Cada vez más españoles deciden desvincularse del uso excesivo de smartphones y aplicaciones como WhatsApp, buscando recuperar el control de su tiempo y atención. Este movimiento, impulsado por figuras como Diego Hidalgo y el 'Movimiento OFF', revela una creciente conciencia sobre la adicción digital y sus efectos, llevando a muchos a adoptar estilos de vida más conscientes y minimalistas en su relación con la tecnología.
Diego Hidalgo, de 42 años, es una de esas personas que nunca ha tenido un smartphone ni se ha comunicado por WhatsApp. Utiliza un antiguo Nokia 3310 para llamadas y SMS. "La gente a menudo me pregunta cómo contactar conmigo. Puedes llamarme, enviarme un correo electrónico, un SMS o, si es necesario, venir a verme. Es asombroso cómo hemos olvidado las formas de comunicación de hace cinco o diez años", explica durante una videoconferencia.
Hace quince años, Hidalgo fue un emprendedor digital y la cantidad de correos electrónicos diarios le hizo darse cuenta de cuánto tiempo le robaban. Con la llegada de los primeros smartphones, decidió mantenerlos alejados de su vida. Desde entonces, ha escrito dos libros, 'Anestesiados' (2021) y 'Retomar el control' (2024), donde aborda la adicción al móvil y cómo nuestro comportamiento y cerebro están siendo alterados por el consumo excesivo de aplicaciones y redes sociales. También es el fundador del Movimiento OFF, al que se han unido personalidades como Pedro Piqueras y Darío Villanueva.
Hidalgo, quien también es consejero de la embajada de la Orden de Malta en Marruecos, describe su crítica al smartphone como triple: "Son máquinas de distracción masiva diseñadas para interrumpirnos y saturarnos. Son herramientas de extracción masiva de nuestros datos. Y, en tercer lugar, externalizan masivamente nuestras facultades cognitivas, ya que nos acostumbramos a delegar tareas al móvil por su rapidez, lo que genera satisfacción por la inmediatez y eficiencia".
En un mundo hiperconectado donde el 94.8% de los españoles posee un smartphone y el 94.6% usa WhatsApp, según datos de la CNMC de 2025, Hidalgo es una excepción. Sin embargo, este activista no ha logrado escapar completamente del uso del smartphone. En su escritorio, tiene un teléfono modificado para maximizar la privacidad y sin aplicaciones de Google, que enciende esporádicamente porque Signal, la plataforma de mensajería que usa en versión web con su familia y equipo, requiere iniciar sesión a través del móvil cada tres meses. Además, confiesa que su esposa es quien gestiona los grupos de WhatsApp del colegio de sus hijos, aunque "desea salirse porque se agobia mucho".
"Es muy difícil dejar WhatsApp una vez que has empezado a usarlo", reconoce Hidalgo. "No conozco a mucha gente que lo haya hecho. Es un verdadero reto".
Una de las personas que sí ha superado el desafío de vivir sin WhatsApp, incluso después de haberlo usado, es Pablo Marinero, a quien Hidalgo conoció a través del Movimiento OFF. Marinero se unió a la campaña Off February 2026, que invitaba a borrar las aplicaciones de redes sociales del teléfono durante 28 días para recuperar, según sus cálculos, 54 horas de tiempo. Este segoviano de 44 años fue más allá y comenzó a usar un Nokia antiguo porque la batería de su smartphone no funcionaba y necesitaba repararla. Y así continúa hasta hoy.
"Para mí es más cómodo vivir así. Me molesta poco y cuando alguien necesita decirme algo, me envía un mensaje o me llama. De esta forma, decido cómo gestionar mi tiempo y creo que es una manera interesante de dar ejemplo en casa con el niño [de ocho años]", comenta Marinero, quien dejó de usar WhatsApp en 2012, cuando Facebook lo compró. "Aunque Facebook aseguró que no usaría las bases de datos de WhatsApp al adquirirlo, poco después fue sancionado por haberlo hecho".
Este informático y experto en privacidad digital ha recuperado una hora y treinta y cuatro minutos al día, el tiempo promedio diario que los usuarios de WhatsApp en España dedican a la aplicación, según el Estudio Redes Sociales 2026 de IAB Spain. Al igual que Hidalgo, ahora solo usa Signal y lo abre desde el ordenador. Sin embargo, no ha escapado del todo de WhatsApp, ya que es una herramienta obligatoria en su trabajo. "Cuando termino la jornada, lo apago y se acabó", asegura.
