Los recientes sucesos en Texas guardan una notable similitud con la experiencia de California hace tres décadas, donde las políticas antiinmigratorias tuvieron profundas repercusiones políticas. Este análisis sugiere que las acciones actuales en Texas podrían estar generando un descontento similar, especialmente entre la creciente población de hijos de inmigrantes que ahora tienen derecho a votar. La historia de California sirve como una advertencia sobre el alto costo político de alienar a comunidades enteras.
Lo acontecido recientemente en Texas presenta una gran semejanza con la situación experimentada por California hace más de treinta años. En 1994, el entonces gobernador republicano Pete Wilson promovió la Propuesta 187, cuyo objetivo era privar de servicios públicos, incluyendo educación y parte de la asistencia sanitaria, a los inmigrantes sin documentación. Sin embargo, la reacción no provino únicamente de aquellos que carecían de papeles. Un gran número de latinos que residían legalmente en Estados Unidos, que trabajaban y habían establecido su vida allí durante años, comprendieron que esta medida también afectaría a sus familias. Decidieron naturalizarse, se inscribieron para votar y comenzaron a involucrarse en el ámbito político. California no experimentó un cambio inmediato, pero el Partido Republicano eventualmente pagó un precio muy alto por aquella campaña. Y es que los eventos actuales en Texas tienen mucho de esa historia.
Nadie argumenta que no se deba deportar a individuos peligrosos. Cualquier nación tiene el derecho de salvaguardar sus fronteras y hacer valer sus leyes. Pero una cosa es eso y otra muy distinta es la crueldad. Es perseguir a personas que llevan años trabajando, que salen de madrugada para ganarse la vida y cuyos hijos, en muchas ocasiones, son ciudadanos estadounidenses. Un ejemplo es el caso de Lorenzo Salgado Araujo, el ciudadano mexicano que perdió la vida por disparos de un agente de ICE en Houston mientras transportaba a su equipo de construcción al trabajo. O las muertes de Renée Good y Alex Pretti, dos ciudadanos estadounidenses abatidos por agentes federales en Minneapolis. Son incidentes diferentes, sí, pero que generan una indignación difícil de ignorar. Porque hacer cumplir la ley no debería implicar que una familia deba despedir a uno de los suyos por la mañana sin la certeza de volver a verlo.
Además, existe un aspecto que los republicanos parecen haber subestimado: los descendientes de los inmigrantes han crecido. Ya poseen la edad para ejercer su derecho al voto. Son estos jóvenes a quienes se les denomina “No Sabo Kids”, muchos de ellos nacidos en Estados Unidos, que dominan el inglés mejor que el español y que, aunque quizás no conozcan el país de origen de sus padres, sí son conscientes de sus sacrificios. En Texas, aproximadamente tres de cada cuatro votantes menores de treinta años apoyaron a James Talarico, según estimaciones preliminares.
Sería una exageración afirmar que todos votaron por la cuestión migratoria, pero sería ingenuo pensar que las redadas, las separaciones familiares y el temor que se ha arraigado en tantas comunidades no han tenido repercusiones políticas. Una imagen lo ilustra perfectamente: en Houston, el lugar donde falleció Salgado Araujo terminó cubierto de pegatinas con la leyenda «Yo voté». Personas que acudieron a las urnas y luego pasaron por allí para dejar constancia de su participación. Esto evoca muchísimo a California. En aquel entonces fueron los inmigrantes quienes decidieron convertirse en ciudadanos para tener voz. Ahora son también sus hijos, quienes ya nacieron con ese derecho y no necesitan pedir permiso a nadie para ejercerlo. Y Texas no es un estado cualquiera. Posee 40 votos electorales y ha sido durante décadas una de las principales fortalezas del Partido Republicano. Perderlo de manera permanente representaría un golpe devastador para sus aspiraciones de alcanzar la Casa Blanca.
Desde luego, una única elección no significa que Texas se haya vuelto demócrata de forma definitiva. California tampoco cambió de la noche a la mañana. Fueron años de decisiones políticas, de un malestar acumulado y de ciudadanos que comenzaron a percibir las elecciones de otra manera. Pero la realidad es que los republicanos deberían prestar atención a lo que está sucediendo. Porque no es lo mismo exigir el cumplimiento de la ley que aplaudir cualquier acción realizada en su nombre. Y tampoco se puede esperar que un ciudadano estadounidense permanezca indiferente al observar cómo tratan a su padre, a su vecino o al compañero con quien trabaja a diario. California ya ofreció una lección a los republicanos. Y es posible que Texas esté comenzando a darles otra. La diferencia es que, en esta ocasión, hay una generación de hijos de inmigrantes que ya puede responder en las urnas. Y están votando.