La historia de Robert Jiménez, el primer atleta dominicano en ganar una medalla de oro en los Juegos Paralímpicos, es un relato de superación y sacrificio. Desde sus inicios en el béisbol hasta su consagración en Atlanta 1996, su camino estuvo marcado por desafíos y la falta de recursos. Hoy, su legado inspira a nuevas generaciones, demostrando que la perseverancia puede derribar cualquier barrera.
En el ámbito deportivo, algunas narrativas trascienden un simple galardón y se arraigan en la memoria colectiva de una nación. Tal es el caso de Robert Jiménez, el exdeportista dominicano que hizo historia al obtener la primera presea dorada para su país en unos Juegos Paralímpicos. Durante una entrevista en el programa Pizarra Deportiva, Jiménez compartió los episodios más significativos de su trayectoria.
A lo largo de la conversación, el atleta relató los desafíos que enfrentó para alcanzar la gloria en Atlanta 1996 y el extenso período que transcurrió hasta recibir el reconocimiento que, según sus palabras, merecía desde hace décadas. Jiménez inscribió su nombre en la historia al conquistar el oro en los 200 metros lisos en los Juegos Paralímpicos de Atlanta 1996, convirtiéndose en el primer deportista dominicano en alcanzar la cima del podio en esta competencia.
Antes de erigirse como una figura del atletismo paralímpico, Jiménez albergaba aspiraciones en el béisbol. Era considerado un prospecto en la Liga Deportiva Mercedes, donde destacaba por su velocidad y habilidad para robar bases. Sin embargo, un diagnóstico de problemas de visión, que incluían miopía y astigmatismo, alteró el rumbo de su carrera deportiva. El béisbol se convirtió en una dificultad, y fue entonces cuando encontró una nueva oportunidad en el atletismo.
Bajo la tutela de la profesora Virginia Vicioso, Jiménez emprendió una carrera que, años después, lo llevaría a convertirse en campeón paralímpico. No obstante, el trayecto hacia Atlanta estuvo plagado de limitaciones y escasez de medios. El atleta rememoró que, en aquel entonces, debía desplazarse largas distancias y utilizar transporte público para llegar al aeropuerto con su equipaje cuando viajaba a competiciones internacionales. Era una época en la que el movimiento paralímpico dominicano aún carecía de la estructura institucional que posee en la actualidad.
Atlanta 1996 marcó el apogeo de una carrera edificada sobre esfuerzo, disciplina y sacrificio. Jiménez recordó haber competido con recursos sumamente limitados. Incluso compartió que utilizó zapatillas usadas y una licra desgastada, circunstancias que no le impidieron salir a la pista con la determinación de hacer historia. En las eliminatorias de los 200 metros, registró 22.37 segundos, un rendimiento que lo condujo a la gran victoria.
Pero más allá del resultado deportivo, lo que quedó grabado en su memoria fue el instante en que escuchó el himno nacional dominicano mientras la bandera tricolor ondeaba en lo más alto. “Cuando percibí las notas del himno por encima del campeón mundial italiano y el norteamericano, fue algo extraordinario”, evocó emocionado. Detrás de aquella proeza también estuvo la dedicación de su entrenadora, Virginia Vicioso, quien, según narró Jiménez, llegó incluso a ceder su propio pasaje para facilitar el viaje de los atletas a los Juegos Paralímpicos.
Casi tres décadas después, llegó el reconocimiento. La historia de Jiménez también ha tenido un capítulo reciente que él considera una reivindicación. Tras aguardar casi 30 años por una promesa de vivienda, el campeón paralímpico recibió finalmente un apartamento completamente amueblado, entregado por el presidente Luis Abinader. Jiménez calificó el gesto como una acción de gran relevancia y describió al mandatario como un “superhéroe” por haber concretado aquella promesa.
A este reconocimiento se suma otro de enorme trascendencia: su inclusión en el Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano, convirtiéndose en el primer atleta paralímpico en recibir tal honor. Los años han transcurrido, pero Jiménez no se ha alejado de la pista. Actualmente, mantiene su vínculo con el atletismo en el Centro Olímpico, aunque desde una nueva función: la de entrenador. Los jóvenes a quienes orienta lo llaman afectuosamente “Papá Robert”, una muestra del respeto y el afecto que ha ganado entre las nuevas generaciones.
Ahora, su cometido es transmitirles parte de lo aprendido durante una carrera en la que tuvo que superar obstáculos deportivos, económicos y personales. Su historia también tuvo un momento especial durante los recientes Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, cuando tuvo el honor de entregar la antorcha a Félix Sánchez, otra de las grandes figuras del atletismo dominicano. “Fue un encuentro de campeón a campeón que me puso la piel de gallina”, confesó.
A su edad, Robert Jiménez continúa viendo el deporte como una herramienta para transformar existencias. Su legado no se limita al oro obtenido en Atlanta. Su verdadera victoria reside también en haber demostrado que las limitaciones no tienen por qué convertirse en impedimentos definitivos para alcanzar los sueños. Desde la pista, ahora como entrenador, intenta inculcar esa filosofía a cada joven que busca una oportunidad. Y su mensaje sigue siendo el mismo que lo acompañó durante toda su carrera: “Sin la ayuda divina no podemos lograr nada”.
Robert Jiménez abrió hace 30 años una senda que parecía infranqueable. Su medalla de oro no solo ascendió al podio de Atlanta: colocó por primera vez a la República Dominicana en la cima del deporte paralímpico mundial y dejó un camino expedito para las generaciones que le sucedieron.