La presidencia de Donald Trump, con su retórica desafiante y acciones contundentes, a menudo es percibida como una ruptura con el pasado. Sin embargo, un análisis más profundo revela que sus políticas, desde las ambiciones territoriales hasta la presión sobre la OTAN y la estrategia migratoria, son en realidad una continuación y radicalización de prácticas geopolíticas históricas de Estados Unidos, aunque ejecutadas con un enfoque más directo y confrontacional que sus predecesores.
Cuando el exmandatario estadounidense, Donald Trump, plantea la incorporación de Canadá, Groenlandia o Venezuela como estados de la Unión, critica fuertemente a la OTAN, ordena ataques contra Irán para controlar el estrecho de Ormuz, o interviene para reducir la influencia de China y el socialismo en la región, en realidad está recuperando estrategias implementadas por otros líderes estadounidenses, aunque utiliza métodos más agresivos y un lenguaje más provocador. En este sentido, Trump no está estableciendo una nueva dirección geopolítica desde cero. La historia demuestra que otros presidentes llevaron a cabo iniciativas similares, aunque en épocas diferentes.
El retorno de la Doctrina Monroe: 'América para los americanos' sintetiza el concepto que inspiró la Doctrina Monroe, proclamada por el presidente James Monroe en 1823, la cual establecía que las potencias europeas no debían interferir en el continente americano. Ese mismo año, antes de la proclamación de la doctrina, el expresidente Thomas Jefferson envió desde Monticello una misiva a Monroe, conocida como la Carta de Monticello, en la que apoyaba una postura firme frente a las naciones europeas. En dicha correspondencia, Jefferson afirmó que: 'América tiene un hemisferio para sí misma', una idea que más tarde se consolidó en la Doctrina Monroe bajo el principio de 'América para los americanos'. La carta sugería que Estados Unidos debía evitar que Europa recuperara su poder sobre el continente y, al mismo tiempo, mantenerse al margen de los conflictos europeos. Trump retoma este principio, pero el oponente principal ya no es Europa, sino China, Rusia e Irán dentro del hemisferio occidental. Su administración observa con desconfianza a los gobiernos que mantienen lazos con estas potencias. Incluso, algunos observadores hablan de un 'Corolario Trump' o una 'Doctrina Monroe 2.0', con el propósito de reafirmar la supremacía estadounidense en América en los ámbitos político, económico y estratégico. En el aspecto económico, esta táctica se manifiesta en la aplicación de aranceles como herramienta de presión internacional.
LA EXPANSIÓN TERRITORIAL
Las propuestas de Trump sobre Groenlandia y Canadá podrían parecer novedosas para las generaciones más jóvenes, pero tienen precedentes históricos. Thomas Jefferson impulsó la compra de Luisiana; Andrew Johnson adquirió Alaska a Rusia, y Harry S. Truman propuso comprar Groenlandia en 1946. Trump revive esta tradición al insistir en la adquisición de Groenlandia y al sugerir, en ocasiones de forma jocosa, la anexión de Canadá y Venezuela, justificándolo con razones de seguridad nacional, recursos estratégicos y el control del Ártico. En el caso de Venezuela, argumenta que la presión ejercida sobre el gobierno de Nicolás Maduro ha modificado el panorama político. También asegura que Diosdado Cabello, quien antes mantenía un discurso constante contra Estados Unidos y Trump, ha dirigido su atención a confrontaciones con el presidente colombiano Gustavo Petro, quien previamente fue considerado un aliado político.
PROTECCIÓN DEL PATRIMONIO ESTRATÉGICO ESTADOUNIDENSE
Desde la Segunda Guerra Mundial, prácticamente todos los presidentes estadounidenses han salvaguardado bienes considerados de importancia estratégica. Trump amplía este concepto al incluir minerales críticos, tierras raras, las rutas marítimas del Ártico, las bases militares y la seguridad energética. El interés por Groenlandia se debe, según varios analistas, a estos factores y a la competencia estratégica con China y Rusia. El periodista Jonathan Josephs, de la BBC, informó que el Gobierno de Estados Unidos busca convertirse en el accionista mayoritario de la única mina de tierras raras actualmente operativa en ese país. Asimismo, anunció nuevas medidas para asegurar el futuro de la operación minera de Mountain Pass, en California. Los minerales de tierras raras son esenciales para el desarrollo de tecnologías modernas, incluyendo vehículos eléctricos, turbinas eólicas y equipos de defensa. El acceso a estos recursos constituye uno de los principales puntos de fricción en la disputa comercial entre Estados Unidos y China, dado que Pekín controla aproximadamente el 90% de la capacidad de producción global. En este contexto, MP Materials, propietaria de la mina de Mountain Pass, firmó un acuerdo con el Departamento de Defensa de Estados Unidos con el fin de reducir la dependencia estadounidense de las importaciones de tierras raras.
