El hundimiento de ciudades en el este de China: la consecuencia de décadas de extracción masiva de agua subterránea

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El este de China enfrenta un grave problema de subsidencia, donde millones de bombas extraen agua del subsuelo para abastecer a sus megaciudades en expansión. Este fenómeno, que ha pasado desapercibido durante años, está causando el hundimiento de vastas áreas urbanas, desestabilizando infraestructuras y aumentando el riesgo de inundaciones. La situación se agrava por la coincidencia con el aumento del nivel del mar, poniendo en peligro importantes centros industriales.

Durante mucho tiempo, Venecia fue el ejemplo paradigmático de una ciudad que se hundía lentamente. Sin embargo, en los últimos años, la preocupación científica se ha desplazado hacia el este de China. En esta región, el descenso del terreno no se debe a canales, sino a la extracción masiva de agua subterránea a través de millones de bombas que, durante décadas, han abastecido a algunas de las mayores urbes del planeta.

En apenas cuatro décadas, China experimentó una de las transformaciones urbanas más significativas de la historia. Cientos de millones de personas migraron del campo a las ciudades, dando origen a megaciudades donde antes existían pequeños núcleos. El país construyó barrios, carreteras, líneas de metro, puentes y rascacielos a una velocidad sin precedentes. Este crecimiento exponencial también disparó la demanda de agua, lo que llevó a una dependencia cada vez mayor de los acuíferos subterráneos.

Durante años, el agua subterránea fue percibida como un recurso casi ilimitado. No obstante, cada litro extraído dejaba pequeños espacios vacíos entre los sedimentos del terreno. Este problema pasó desapercibido durante mucho tiempo, ya que el proceso era extremadamente lento, medido en milímetros al año. Sin embargo, tras décadas de bombeo continuo, los científicos comenzaron a observar que muchas ciudades en el este de China estaban literalmente hundiéndose.

El hundimiento no se produce por la apertura del suelo bajo los edificios, sino por la compactación del propio terreno. Al desaparecer el agua que rellenaba los poros del subsuelo, el peso de rascacielos, carreteras, vías férreas y otras infraestructuras comprime gradualmente esos sedimentos. Este proceso es casi imperceptible para quienes viven sobre él, pero es suficiente para desestabilizar edificios, deformar infraestructuras y aumentar el riesgo de grietas e inundaciones. En muchas ocasiones, esta compactación resulta prácticamente irreversible.

La magnitud del fenómeno quedó patente cuando investigadores analizaron mediante satélites 82 de las principales ciudades chinas entre 2015 y 2022. Descubrieron que cerca del 45% de sus áreas urbanas se hunden más de tres milímetros al año, y que aproximadamente una de cada seis supera los diez milímetros anuales. En total, decenas de millones de personas residen en zonas donde el terreno desciende de forma acelerada. Los investigadores identificaron varios factores, desde la geología hasta la minería o el transporte urbano, pero señalaron un responsable principal: la extracción intensiva de agua subterránea durante décadas.

La subsidencia sería preocupante por sí sola, pero en la costa oriental de China coincide con otro fenómeno que avanza simultáneamente: la subida del nivel del mar. Estudios recientes indican que los océanos están aumentando su altura al ritmo más rápido de los últimos cuatro milenios debido al calentamiento global. En deltas como los del Yangtsé o el río Perla, donde se concentran ciudades como Shanghái, Shenzhen o Hong Kong, ambos procesos se refuerzan mutuamente. En algunos lugares, el suelo llega a bajar más deprisa de lo que asciende el mar, multiplicando el riesgo de inundaciones y poniendo en peligro algunos de los mayores centros industriales y logísticos del planeta.

La buena noticia es que el hundimiento no siempre avanza al mismo ritmo. Shanghái, por ejemplo, llegó a descender más de un metro durante el siglo XX debido al bombeo masivo de agua subterránea, pero las autoridades lograron ralentizar el proceso limitando las extracciones y reinyectando agua dulce en los acuíferos. De hecho, otros países ya habían recorrido un camino similar: Tokio consiguió prácticamente detener su subsidencia en los años setenta restringiendo el uso de pozos. El reto para China consiste ahora en aplicar esas lecciones a una escala mucho mayor. Si bien recuperar la altura perdida resulta prácticamente imposible, evitar que sus ciudades sigan hundiéndose sigue estando al alcance de las decisiones que se tomen hoy.