Restaurantes y bares implementan prohibiciones de teléfonos móviles: ¿El nuevo "cigarrillo" en la mesa?

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En una tendencia emergente, restaurantes y bares están revirtiendo la aceptación de los teléfonos móviles en la mesa, implementando prohibiciones, sistemas de bloqueo o recompensas para los clientes que los guarden. Esta iniciativa busca transformar las normas sociales en los establecimientos, equiparando la presencia constante de pantallas con la antigua costumbre de fumar durante las comidas, afectando la experiencia de todos los comensales.

Durante años, el uso del móvil en los restaurantes pasó de ser una rareza a una parte integral de la experiencia gastronómica: fotografiar platos, responder mensajes, revisar redes sociales o grabar videos antes de comer. Sin embargo, ahora se observa un movimiento contrario. Un creciente número de bares y restaurantes están experimentando con prohibiciones, fundas que bloquean el dispositivo, cajas para guardarlos, pegatinas sobre las cámaras e incluso incentivos para quienes deciden no usar su teléfono. Detrás de esta tendencia, se consolida una idea provocadora: los móviles se están convirtiendo en el equivalente a los cigarrillos en los restaurantes.

Esta comparación no busca equiparar los efectos sanitarios del tabaco y los móviles, sino destacar un cambio en las normas sociales. Hubo un tiempo en que encender un cigarrillo durante una comida era completamente normal, algo impensable hoy en día en un restaurante. Con los teléfonos, podría estar gestándose una transformación similar: han pasado de ser una presencia aceptada a ser considerados, por algunos clientes y restauradores, una intrusión que afecta a quienes están alrededor. Ya no se trata solo de mirar un mensaje discretamente, sino de videollamadas, TikTok, notificaciones, cámaras, luces para grabar contenido y pantallas encendidas continuamente en espacios diseñados originalmente para comer y conversar.

La paradoja es que la hostelería pasó años abriéndole las puertas a los teléfonos. Muchos restaurantes que inicialmente recelaban de las fotografías terminaron aceptándolas, ya que cada plato publicado en Instagram podía convertirse en publicidad gratuita. Los códigos QR, introducidos durante la pandemia, terminaron de consolidar la pantalla en el centro de la experiencia.

No obstante, cada vez más establecimientos consideran que esa relación ha llegado demasiado lejos. El restaurador británico Jeremy King comentó sobre la "tiranía" de ciertos influencers: luces para grabar, clientes fotografiados sin consentimiento o platos esperando mientras alguien logra el video perfecto. El problema ya no es que la cámara "coma primero", sino que el restaurante entero pueda acabar funcionando como escenario para la producción de contenido.

Las soluciones implementadas reflejan el cambio en la percepción. Antagonist, un bar en Charlotte, entrega a cada cliente una funda Yondr que mantiene su teléfono bloqueado por unas dos horas. Caterina’s, en Fort Worth, utiliza un sistema similar, y Trophy Room, en Phoenix, guarda los dispositivos en compartimentos integrados en un antiguo fichero de biblioteca. Otros prefieren medidas más suaves: The Edge, en Harlem, no ofrece wifi y recibe a los clientes con el mensaje “No Wi-Fi. No Screens. Connect With Each Other”, mientras Spy Bar, en Londres, coloca una pegatina sobre la cámara. Incluso existen precedentes más expeditivos: Le Petit Jardin, en Montpellier, Francia, desde 2017 usa un silbato y tarjetas de penalización cuando alguien incumple su política antimóviles. En Italia, el "postureo gastronómico" ha llevado al restaurante del Hotel Forentis a obligar a sus comensales a depositar móviles, cámaras y hasta gafas inteligentes en taquillas antes de pasar al salón.

La ciencia también respalda esta tendencia. Varios estudios han demostrado que comer frente a la pantalla del móvil nos distrae de lo verdaderamente importante, hasta el punto de que la pantalla es capaz de "hackear" nuestra capacidad de saciarnos. Este fenómeno se conoce en la literatura como mindless eating, que se traduce como "comer de forma inconsciente". Tiene sentido, ya que al estar absortos en lo que vemos, no nos percatamos de lo que estamos ingiriendo, entrando en un modo automático.

No todos quieren convertir al camarero en un vigilante de pantallas. Al Condominio, en Verona, ofrece una botella de vino a quienes entregan voluntariamente el teléfono durante la comida y asegura que alrededor del 90% acepta el trato. Algunas sucursales de Chick-fil-A han utilizado pequeñas cajas para que las familias guarden sus dispositivos y recompensan con un helado a quienes logran terminar la comida sin recuperarlos. Sneaky’s Chicken, en Iowa, ha probado descuentos para quienes depositan el móvil en una caja. Estas son diferentes estrategias para provocar el mismo pequeño experimento: observar qué sucede cuando, durante una hora, nadie puede evadirse de la mesa con un movimiento del pulgar.

Podría parecer una cruzada contra los hábitos de los más jóvenes, pero algunos datos apuntan en la dirección contraria. Una encuesta de Talker Research de diciembre de 2025 señaló que el 63% de la generación Z decía desconectar deliberadamente de sus dispositivos, frente al 57% de los millennials, el 42% de la generación X y el 29% de los baby boomers. Esta tendencia coincide con un interés más amplio por experiencias analógicas y espacios donde estar desconectado forma parte del atractivo. En Caterina’s, incluso aseguran que los clientes jóvenes suelen mostrarse más entusiasmados con guardar el teléfono que los mayores de 50 años. El lujo empieza a adquirir así una característica inesperada: durante unas horas, ser completamente inaccesible.

El producto que venden ya no es solo comida. Ahí reside probablemente la explicación de por qué algunos restaurantes están dispuestos a arriesgarse a molestar a ciertos clientes. Nicosi Dessert Bar, en San Antonio, prohíbe teléfonos y fotografías durante su menú degustación. Gaggan Anand, en Bangkok, plantea la ausencia de pantallas como una forma de intensificar colores, sonidos, texturas y sabores, y Nobelhart & Schmutzig, en Berlín, relaciona su veto a las fotografías con la tradición de los clubes de la ciudad, donde no poder documentarlo todo forma parte de la libertad del lugar.

La propuesta, por tanto, consiste en reemplazar algo que el teléfono proporciona constantemente (un registro digital de lo que hacemos) por algo mucho más difícil de producir: un recuerdo.

Los responsables de algunos de estos establecimientos aseguran observar una consecuencia elemental cuando las pantallas desaparecen: la gente vuelve a mirar a su alrededor. En Caterina’s, cuentan que han visto mesas de desconocidos entablar conversación e incluso hacerse amigos. Clientes de Antagonist describen la experiencia como una desconexión total que les permitió concentrarse en quienes tenían enfrente.

Por supuesto, esto no significa que los restaurantes estén a punto de expulsar masivamente los móviles, ni que el teléfono vaya a seguir exactamente el mismo camino social que el cigarrillo. Sin embargo, sí revela una inversión llamativa: una donde, después de dos décadas diseñando nuestra vida para estar permanentemente conectados, cada vez más establecimientos han descubierto que pueden vender precisamente lo contrario. Un lugar donde, durante un par de horas, no haya nada más interesante que las personas sentadas a la mesa.