Nuevas investigaciones arqueológicas, impulsadas por el análisis de ADN, están desmantelando las interpretaciones androcéntricas tradicionales de la prehistoria. Se revela una diversidad sorprendente en la división del trabajo, el estatus y el parentesco en sociedades antiguas, desafiando la visión de hombres cazadores y mujeres cuidadoras, y mostrando una complejidad social mucho mayor de lo que se creía.
Durante siglos, la arqueología se vio influenciada por perspectivas androcéntricas, proyectando una imagen de un pasado rígido donde los hombres cazaban mientras las mujeres permanecían en el asentamiento cuidando a los hijos. Sin embargo, el estudio del ADN está transformando la comprensión de la organización social prehistórica. La arqueología actual está revisando estas interpretaciones con un enfoque excesivo en los hombres. A pesar de esto, la prehistoria no fue predominantemente matriarcal, sino que la evidencia sugiere una gran diversidad. Los hallazgos indican que las sociedades prehistóricas exhibían una vasta pluralidad en la división del trabajo, el estatus, la movilidad y el parentesco.
Frente a los estereotipos previos, la ciencia ha demostrado que las mujeres participaron en la caza prehistórica y que algunas alcanzaron un estatus elevado. Un ejemplo notable es un enterramiento de los Andes peruanos, de aproximadamente 9.000 años de antigüedad, donde una persona sepultada con herramientas de caza para grandes animales fue identificada como una mujer joven mediante análisis proteómico y osteológico. Además, se encontraron 27 individuos con sexo identificado enterrados con herramientas de caza, de los cuales 16 eran hombres y 11 eran mujeres. Esto sugiere que las mujeres cazadoras no eran una excepción dentro de esa sociedad.
En Europa, el análisis genético también ha llevado a la reescritura de algunas descripciones en museos. Un caso célebre es el enterramiento de Birka, en Suecia, donde se halló un individuo con armas y equipamiento militar que durante mucho tiempo se asumió que era un hombre. No obstante, el análisis genómico confirmó una combinación cromosómica XX, lo que apoya la idea de que una mujer fue enterrada con objetos asociados a una posición militar o de autoridad. Cabe señalar que demostrar el sexo biológico no prueba automáticamente que esa persona ejerciera una función militar específica, dirigiera tropas o combatiera. Adicionalmente, el poder político y el alto estatus tampoco eran exclusivos de los varones. Un estudio sobre las élites celtas de Europa central en la Edad del Hierro reveló que las estructuras de poder no pueden reducirse a un modelo universal de herencia exclusivamente masculina. La evidencia genética y arqueológica concluye que algunas mujeres pudieron formar parte de linajes dominantes y desempeñar un papel importante en la continuidad de la autoridad a través de la sucesión dinástica.
Más allá de figuras individuales de poder, existen pruebas de comunidades con prácticas centradas en linajes femeninos. Por ejemplo, en el asentamiento neolítico de Çatalhöyük, los investigadores obtuvieron genomas de 131 individuos. En los enterramientos ubicados bajo una misma vivienda, las conexiones genéticas se establecían predominantemente a través de la línea materna. Esto es significativo, ya que los autores estimaron que las hijas permanecían vinculadas a las casas entre el 70% y el 100% de las veces. Esto es crucial porque se observó que dentro de las viviendas existían prácticas centradas en linajes femeninos y, posiblemente, cierta matrilocalidad.