Las Islas Feroe han resuelto sus desafíos de conectividad con una impresionante obra de ingeniería: el Eysturoyartunnilin. Este túnel no solo acorta drásticamente las distancias entre varias ciudades, sino que también alberga la única rotonda submarina del mundo, situada a 72 metros bajo el nivel del mar. Esta estructura, además de su funcionalidad, es una pieza artística que ha transformado la movilidad y el paisaje de la región.
Anteriormente, Tórshavn y Runavík estaban separadas por más de 50 kilómetros de carretera, aunque geográficamente estaban muy cerca. Una situación similar enfrentaban los residentes de Strendur para llegar a cualquiera de estas dos ciudades. A pesar de la belleza idílica de estas localidades en las Islas Feroe, la geografía presentaba inconvenientes significativos.
Runavík y Strendur se encuentran en Eysturoy, una de las islas del archipiélago. Sus habitantes podían verse, pero una considerable extensión de agua que se adentra varios kilómetros tierra adentro dividía la isla, obligando a rodeos de decenas de kilómetros para desplazarse entre ellas. Tórshavn, por su parte, está ubicada en Streymoy, una isla contigua que sí tiene conexión por carretera con Eysturoy. El problema persistía: una delgada franja de agua separaba ciudades cercanas, forzando largos desvíos.
Esta situación cambió con la inauguración del Eysturoyartunnilin en 2020.
La concepción del Eysturoyartunnilin surgió años antes. Considerando la magnitud de la obra de ingeniería, la velocidad con la que se llevó a cabo el proyecto fue notable. A principios de los años 2000, las Islas Feroe comenzaron a abordar sus problemas de movilidad de manera directa, optando por la construcción de túneles submarinos para evitar los rodeos y la necesidad de puentes costeros. Fue así como se materializaron dos proyectos iniciales: el Vágatunnilin y el Norðoyatunnilin.
Los beneficios obtenidos de estas primeras construcciones impulsaron la idea de continuar por el mismo camino. En 2006, se estableció la compañía responsable de desarrollar el Eysturoyartunnilin. El proyecto sufrió un aplazamiento debido a la crisis de 2008, pero se reanudó en la década siguiente.
Tras algunas modificaciones, las excavaciones comenzaron en 2017 en ambos extremos del túnel. Tres años después, el Eysturoyartunnilin estaba completo. Esta solución de movilidad redujo drásticamente la distancia entre Tórshavn y Runavík o Strendur, pasando de más de 50 kilómetros a solo 11,24 kilómetros. El tiempo de viaje se acortó de más de una hora a aproximadamente 16 minutos.
Sin embargo, lo más singular del proyecto no es solo la construcción de un túnel submarino, ya que las Islas Feroe ya contaban con túneles similares, y estos se han vuelto comunes en los países nórdicos. Lo verdaderamente innovador es la solución adoptada para gestionar el tráfico entre las tres ciudades. En lugar de crear túneles individuales con conexiones separadas, se optó por construir una rotonda submarina, la única de su tipo en el mundo hasta la fecha.
Un reportaje de la BBC detalla cómo se ejecutó el proyecto, que representa la infraestructura más costosa en la historia de las Islas Feroe, y las dificultades encontradas. La zona más compleja fue la de la rotonda, donde las voladuras de roca debieron ser de menor magnitud para controlar con precisión el espacio requerido. La sección central de la rotonda está diseñada para liberar la presión ejercida por el fiordo bajo el cual se encuentra.
Esta rotonda se halla a 72 metros bajo el nivel del mar. El túnel alcanza una profundidad máxima de 189 metros, y si bien no es el más profundo del mundo, destaca por albergar la única rotonda subacuática.
Durante la construcción, se aprovechó la rotonda como espacio para una expresión artística. Se encargó al artista Tróndur Patursson que creara una instalación de placas metálicas de 80 metros, caracterizada por un juego de luces y la representación de figuras humanas que evocan una danza tradicional local. Este efecto de luz e impresión sobre las placas le ha valido el apodo de "rotonda medusa". Además, las placas metálicas cambiarán de color con el tiempo debido a la oxidación, lo que dará la impresión de que la obra evoluciona.
Más allá de convertirse en una atracción turística en sí misma, el túnel es utilizado diariamente por casi 6.500 vehículos, que pagan el peaje para cruzar los poco más de 11 kilómetros que conectan estas ciudades bajo el agua. Solo en 2025, el túnel fue transitado por 2,36 millones de vehículos.