El aumento de centros de rehabilitación informales y los autodenominados "rescatadores" ha revelado un panorama preocupante. Se han presentado denuncias sobre abusos físicos, encierros, tratos inhumanos y explotación económica. La muerte de un joven en un centro en La Romana ha provocado una investigación sobre las condiciones en estos lugares y la falta de supervisión estatal.
El auge de los llamados “rescatadores” y centros no oficiales para la rehabilitación de personas que sufren adicciones ha comenzado a mostrar una realidad marcada por acusaciones de supuestos abusos físicos, encierros obligados, humillaciones, hacinamiento y beneficios económicos, en un contexto de aumento del problema de salud mental y consumo de drogas que afronta la nación dominicana. La situación volvió a ser objeto de atención pública después del fallecimiento de Kelvin Alexander Mateo, de 24 años, que ocurrió en abril de este año en la fundación “Ejército de Dios: Rescatando al Caído”, situada en La Romana. Debido a este caso, ex internos y familiares empezaron a contactar a este equipo para denunciar posibles violaciones de los derechos humanos en algunos centros que funcionan sin la vigilancia adecuada del Estado.
Uno de los testimonios más impactantes es el de Luis Javier Cordero, de 34 años, quien decidió hacer pública su identidad y exhibir las secuelas físicas que, según afirma, sufrió durante su encierro en ese centro. Cordero contó que ingresó buscando apoyo para tratar una depresión profunda y problemas relacionados con el alcohol. No obstante, asegura que terminó viviendo una experiencia difícil marcada por golpes, inmovilización y condiciones inhumanas. “Yo llegué caminando y de repente no podía levantarme. Sentía la columna rara, fiebre, mareos y sin fuerzas”, relató el ex interno, quien dice haber sido drogado antes de ser esposado.
Según su denuncia, permaneció atado durante días con esposas oxidadas que le causaron heridas graves en ambas muñecas, las cuales después provocaron una infección bacteriana que aún afecta su salud. Su hermano, Roberto Cordero, garantizó que cuando finalmente lograron verlo, las heridas eran tan profundas que “se le veían los huesos”. “Mi hermano estuvo casi 22 días esposado y atado. Para nosotros poder eliminar la bacteria que cogió en el cuerpo entero hemos gastado muchísimo dinero”, aseguró.
Luis Javier también denunció que dentro del centro existía un área de castigo conocida como “la plancha”, donde los internos eran encerrados en condiciones precarias. “No había piso, ni sábana. Todo era frío. Ahí mismo se orinan y escupen. Uno no sabe quién tiene tuberculosis ni qué enfermedad puede tener”, narró. El ex interno aseguró además que el director del centro, identificado como Junior Alexis Guerrero, supuestamente utilizaba dispositivos eléctricos parecidos a pistolas Taser para castigar a algunos internos. “Yo sentí la corriente en mi cuerpo y vi cuando le aumentó la intensidad”, denunció.
A las lesiones físicas se añadieron daños en la columna vertebral que, según explicó, hoy le causan dolores permanentes y dificultad para respirar. Actualmente necesita una cirugía cuyo costo representa una carga económica considerable para su familia. “Para moverme tengo que estar sedado”, expresó.
Mujeres también denuncian abusos
Las denuncias no se limitan a los hombres. Evelyn Martínez, de 42 años, aseguró haber vivido maltratos psicológicos y supuestas agresiones dentro del mismo centro, al que ingresó voluntariamente luego de verlo promocionado en redes sociales. Su madre, residente en el extranjero, pagó más de 55 mil pesos entre inscripción y mensualidades. Martínez afirmó que durante los primeros días recibió un trato aparentemente correcto, pero que luego comenzó una pesadilla de más de un mes marcada por hambre, aislamiento y humillaciones.
“A María le daban corriente, electroshock”, denunció al referirse a otra interna con aparentes problemas de salud mental. Según explicó, muchas de las personas recluidas necesitaban atención psiquiátrica especializada que, supuestamente, no recibían dentro del establecimiento. Tanto Evelyn como Luis Javier coincidieron en denunciar que dentro del centro presuntamente circulaban drogas y alcohol. “Allá se consume droga y se bebe”, afirmó Evelyn.
