Los talleres de cerámica y otras actividades artísticas han ganado gran popularidad, trascendiendo una simple moda. Este fenómeno podría estar ligado a su capacidad para aliviar el estrés y la ansiedad inherentes a la hiperproductividad moderna. Expertos sugieren que estas actividades ofrecen un respiro al combinar placer, socialización y una sensación de logro productivo, lo que resulta muy atractivo para el cerebro.
Durante los últimos años, he observado una constante proliferación de publicaciones en redes sociales sobre personas que asisten a talleres de arte, desde la creación de cuencos de arcilla hasta la pintura de bolsas. Inicialmente, lo percibía como una manifestación del capitalismo envuelta en una estética atractiva, un requisito más para los usuarios de Instagram. Sin embargo, con el tiempo, comencé a considerar que podría haber un significado más profundo detrás de esta tendencia.
La popularidad de los talleres de cerámica o de pintura ha perdurado más allá de una moda pasajera. ¿Podría ser que estas actividades ofrezcan beneficios que enganchan a las personas, llevándolas a repetir la experiencia? Aunque es innegable su conexión con el capitalismo, me preguntaba si, más allá de ser parte de un engranaje, representaban una forma de mitigar el estrés y la ansiedad generados por la hiperproductividad de nuestra sociedad. Al consultar con la psicóloga sanitaria Amanda Ortiz Gabaldón, confirmé que mis reflexiones no estaban lejos de la realidad.
Motivada por esta idea, decidí participar en uno de estos talleres. Siempre me había considerado poco hábil para las manualidades y me resistía a gastar 50 euros en un taller de cerámica para crear un objeto amorfo. Por ello, cuando el Yacimiento del Barrio Andalusí de Almería, mi ciudad, anunció un taller de cerámica gratuito, no dudé en inscribirme. Era la oportunidad perfecta para probarlo.
Los beneficios de los talleres de cerámica
Según Ortiz Gabaldón, existen tres razones fundamentales que explican el auge de los talleres de cerámica y otras actividades artísticas. En primer lugar, los seres humanos son seres sociales, pero vivimos en una sociedad cada vez más individualizada. Tenemos una necesidad intrínseca de interactuar con otras personas, y los talleres de cerámica ofrecen esa oportunidad. "Estamos superdesconectados, y estas son formas de conocer gente nueva".
En segundo lugar, los talleres de cerámica y otras disciplinas artísticas funcionan como una forma de mindfulness. "Es una manera de estar presentes, de obligarnos a parar". Durante el tiempo que dura el taller, no hay correos electrónicos que responder, trabajo pendiente o listas de compras que organizar. La atención se centra exclusivamente en estar en el lugar y concentrarse en la tarea. Aunque esto podría lograrse en casa, la concentración necesaria a menudo es difícil de mantener. Aquí radica la importancia de la tercera razón que, según Ortiz Gabaldón, explica el éxito de estos talleres.
"Estamos haciendo algo placentero, pero produciendo, y eso a nuestro cerebro le encanta". Es decir, mientras desconectamos de las tareas estresantes, también estamos creando algo. Esta producción alivia la sensación de tener que estar constantemente ocupados, que tanta ansiedad nos genera. Lo ideal sería poder sentarse y simplemente no hacer nada; sin embargo, mientras alcanzamos ese nivel de relajación, estos talleres representan un punto intermedio excelente.
Moldear para no pensar en nada
En 1999, Fumio Kayo, un psicólogo de la Universidad de Educación de Kioto, observó algo notable en una escuela infantil de la ciudad. Tanto niños como maestros se dedicaban con concentración y disfrute a la sencilla tarea de hacer bolas de barro. Pero no eran bolas cualquiera; utilizaban una técnica que consiste en tomar arena mojada e ir moldeándola y añadiendo tierra seca poco a poco, con mucha paciencia, hasta obtener una bola suave, dura y brillante. Esta técnica se llama Hikaru Dorodango, y Kayo vio en ella una oportunidad para trabajar con niños más allá de esa escuela.
