El Ebro cierra el año hidrológico con un déficit hídrico a pesar de un invierno excepcionalmente húmedo

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A pesar de haber registrado el invierno más húmedo de los últimos 47 años y una acumulación récord de nieve en los Pirineos, la cuenca del Ebro finalizará el año hidrológico con menos reservas de agua que su promedio de la última década. Este sorprendente déficit contrasta con la situación general del país y pone de manifiesto una problemática en el sistema de regadío más grande de España, evidenciando una demanda agrícola que supera la capacidad de sus embalses.

El 24 de febrero, las cumbres del Pirineo mostraban una abundante cantidad de nieve, algo no visto en los últimos cinco años. En esa fecha, se estimaba que la cuenca del Ebro disponía de 2.073,7 hectómetros cúbicos de nieve en la montaña. Este representaba el mayor colchón nival del último lustro, producto del invierno más húmedo de los últimos 47 años. Estas cifras generaban un considerable optimismo.

Sin embargo, la realidad ha sido diferente: el Ebro concluirá el año hidrológico el 30 de septiembre con un volumen de agua inferior a su media de la última década. Este hecho es aún más llamativo considerando que el promedio nacional cerrará el año con más de 15 puntos porcentuales por encima de su propia media.

Según el boletín del MITECO del 15 de septiembre, las reservas del Ebro se situaban en aproximadamente 3.885 hm³ (el 49,8% de su capacidad total), frente a los 4.064 hm³ (52,1%) que marcan su media de diez años. En contraste, el conjunto de España se encontraba al 61,8% de su capacidad. Este escenario es sorprendente, ya que en primavera la cuenca no estaba ni cerca del 50%. El 17 de marzo, el Ebro alcanzaba el 85,1% de su capacidad. Para contextualizar, la cuenca del Ebro representa el 13,9% de la capacidad estatal, pero ha contribuido con el 26,1% de toda la pérdida de agua que España ha experimentado este verano. Esto sugiere un problema significativo en el que es, sin duda, el mayor sistema de regadío del país.

La situación parece estar directamente relacionada con el uso del agua. El 92% del consumo de agua en la cuenca es de origen agrícola. El problema radica en que los embalses de cabecera, fundamentales para mantener este regadío, se encuentran entre el 16% y el 55% de su capacidad. Por otro lado, el embalse de Ribarroja, situado aguas abajo, está al 96,7%. Como consecuencia, La Rioja ha necesitado camiones cisterna para el suministro de agua en parte de su territorio; Navarra experimentó una caída de sus embalses del 90% al 61% en solo dos meses; y Riegos del Alto Aragón anticipaba terminar la campaña “al límite”, a pesar de haberla iniciado con los embalses llenos.

Lo que se observa es que la demanda anual de agua para el regadío en la cuenca del Ebro supera con creces la capacidad de almacenamiento de sus embalses.

Ante esta situación, la gran pregunta es “¿Y ahora qué?”. Una pregunta que, hasta el momento, carece de una respuesta clara. Esto se debe, en gran parte, a que desde hace más de 30 años no se ha logrado diseñar una política hidrológica adecuada. Como se ha explicado, desde la severa sequía de los años noventa, cada periodo seco ha provocado la implementación de medidas de emergencia o la autorización de prácticas que no fueron eliminadas al regresar las lluvias. En cambio, estas prácticas se utilizaron para expandir las áreas de regadío, lo que ha exacerbado el problema de la sobreexplotación y la contaminación de acuíferos y los humedales que dependen de ellos.

Es crucial encontrar una solución a este problema, ya que las implicaciones son de gran magnitud.