El fenómeno de los “rescatadores” en redes sociales
Mientras aumentan las denuncias, también crece el fenómeno digital de los llamados “rescatadores”, figuras que se han viralizado en TikTok, Instagram y Facebook grabando operativos donde muestran a personas con aparentes problemas de adicción siendo capturadas, esposadas o trasladadas a centros de internamiento. Uno de los casos más notorios es el de Juan Carlos Martínez Guerrero, conocido en redes sociales como “El Rescatador”, director del centro “La Gloria de Dios”, en Boca de Yuma. Martínez ha construido una imagen pública basada en videos de rescates y contenido relacionado con personas en situación de consumo problemático.
Sin embargo, familiares de internos denunciaron a este equipo presuntos maltratos, golpes, encierros y hacinamiento dentro de su centro. Algunos entregaron cartas enviadas por personas que aún permanecen internas y que, por temor, prefirieron mantener sus identidades en reserva. En uno de los mensajes, un interno escribió: “Somos 50 para cuatro habitaciones… me han amarrado con esposas y cadenas… esto es peor que La Victoria”. Otro expresó: “Usted cree que está pagando para ayudarme, pero está pagando para mi muerte”. Las denuncias describen presuntos castigos físicos, aislamiento prolongado y miedo constante dentro del establecimiento.
El centro se encuentra ubicado justo al lado de un destacamento policial y, según denunciaron familiares, cuenta con personas armadas vigilando las instalaciones. Luego de que salieran a la luz las primeras investigaciones periodísticas, Juan Carlos Martínez rechazó conceder una entrevista y, en cambio, publicó fragmentos editados de conversaciones sostenidas con este equipo en sus redes sociales.
Influencers, dinero y crecimiento acelerado
Otro de los rostros más conocidos de este fenómeno es Leonardo Mercedes Martínez, conocido como “Africano con mi barrio”, influencer y actual regidor del municipio Villa Hermosa, en La Romana. Leonardo asegura haber dejado atrás el consumo de drogas y haber encontrado una nueva misión ayudando a otros jóvenes con adicciones. En redes sociales publica constantemente operativos de “rescates” y contenido motivacional relacionado con rehabilitación.
Aunque no existen denuncias públicas directas de maltratos dentro de sus centros, la investigación evidencia el acelerado crecimiento económico que ha experimentado desde que comenzó a realizar este tipo de contenidos. En pocos años pasó de trabajar en un restaurante de comida rápida a exhibir vehículos, negocios y empresas registradas. Las redes sociales también se convirtieron en una fuente constante de donaciones económicas para muchos de estos proyectos, mientras familiares pagan cuotas de inscripción y mensualidades para internar a sus parientes.
El vacío del Estado
Especialistas y autoridades coinciden en que el crecimiento de estos centros ocurre en medio de la falta de respuestas suficientes del sistema de salud mental y rehabilitación pública del país. Actualmente, el Ministerio de Salud Pública reconoce solo 28 centros habilitados oficialmente para ofrecer servicios de rehabilitación y reinserción social. El director de Habilitación de Establecimientos de Salud Pública, Juan Gerardo Mesa, advirtió sobre la necesidad de regular y supervisar estos espacios para evitar violaciones a derechos humanos.
Las autoridades sostienen que cualquier centro de rehabilitación debe cumplir requisitos relacionados con infraestructura, higiene, personal médico, atención psicológica y condiciones de seguridad para los internos. Uno de los ejemplos citados por Salud Pública es la Fundación Ciudad de Dios, en Pedro Brand, que años atrás operaba de manera irregular y posteriormente logró adecuarse y obtener habilitación oficial.
El dolor convertido en contenido
Detrás de cada video viral, cada “rescate” transmitido en redes y cada operativo grabado con celulares, hay familias desesperadas buscando ayuda y personas atravesando profundas crisis de salud mental y adicción. Pero la investigación también deja abierta una pregunta inquietante: ¿en qué momento el sufrimiento humano comenzó a convertirse en espectáculo digital? Mientras algunos centros son señalados por presuntos abusos y violaciones a derechos fundamentales, muchos de sus responsables acumulan seguidores, donaciones, popularidad y monetización en plataformas digitales.
En medio del vacío institucional y la desesperación de cientos de familias, el dolor de personas vulnerables parece haberse convertido también en contenido de consumo masivo en redes sociales.