Tras un estudio exhaustivo, descubrió que es muy beneficiosa para el desarrollo intelectual infantil por múltiples razones. Además de mejorar la motricidad fina, que es un beneficio evidente, existen razones más profundas. Dedicar tanto tiempo a moldear ayuda a los niños a mejorar su concentración y perseverancia a través del ensayo y error. También les permite superar el impulso de gratificación inmediata, cada vez más arraigado tanto en niños como en adultos. No obtienen una descarga de dopamina por ver un video de 20 segundos; deben sentarse y concentrarse en la bola de barro que se forma en sus manos hasta que, con tiempo y paciencia, consiguen una hermosa canica.
Después de que Kayo publicara varios artículos sobre ella, esta técnica trascendió a Occidente y se convirtió en una forma de arte meditativo que también goza de éxito entre los adultos. De cierto modo, se logra exactamente lo mismo que con los talleres de cerámica, pero sin alicientes adicionales como una merienda o interacciones sociales.
De una forma u otra, cada vez es más evidente que estas actividades poseen una gran utilidad contra la ansiedad. Por ejemplo, en 2024, se publicó un estudio que encuestó a 53 estudiantes universitarios sobre su salud mental antes y después de participar en una serie de talleres de arteterapia. Se constató que los niveles de ansiedad autopercibidos disminuyeron notablemente con los talleres, especialmente aquellos que implicaban el modelado de arcilla. Si bien es cierto que este tipo de estudios suelen realizarse con pocos participantes, los resultados consistentemente apuntan a conclusiones muy similares que concuerdan con lo ya observado.
Yo lo he corroborado
Últimamente, he estado experimentando un período de bastante estrés, por lo que me inscribí en el taller de cerámica con la esperanza de que me funcionara como describen los psicólogos. Y la verdad es que sí. Fueron casi tres horas un domingo por la mañana moldeando un candil andalusí. Tres horas en las que, efectivamente, me concentré en el aquí y ahora. No negaré que, de vez en cuando, mi mente se desviaba hacia todas las tareas que tenía que hacer esa tarde, que no eran pocas. Aun así, el barro requería mi atención, lo que me impedía enfrascarme demasiado en esos pensamientos.
Además, aunque fui con mi pareja, también interactué con las otras dos personas con las que compartimos mesa de trabajo. Me sirvió para socializar. Y, efectivamente, a mi cerebro le agradó la sensación de estar produciendo. Si a esto le sumamos que obtuve ideas para escribir este artículo, podemos considerarlo aún más productivo. Es una situación en la que todos ganan.
En el tiempo que duró el taller, me concentré en el aquí y el ahora
Y sí, no negaré que subí una foto a Instagram, a pesar de que, como buena torpe con las manualidades, el resultado no fue el más estético del mundo. Tenemos muy arraigada la necesidad de demostrar al mundo que hacemos cosas, que nuestras vidas son interesantes. Normalmente, no mostramos los momentos en los que estamos abrumados por las tareas diarias. Enseñamos los viajes, los atardeceres, las visitas al gimnasio o los talleres de cerámica. Exhibimos que nos cuidamos y disfrutamos de la vida, pero ocultamos en el escaparate de las redes sociales los momentos en los que ya no podemos más.
Posiblemente sea por eso que, a veces, nos sentimos solos, como si fuéramos los únicos incapaces de controlar nuestras vidas. Pero la realidad es que es una situación mucho más común de lo que parece. Solo necesitamos dejar de hacer scroll y detenernos a hablar con otras personas más allá de las pantallas. Esto se puede lograr en un taller de cerámica, pero también en muchas otras circunstancias. En resumen, la clave está en socializar y detenerse un momento. Hay millones de maneras de hacerlo, aunque no con todas se puede colocar un bonito candil hecho por uno mismo en el salón.