Marinero tiene muy claro el estilo de vida que desea en relación con la sociedad digital. "Ninguna tecnología va a cambiar mi filosofía y condiciones de vida. Estoy dispuesto a defenderme de tal manera que si alguien quiere comunicarse conmigo, hay tecnologías que permiten hacerlo sin ningún problema", afirma.
Otra persona que vive sin WhatsApp es María Fernández, profesora de filosofía y psicología en un instituto de Madrid. Desinstaló la aplicación de Meta hace dos años, tras leer 'El valor de la atención' de Johann Hari. El reportero lo constata por el intercambio de SMS para coordinar la entrevista telefónica.
"Durante un año y medio, fue el libro que regalé a mis amigos en sus cumpleaños. Y luego, en la asignatura de psicología de segundo de Bachillerato, empezamos el curso leyéndolo", dice. "Está muy bien porque narra cómo las capacidades cognitivas de los seres humanos están devaluándose y en decadencia. Y hace un estudio muy detallado de cómo funcionan las tecnológicas y su modelo de negocio", añade.
Fernández asegura que alejarse de WhatsApp fue "un chute" porque "te hace estar más atenta, más pendiente y te ayuda a relacionarte mejor". "Al final, por los grupos, terminas teniendo relación con gente que ni ves. Es un ruido de fondo cuando la vida no te permite estar presente con tanta gente, ni tener tantas relaciones, ni tantos contactos, ni nada. Es mentira. Entonces, bajan esos decibelios y vuelve la realidad", opina.
Como buena profesora de filosofía, cita referentes. "Es importante lo que dice Kant sobre las suposiciones reales. Cuando no estás con la gente, es importante que no estés con la gente, y cuando estás con la gente, pues entonces disfruta de que estás con la gente". Reconoce que desde que no usa WhatsApp, siente el efecto de "echar de menos" y cuando ve a amigos o personas cercanas, "se cuentan todo". Sin embargo, Fernández no tiene más remedio que instalar la aplicación cuando su hijo mayor de 15 años está de viaje porque "te facilita la comunicación". Pero cuando regresa, vuelve a desinstalar la app.
Según el informe sobre el uso de redes sociales en España de IAB, actualmente hay 33.1 millones de usuarios que utilizan redes, y el tiempo promedio diario en Instagram (la favorita para 1 de cada 5 encuestados), TikTok, X o Facebook, entre otras, es de una hora. Las cifras reflejan una sociedad española enganchada a las redes sociales, pero cada vez más personas las abandonan. El mismo estudio de IAB destaca que el porcentaje de usuarios que han dejado de usar una red social en los últimos 12 meses ha pasado del 33% en 2025 al 42% en 2026.
"Ahora vivo con más presencia", confiesa Mar España, exdirectora de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) y otra participante de la campaña Off February 2026. Cuenta que desde el pasado febrero, cuando limpió las aplicaciones de redes sociales de su móvil, no ha vuelto a entrar en su cuenta de Instagram ni en X, aunque sí ha reinstalado LinkedIn, plataforma a la que accede dos o tres veces al mes desde el móvil o el ordenador. Antes, reconoce, podía pasar una hora y media a la semana en Instagram, media hora en LinkedIn y apenas consultaba X.
"El algoritmo de Instagram es adictivo porque te ofrece más contenido de lo que sabe que te gusta", señala la ahora directora de Plataforma Control Z, una entidad que agrupa a sociedades médicas, científicas y sanitarias junto con entidades sociales y grupos mediáticos para alertar sobre el daño a la salud física y mental del uso precoz y excesivo de pantallas. "Intento tener mucho control sobre mi atención, siendo consciente de lo que consumo y que sea porque lo quiero consumir, y no porque me inducen a atraparme en contenidos que al final son superficiales", sostiene España.
"Instagram genera la sensación de que si no estás, no te enteras de lo que les pasa a tus amigos o de lo que ocurre en el mundo. Y es como si no compartes tu vida, no existes", opina Olga Rentero, una fotógrafa de Leganés de 31 años que en diciembre del año pasado dio de baja su cuenta de Instagram, aunque no la ha borrado del todo porque no sabe si en el futuro podrá "usarla libremente y que no sea tan negativo". Ahora reconoce que se "siente muy bien sin estar enganchada al teléfono".
