En febrero de 2007, Stephen Schwarzman, CEO de Blackstone, celebró su 60 cumpleaños con una fastuosa fiesta en Manhattan, que contó con la presencia de celebridades y figuras influyentes. A pesar de su magnitud, esta celebración se convirtió en un símbolo de los excesos de Wall Street justo antes de la crisis financiera, generando controversia y escrutinio legislativo sobre el capital privado.
En febrero de 2007, en un antiguo cuartel militar del Upper East Side de Manhattan, cerca de 600 invitados brindaron con champán mientras Rod Stewart ofrecía un concierto privado para celebrar el 60 cumpleaños de Stephen Schwarzman, CEO y fundador de Blackstone. Nadie en la fiesta anticipó que, meses después, esa noche sería recordada como el emblema de los problemas que surgirían en Wall Street, marcando el fin de una era.
Aquella no fue una fiesta de cumpleaños común. Casi dos décadas después, muchos la consideran una de las más ostentosas. Schwarzman alquiló el Park Avenue Armory de Manhattan, decorándolo con orquídeas, palmeras y un retrato suyo a tamaño real. Según el libro 'Davos Man' de Peter S. Goodman, el cómico Martin Short entretuvo a los asistentes, Patti LaBelle cantó el cumpleaños feliz y Rod Stewart dio un concierto privado. Entre los casi 600 invitados se encontraban banqueros, políticos y Donald Trump, entonces un empresario neoyorquino.
Se estima que la fiesta costó entre tres y cinco millones de dólares. Aunque hoy esa cifra podría parecer modesta comparada con otros derroches de millonarios, en aquellos años representaba un gasto considerable. Schwarzman la justificó posteriormente como "una celebración con seiscientas personas que nos importaban". Una cantidad insignificante para alguien que había ganado 398,3 millones de dólares en el ejercicio fiscal de 2006.
Sin embargo, la fiesta se llevó a cabo apenas cuatro días después de un anuncio crucial: Blackstone había cerrado la mayor compra inmobiliaria de la historia hasta ese momento, por 39.000 millones de dólares. Meses más tarde, la empresa salió a bolsa. Schwarzman obtuvo cerca de 700 millones en efectivo y una participación valorada en unos 9.000 millones. Este despliegue de lujo y dinero fácil captó la atención del Senado. Los legisladores Max Baucus y Chuck Grassley presentaron lo que la prensa denominó el "Proyecto de ley Blackstone", una normativa diseñada para la empresa de Schwarzman con el objetivo de aumentar los impuestos al capital privado. Con la crisis de las subprime ya inminente, Schwarzman finalmente admitió que aquella fiesta fue "un poco exagerada", asegurando que nunca quiso convertirse en el símbolo de la opulencia de una época.
Con una fortuna considerable, cualquiera esperaría que Schwarzman se sintiera cómodo con la etiqueta de rico. Pero ese no era su caso. Según The Wall Street Journal, incluso después de su ostentosa fiesta de cumpleaños, cuando se le preguntó sobre su estilo de vida, el CEO de Blackstone respondió sin dudar: "No me siento una persona rica. Otros me ven como tal, pero yo no. Me siento igual que cuando era asociado de quinto año y aspiraba a ser socio en Lehman. No he cambiado… Sigo intentándolo".
Tal vez con cierta nostalgia, diez años después de aquella memorable fiesta, Schwarzman celebró su 70 cumpleaños. En esta ocasión, tampoco escatimó. Hubo camellos, trapecistas y un concierto privado de Gwen Stefani en Palm Beach, cerca de Mar-a-Lago. Sin embargo, la fiesta apenas generó ruido en las portadas de los periódicos. Era la era Trump y el lujo ya no escandalizaba como antes. Sus vecinos Ivanka Trump y Jared Kushner estuvieron entre los invitados.
Hoy, con una fortuna de 48.000 millones de dólares, Schwarzman prepara una fiesta de Halloween en su finca inglesa de Conholt Park. Esta vez, sin camellos ni templos: solo fuegos artificiales y dos días de reunión privada. Algo tranquilo, para relajarse. Los excesos de antaño, aquellos que hacían temblar al Congreso, ya no causan tanto asombro. Los multimillonarios de esta década son más discretos en sus formas, aunque su riqueza se haya multiplicado por diez. Los milmillonarios actuales gastan igual o más que Schwarzman en 2007, pero sin la misma ostentación. La diferencia radica en el perfil público, no en la cantidad de dinero.