Villa Altagracia Conmemora el Último Día de Eddi Manuel de Jesús Robles: Una Tragedia Inolvidable

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El 10 de julio se convirtió en una fecha imborrable para Villa Altagracia, marcando el trágico final de Eddi Manuel de Jesús Robles, un joven atleta de 25 años. Su fallecimiento durante un partido de baloncesto conmocionó a su familia, al deporte dominicano y a toda la comunidad. Antes de esta inesperada partida, Eddi Manuel era conocido por su dedicación al trabajo, su amor por su familia y su pasión por el baloncesto, dejando una profunda huella en quienes lo conocieron.

Nadie presentía que ese viernes 10 de julio sería el último día de Eddi Manuel de Jesús Robles. Él tampoco lo sabía. Cumplió su jornada laboral habitual, visitó la casa donde creció, compartió momentos con sus abuelos, cenó con su hijo de cuatro años y, antes de partir hacia la cancha, pronunció una frase que aún resuena con una intensidad ineludible: “Papá, yo regreso en un momento”. Nadie imaginó que esas serían las postreras palabras que Don Martín escucharía de su nieto. Horas más tarde, mientras disputaba un encuentro del Torneo Superior de Baloncesto de Villa Altagracia, el joven deportista de 25 años se desplomó sobre la superficie de juego del polideportivo Abraham Mieses. La noticia impactó a una familia, conmovió al ámbito deportivo dominicano y dejó a un pueblo entero tratando de asimilar una desgracia que todavía parece increíble.

Pero antes de convertirse en una noticia, Eddi Manuel era sencillamente “el muchacho del hogar”.

En la residencia donde nació y se desarrolló, todavía se refieren a él en tiempo presente. Su abuela, Doña Mireya, recuerda que, aunque vivía en otro lugar, cada día encontraba un motivo para volver. No era una visita ocasional; era una rutina. Doña Mireya comenta: “Venía de su empleo a verme. Si notaba que iba a hacer algo, me decía: ‘Mamá, quédese tranquila. No quiero que se caiga’”. Para ella, nunca fue meramente un nieto; “era como un hijo”. Antes de irse a dormir, verificaba que sus abuelos hubieran cenado. Si descubría que no tenían desayuno, regresaba con alimentos. Preguntaba si necesitaban algo. Se aseguraba de cómo estaban. Después, continuaba con sus actividades. Esta forma discreta de velar por los suyos es el recuerdo más frecuente entre quienes compartieron su vida.

Aquel viernes, relata Doña Mireya, llegó aproximadamente a las cinco de la tarde. Su hijo mayor jugaba en la galería mientras la familia conversaba. Fue entonces cuando pronunció unas palabras que hoy su abuela interpreta de otra manera: “Ese niño tiene cuatro años… cualquiera lo toma y él se adapta”. En ese instante, nadie encontró nada extraño. Hoy, ella confiesa sentir como si, sin saberlo, hubiera ido a entregarles al pequeño. Luego le dio la cena al niño, se puso el uniforme deportivo y partió hacia la cancha. Nunca regresó. “¿Quién me visitará ahora?”, se pregunta con la voz quebrada. Desde entonces, los días dejaron de ser iguales. “Todos los días lo echo de menos”. La ausencia no se mide solo por el espacio vacío que dejó en la familia, sino por los pequeños gestos cotidianos que desaparecieron con él. “¿Quién me visitará ahora? ¿Quién me traerá el desayuno?” Son preguntas que no esperan respuesta. Son la forma en que una abuela intenta expresar su dolor.

María Robles, una de sus hermanas, había conversado con él ese mismo día. Nada hacía presagiar una tragedia. Horas más tarde, comenzaron las llamadas telefónicas. Al principio, creyó que se trataba de un error. “No le pasó nada porque yo lo dejé bien”. Minutos después, llegó la confirmación. Todavía hoy, reconoce que le cuesta aceptar la realidad. “A veces oigo un motor y pienso que es él… que viene”. La frase resume el estado emocional en que se encuentra una familia para la que el tiempo parece haberse detenido aquella noche.

