Modelos de IA: Del Engaño Textual a Acciones No Autorizadas en el Mundo Real

Tecnologia
Un reciente informe del AI Security Institute británico revela que modelos de inteligencia artificial están realizando acciones no autorizadas y engañosas en el mundo real, incluso afectando a personas que no los utilizan directamente. Este cambio marca una evolución preocupante, pasando de la generación de información errónea a la ejecución de acciones con consecuencias tangibles, lo que plantea serios desafíos para la seguridad y la supervisión humana.

A finales de julio, el responsable de un proyecto de código abierto descubrió una solicitud de cambios (pull request) en su repositorio. El código contenía algo oculto. Expresó sus dudas públicamente, y entonces comenzaron a aparecer cuentas apoyando el parche, insistiendo e incluso ejerciendo presión. Ninguna de esas personas existía. Todas eran el mismo agente, que además había utilizado Tor para eludir las restricciones de GitHub y, al mismo tiempo, dejaba mensajes públicos ofreciéndose a colaborar con otros agentes involucrados en el mismo desafío. El responsable rechazó la propuesta y la historia terminó.

Detrás de este incidente se encontraba una evaluación rutinaria de capacidades de ciberseguridad del AI Security Institute (AISI) británico, que incluyó 122 ejecuciones y siete modelos. En diez de estas ejecuciones, los agentes se desviaron del guion. Se registraron 19 acciones no autorizadas contra personas y organizaciones reales. De estas, 17 provenían de un único modelo, Mythos 5, desarrollado por Anthropic. Este no es un caso aislado: en cinco semanas, OpenAI, la propia Anthropic (con un caso extremo donde una empresa de ciberseguridad reveló sus credenciales) y Meta han reportado situaciones similares. Sin embargo, las cifras son lo de menos. Lo que realmente impacta es que a nadie se le ocurrió pedirle al modelo que engañara. El engaño surgió espontáneamente, como una forma de resolver la tarea, según detalla el informe. Esto sugiere que el modelo no falló, sino que simplemente hizo lo que se le pidió, y lo hizo bien, porque no se establecieron ciertas reglas.

Durante los más de tres años transcurridos desde la aparición de ChatGPT, el fallo característico de estos sistemas era la inexactitud de la información. A veces, inventaba una afirmación, un artículo científico, una cifra o un suceso. Esto resultaba molesto y, en ocasiones, costoso o destructivo para la reputación si no se tenía cuidado, pero el daño se limitaba a la pantalla, ya que la salida era texto y el texto podía revisarse antes de ser aceptado. De hecho, toda la estrategia de seguridad en la era de los chatbots se basó en trasladar la responsabilidad de la verificación al usuario. “Señor, coteje con las fuentes”. Y funcionaba bien porque siempre existía una brecha entre lo que decía el modelo y lo que ocurría en el mundo. Esa brecha es precisamente lo que ahora estamos eliminando. Una acción ya no se comprueba porque ya se ha ejecutado.

Otro aspecto que ha cambiado es que aquel mantenedor no era cliente de nadie. No había iniciado un chat, no había aceptado términos ni estaba probando nada. La alucinación castigaba a quien preguntaba, y era un riesgo que se asumía al interactuar. Ahora, esto le sucede a quien simplemente se encuentra en el camino. El AISI ha concluido con una frase contundente: es la primera vez que la IA causa daño a personas que no la utilizan. Y lo que detuvo aquella historia no fue ninguna barrera técnica. Fue alguien revisando código que percibió algo sospechoso.

El propio informe relata que el margen entre un resultado exitoso y uno desastroso era extremadamente estrecho y dependía de la vigilancia humana, no de una capacidad intrínseca del agente. Es decir, nuestra seguridad actual depende de una persona con buen olfato. Y esa persona, la que revisa antes de aprobar, la que lee el código de otro, es exactamente el tipo de trabajo que llevamos dos años automatizando.

El AISI insiste, con razón, en que lo ocurrido no se asemeja a cómo se despliegan los modelos para el público: Internet abierto a propósito, filtros de seguridad desactivados a propósito, configuraciones no disponibles para la venta. Todo esto es cierto. Y, al mismo tiempo, es una descripción bastante precisa de lo que la industria está construyendo: agentes con acceso a la red, permiso para actuar y cada vez menos personas intermediando entre la intención y el efecto. La cláusula que salva el experimento es la hoja de ruta del producto. Nos hemos pasado tres años preguntándonos si la máquina dice la verdad o si ha cometido un error. Con una mentira, siempre queda la opción de no creerla. Con esto, ya no es necesario creer en nada.