La joven, que no tiene TikTok y apenas usa Facebook, cuenta que llegó un momento en el que fue consciente de que no era capaz de concentrarse y que no estaba haciendo nada, ni siquiera las cosas que le gustan ("me encanta leer"), por estar mirando el móvil. Rentero pasaba en Instagram alrededor de dos horas al día. "Me di cuenta de que lo usaba mucho y que me comparaba mucho con otra gente. No me aportaba nada bueno", dice. La madrileña explica que en Instagram "hay un montón de cosas de la guerra" que "no estaba preparada para ver" porque es muy sensible y atraviesa una mala etapa, por lo que no le interesa ver noticias.
La fotógrafa se encuentra entre el 37% de los ciudadanos españoles que han evitado activamente las noticias este año y forma parte del 54% de los ciudadanos a nivel mundial que recurren a las redes sociales para informarse, según el Digital News Report del Instituto Reuters.
El verano pasado, Juan García, de 20 años, llegó a pasar entre siete y ocho horas al día pegado a las pantallas del ordenador y del móvil. "Estaba en casa, no tenía mucho que hacer, algunos amigos estaban fuera… Y claro, pasaba mucho tiempo, sobre todo con el teléfono", apunta. "Llegó un punto en el que me dije: esto no puede seguir así. Hay un montón de cosas mejores que hacer, como salir a la calle", reconoce. Y añade: "Antes de tener un teléfono, leía bastante. Luego, empecé con el móvil y la mayoría del tiempo veía tonterías".
Lo primero que se le ocurrió fue comprar un Nokia antiguo, como el de Diego Hidalgo o Pablo Marinero, pero lo descartó porque para su estilo de vida en Madrid no le servía. "Necesitas hacer Bizum a tus amigos, trámites en el banco, tener WhatsApp para comunicarte…", argumenta el joven residente en Vicálvaro.
Así que encontró otra solución. Buscó aplicaciones en Google Play Store para programar el móvil y lo configuró con una interfaz completamente negra y solo con lo básico. Dejó cinco aplicaciones instaladas: para hacer llamadas, WhatsApp, Google Maps, Spotify y la app de su banco. "Reduje mi tiempo de las siete u ocho horas al día a una hora y media". Eliminó la aplicación de Instagram ("los vídeos infinitos te agotan, puedes estar tres horas y no te das cuenta de que ha pasado el tiempo"), de YouTube y de algunos juegos. Ahora entra "cinco minutos al día" en Instagram y en X con el ordenador de sobremesa, y apaga su móvil antes de dormir.
"Al final, Instagram es la red social de nuestra generación; más que TikTok. Nos comunicamos por ahí", cuenta García. Explica que esos minutos que dedica a la red social de Meta son para ver si algún amigo le ha enviado un mensaje y contestar. Luego se dedica a trabajar con su empresa Focus Wave, una Sociedad Limitada que cofundó a finales del año pasado junto a su amigo de universidad y socio Arturo Francisco Barbero.
"Yo quería emprender y tenía varias ideas de negocio. Cuando configuré mi teléfono personal el verano pasado, dije: oye, esto me está yendo bien. Se lo comenté a Arturo, compramos móviles Xiaomi y los modificamos, afinando más el código, los programas y empezamos a hacerlo más profesional", relata García. Han comenzado con el apoyo económico de sus familias y combinan esta iniciativa con sus estudios universitarios de Dirección y Gestión de Empresas en el Ámbito Digital en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.
El eslogan de la página web de su startup reza "el smartphone que no roba tu atención", y su producto es FocusPhone, móviles de la marca Xiaomi (por ahora, el modelo Redmi A5 de 2025) que programan y configuran tanto a nivel de interfaz, con fondo negro y sin colores, como de aplicaciones básicas a elegir por el usuario para evitar las distracciones (eliminan notificaciones, etc.). "Lo que vendemos es personalización", dice Francisco Barbero. "El móvil, por defecto, está enfocado a que recibas todo el rato impulsos 'dopamínicos'. Entonces, modificamos el launcher, es decir, como la piel que está por fuera, y no tenemos que desmontar el dispositivo".