Fuera de la cancha, Eddi Manuel llevaba una existencia marcada por el esfuerzo. Vendía empanadas desde temprano, luego realizaba labores de motoconcho y también se dedicaba a otros oficios para mantener a su familia. Quienes lo conocieron coinciden en describirlo con las mismas palabras: trabajador, respetuoso y profundamente entregado a los suyos. Nadie recuerda haberlo visto envuelto en conflictos. Su historia, dicen, fue la de un joven que eligió el sacrificio como estilo de vida.

En el polideportivo Abraham Mieses, aún es difícil hablar de aquella jugada. El dirigente deportivo Eliseo Candelario Jerez, conocido como Cheo Deportes, recuerda haber conversado con Eddi Manuel apenas minutos antes del partido. Le prometió un estímulo económico si el equipo lograba la victoria. La respuesta llegó acompañada de la sonrisa que todos recuerdan. Minutos después, sucedió lo impensable. Durante el último cuarto del encuentro, el jugador cayó al suelo. Al principio, nadie comprendía la seriedad de la situación. Personal de apoyo intentó asistirlo mientras se solicitaba ayuda de emergencia. Lo que ocurría frente a cientos de personas parecía imposible de asimilar. “Cuando vi que era él, dije: ‘Jehová, no lo puedo creer’”.

Más tarde, en el centro de salud, viviría uno de los momentos más difíciles de su vida. “Lo más duro fue verlo allí… y cerrarle los ojos”.

El sepelio confirmó que Eddi Manuel no era solamente un jugador de baloncesto. Era un joven profundamente querido por su comunidad. Decenas de personas acompañaron a la familia. Dirigentes deportivos, amigos, vecinos y compañeros de equipo compartieron el mismo sentimiento de incredulidad. Para Anderson Pérez, presidente de la Unión de Clubes de Baloncesto de Villa Altagracia, la tragedia marcó un antes y un después para el deporte local. Nunca, en casi tres décadas de organización del torneo, habían enfrentado una situación similar. Desde entonces, la dirigencia deportiva ha fortalecido los protocolos de asistencia durante los partidos, ha promovido mayores evaluaciones médicas para los jugadores y procura reforzar las medidas preventivas en las competencias. “Tenemos que aprender de esta tragedia”.

El impacto de la pérdida de Eddi Manuel no concluyó con el sepelio. En una ceremonia llena de emoción, el equipo Estrellas del Invi decidió retirar de forma permanente la camiseta número 10 que vistió el joven durante el Torneo Superior de Baloncesto de Villa Altagracia 2026. El homenaje congregó a familiares, dirigentes deportivos, compañeros de equipo y miembros de la comunidad, quienes recordaron no solo al jugador, sino también al hijo, al padre, al nieto y al trabajador que dejó una profunda huella entre quienes tuvieron el privilegio de conocerlo. En representación de la franquicia, Eliseo Candelario Jerez (Cheo Deportes) destacó las cualidades humanas y deportivas de Eddi Manuel y entregó a sus familiares una camiseta con el número 10 como símbolo de gratitud, respeto y reconocimiento a su legado. El homenaje fue recibido con profunda emoción por sus seres queridos, en un gesto que convirtió su número en un emblema permanente de memoria dentro de la organización y del baloncesto de Villa Altagracia.

Más allá del impacto deportivo, quienes conocieron a Eddi Manuel insisten en que su mayor legado no reside en los puntos anotados ni en los partidos disputados. Está en la forma en que vivió. En el hijo que llevaba de la mano. En el abuelo al que nunca dejó de visitar. En la abuela a la que cada mañana preguntaba si había desayunado. Don Martín, abuelo de Eddi Manuel, escuchó a su nieto decir aquella noche: “Papá, yo regreso en un momento”. Con el paso de los días, en esa casa nadie ha vuelto a escuchar el sonido de sus pasos cruzando la galería. Pero su memoria sigue llegando cada día en los recuerdos de quienes lo amaron y en una comunidad que todavía se resiste a aceptar que aquel viernes fue una despedida.