LA PRESIÓN SOBRE LA OTAN
Recientemente, Donald Trump afirmó ante líderes occidentales, durante la cumbre del G7, que la OTAN es tan perjudicial como el TLCAN, el acuerdo comercial norteamericano que ha cuestionado en repetidas ocasiones. El medio internacional SWI reportó que estas declaraciones aumentaron la inquietud entre los aliados atlánticos ante la posibilidad de una cumbre marcada por nuevas tensiones con el mandatario estadounidense. La reunión del G7, celebrada en Quebec a principios de junio, mostró a un Trump aislado en varias de sus posturas, especialmente frente a los líderes de las otras seis economías democráticas principales en materia comercial. España fue uno de los países más criticados por Trump, quien intensificó sus reproches sobre la relación comercial bilateral. Aunque la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha intentado evitar confrontaciones directas, tampoco ha escapado de los cuestionamientos del mandatario estadounidense. En este aspecto, Trump sigue una línea iniciada por otros presidentes, aunque con un tono considerablemente más severo. Dwight D. Eisenhower advertía sobre la distribución desigual de las responsabilidades de defensa, mientras que Barack Obama solicitó a Europa aumentar su gasto militar. Trump llevó esa presión a un nivel superior al exigir mayores contribuciones de los aliados y al cuestionar el compromiso estadounidense con aquellos países que no incrementaran su inversión en defensa. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 mantiene esta orientación.
LA MIGRACIÓN COMO ASUNTO DE SEGURIDAD NACIONAL
Trump convirtió la migración irregular en uno de los pilares centrales de su política de seguridad nacional. Su estrategia incluye el fortalecimiento del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el aumento de las deportaciones, un mayor control fronterizo y más presión sobre los países latinoamericanos. Durante su administración, el ICE se consolidó como una de las principales herramientas para implementar una política migratoria más rigurosa mediante operativos destinados a localizar, detener y deportar migrantes en situación irregular, incluidos aquellos con órdenes definitivas de deportación y, en ciertos casos, personas sin antecedentes penales. La estrategia también estuvo acompañada por una mayor coordinación con otras agencias federales, el fortalecimiento de los controles en la frontera sur, el incremento de las inspecciones en lugares de trabajo, la ampliación de la capacidad de los centros de detención migratoria y acuerdos con autoridades estatales y locales para reforzar el control migratorio. Dentro de este discurso, la migración deja de ser presentada únicamente como un fenómeno humanitario para convertirse en un asunto de seguridad nacional.
UNA ESTRATEGIA CON RAÍCES HISTÓRICAS
En síntesis, Trump adapta al escenario geopolítico del siglo XXI principios estratégicos desarrollados por varios de sus predecesores, aunque con menos formalidades diplomáticas y una postura mucho más beligerante. Aunque mantiene desacuerdos con varios miembros de la OTAN, sus principales objetivos geopolíticos continúan siendo China, Rusia e Irán. Su accionar puede interpretarse como una actualización del pensamiento estratégico iniciado por Thomas Jefferson y James Monroe, ajustado a la competencia global contemporánea. La interrogante persiste: ¿Donald Trump está redefiniendo la política exterior de Estados Unidos o simplemente acelera una transformación que se inició hace décadas? No parece que Donald Trump esté creando una política exterior completamente nueva. Más bien, retoma principios históricos del expansionismo y del liderazgo estratégico estadounidense, adaptándolos al contexto actual de competencia con China, Rusia e Irán. La distinción radica en un discurso más confrontacional y en métodos de presión más directos que los empleados por varios de sus antecesores.