mañana hasta casi las seis de la tarde, y con un aporte calórico diario de 4.400 kcal, similar al de los micénicos. Durante esta jornada, el equipo monitoreó la temperatura corporal, la frecuencia cardíaca, la fuerza de los golpes y los niveles de glucosa. También se utilizó un modelo matemático para analizar el intercambio de calor en siete escenarios climáticos distintos, considerando que la réplica era de metal y no de tejidos técnicos modernos.
Los resultados fueron reveladores: los trece voluntarios completaron el protocolo. Su ritmo cardíaco alcanzó el 80% de la frecuencia máxima, con hasta 166 pulsaciones por minuto. Los golpes con espada y lanza generaron una fuerza media de 3,5 kilonewtons, lo que en un combate real causaría fracturas graves. A pesar del esfuerzo, el organismo de los soldados resistió bien, con una disminución moderada de la glucosa en sangre y sin indicadores clínicos graves. En seis de los siete escenarios climáticos, el soldado podía completar la jornada sin alcanzar un umbral de riesgo por calor.
Estos hallazgos demuestran que, a pesar de su diseño y materiales, la armadura de Dendra no era una pieza ceremonial, sino un equipo funcional y efectivo para campañas de combate prolongadas y exigentes. Esto confirma la capacidad militar micénica en términos de capital humano, como lo describió Homero, y desmiente la idea de que fueran invenciones.