En 2018, dos investigadores implementaron una innovadora técnica de restauración ecológica en Costa Rica, cubriendo un pastizal degradado con pulpa de café. Este método, que no requirió la plantación de árboles, demostró una sorprendente capacidad para regenerar el ecosistema. Apenas dos años después, el área tratada mostró una recuperación forestal impresionante, superando significativamente a la parcela de control.
En el año 2018, dos investigadores llevaron a cabo una acción poco convencional en un antiguo pastizal ganadero situado en el sur de Costa Rica: cubrieron la zona con aproximadamente 30 camiones de pulpa de café. No se realizó ninguna plantación de árboles ni se removió el terreno con maquinaria. Simplemente se extendió una capa de alrededor de medio metro de este residuo húmedo y con olor, proveniente de la industria cafetera, sobre una parcela degradada, mientras otra parcela contigua se mantenía sin alteraciones. La transformación observada dos años después fue asombrosa.
El problema radicaba en la hierba. Aparentemente, el terreno había sido explotado durante años para el cultivo de café o la alimentación de ganado antes de ser abandonado. Sin embargo, su desuso no condujo al regreso del bosque tropical. El lugar había sido invadido por gramíneas, en particular una especie africana utilizada como pasto, capaz de alcanzar unos cinco metros de altura. Sin animales que la mantuvieran controlada, esta especie formaba una barrera extremadamente eficaz contra la regeneración, compitiendo por la luz y los nutrientes e impidiendo que las semillas de árboles nativos se establecieran. En otras palabras, el bosque, ahora un páramo, podría haber tardado décadas en recuperarse por sí solo.
La pulpa contenía una particularidad. La clave del experimento no fue únicamente el uso de abono. Los ecólogos Rebecca Cole y Rakan Zahawi, investigadores asociados a la Universidad de Hawái en Mānoa, aplicaron una capa excepcionalmente gruesa de pulpa durante la estación seca. Al descomponerse, esta masa rica en carbohidratos y proteínas generó calor, dejando las gramíneas enterradas sin luz ni aire. Según Zahawi, las raíces y rizomas terminaron prácticamente “cocinándose” bajo esta capa.
Posteriormente, se desarrolló la segunda fase del proceso. Los residuos de las hierbas se mezclaron con la pulpa en descomposición, y el suelo incrementó su contenido de carbono, nitrógeno y fósforo, creando condiciones radicalmente diferentes para las plantas que surgirían después. Y la naturaleza hizo el resto. Una vez eliminada la barrera de hierba invasora, los investigadores no tuvieron que plantar el nuevo bosque árbol por árbol. El viento y los animales transportaron semillas desde la vegetación cercana, mientras insectos y aves comenzaron a frecuentar el terreno.
Dos años más tarde, la observación fue increíble. La densidad de tallos leñosos era aproximadamente 20 veces mayor que en la parcela de control, el área basal leñosa era unas 30 veces superior, y la altura media del dosel se había multiplicado aproximadamente por cuatro. De hecho, algunos árboles jóvenes ya alcanzaban los 4,5 metros. Cole había pensado inicialmente que el experimento quizás solo resultaría en una zona de hierba algo más verde, pero lo que encontró fueron los primeros indicios de una nueva selva tropical.
Lo que queda de nuestro café. La propuesta incluye además un beneficio adicional: la materia utilizada era, en sí misma, un problema. El grano que llega a la taza es la semilla de la cereza del café, y durante su procesamiento se deben retirar la piel, la pulpa y otras partes del fruto. Hasta aproximadamente la mitad del peso cosechado puede convertirse en subproducto en las plantas de procesamiento, donde su gestión y compostaje implican costos.
Los investigadores obtuvieron la pulpa de forma gratuita, y su principal gasto fue prácticamente la contratación de camiones para su transporte. Convertir un residuo agrícola abundante en una herramienta para recuperar tierras degradadas planteó así un intercambio ideal: menos residuos para los productores y una regeneración potencialmente mucho más rápida para el bosque.
No es suficiente cubrir todo con café. Sin duda, el resultado fue espectacular, pero los propios investigadores recalcan que este experimento, aunque sorprendente, fue de pequeña escala y no demuestra que la receta pueda replicarse sin más en cualquier lugar. Una acumulación tan grande de pulpa huele, atrae insectos y contiene grandes cantidades de nutrientes que podrían contaminar ríos y lagos si llegan al agua. Además, es crucial aplicarla en terrenos adecuados y durante una estación seca que permita que la capa actúe sobre las gramíneas.
De hecho, en otros ecosistemas, podría incluso favorecer plantas invasoras en lugar de especies autóctonas. Quizás por ello, lo extraordinario del experimento en Costa Rica no fue tanto descubrir un fertilizante milagroso, sino comprobar hasta qué punto puede cambiar un paisaje cuando se elimina el obstáculo que impedía su recuperación: en 2018, se descargaron 30 camiones de residuos de café sobre un pastizal degradado y, apenas dos años después, aquel terreno abierto estaba cubierto en más del 80% por las copas de un bosque que había comenzado a reconstruirse prácticamente solo. En la parcela sin café, la cobertura apenas alcanzaba el 20%.