"Somos conscientes de que hoy no se puede vivir sin móvil porque lo necesitas para hacer un Bizum, para sacar unos billetes de tren, para comunicarte… Pero hazlo de manera consciente, limita al máximo tu 'adicción' para que no tengas que renunciar a aplicaciones que te ayudan en tu día a día. Evita aplicaciones adictivas, colorines, transiciones y todo eso", opina Francisco Barbero. "Que el tiempo que estés con el móvil sea para algo concreto y no para abrirlo por defecto y pasar el rato", apostilla.
Con un precio a partir de 179 euros, afirman haber realizado decenas de ventas, con clientes de España e incluso de países como Irlanda, Alemania, Suiza o Inglaterra, aunque reconocen que no es un producto fácil de comercializar. Con lo que ganan de cada venta, compran dispositivos y mantienen un stock. ¿Y si el negocio no funciona? "Cada móvil que vendemos significa que hemos ayudado a alguien. Y si tenemos que cerrar, al menos hemos guiado a gente y seguro que surgirán iniciativas parecidas en el futuro que ayudarán al máximo número de personas", dice con convicción Francisco Barbero.
La historia de Juan García y Arturo Francisco Barbero es similar a la de los fundadores catalanes de Balance Phone, Albert Beltran y Carlos Fontclara. En su caso, Samsung es la marca que utilizan para modificar los dispositivos a petición de los usuarios a partir de 299 euros. Las familias que buscan un primer móvil seguro para sus hijos son sus principales clientes, según explicaron en una entrevista publicada en La Vanguardia.
En su página web, indican que venden su teléfono en más de 50 países y que ya cuentan con 11,000 usuarios, cifras que reflejan el aumento de una demanda internacional de personas conscientes de que pasan mucho tiempo con su smartphone y buscan herramientas para reducir esa dependencia. Ya en 2015, la empresa Light, con sede en Nueva York, comenzó a diseñar este tipo de móviles configurados para ayudar a "desintoxicar". En parte, fueron precursores de los también llamados dumbphones (móviles tontos).
Alberto Sánchez, de 43 años, profesor de Secundaria en un instituto de la Comunidad de Madrid, se ha pasado hace meses a un smartphone minimalista, el Mudita Kompakt, un modelo de una compañía polaca. "Estuve mirando varias opciones y me quedé con esta, que tampoco es la más barata [desde 399 euros]. Tiene inyección de tinta, como los libros electrónicos. Paso tanto tiempo frente a las pantallas que seguro que me ha afectado a la vista", dice Sánchez por teléfono.
A este mostoleño le ha ocurrido lo mismo que a varios de los entrevistados: se dio cuenta de que invertía demasiado tiempo con su teléfono inteligente en lugar de hacer otras cosas que le "enriquecen más". "Pienso mucho en la expresión 'empobrecimiento existencial', que creo que es en lo que se ha convertido el móvil; al menos para mí. No voy a negar todas las ventajas que aporta, que las utilizo, pero claro, cuando te das cuenta de que estás haciendo scroll sin sentido y tu pareja te dice, oye, estás pasando mucho tiempo con el móvil, pues dices, hostia, es verdad", confiesa.
Sánchez también destaca las discusiones en los grupos de amigos de WhatsApp: "Empiezas a debatir y te pones de mala leche sin sentido. Y dices, ¿para qué me meto yo en esto? Ni gano ni pierdo. Vamos a quedar un día y hablamos de lo humano y de lo divino".
"Para los vicios soy muy malo, o muy débil", reconoce este profesor de Secundaria durante la entrevista. Tuvo que cortar por lo sano y adquirió un dumbphone. Se lo comunicó a su familia y amigos por si notaban su menor presencia en las comunicaciones por WhatsApp. "Al final, los que somos un poco 'adictos', acabamos mirando el móvil cada poco tiempo. A veces de manera inconsciente, y al final te das cuenta de que la vida se convierte en un coitus interruptus. Y sucede que nunca te sumerges en profundidad en las tareas importantes, ya sea leer un libro, estar con tus hijos, con un amigo...", señala Sánchez, quien cuenta cómo ahora que mira menos el móvil "está más atento" a lo que tiene que hacer en cada momento y le cunde más el tiempo. "Pienso que me va a venir bien para hacer otras cosas porque, como leí por ahí, no quiero que ponga en mi epitafio: 'pasó mucho tiempo con el móvil'. Yo quiero hacer un montón de cosas y no quiero que nada me lo interrumpa", concluye Sánchez.