Una investigación reciente de la NASA y la Universidad de Lancaster desafía la creencia arraigada de que las tormentas geomagnéticas alcanzan un punto de saturación. Los científicos han descubierto que este fenómeno era una ilusión estadística, lo que implica que la intensidad de las corrientes eléctricas generadas en nuestra atmósfera por los vientos solares podría ser mucho mayor de lo anticipado, con consecuencias potencialmente más graves para nuestros sistemas de telecomunicaciones y redes eléctricas.
Es bien sabido que las tormentas geomagnéticas y los vientos solares pueden afectar notablemente a los dispositivos de telecomunicaciones en la Tierra. Sin embargo, siempre se había asumido un dato tranquilizador: la saturación de las tormentas geomagnéticas. Esto implicaba que existía un límite a partir del cual, sin importar el aumento de la intensidad de la tormenta, las corrientes eléctricas dañinas generadas en nuestra atmósfera no seguirían intensificándose. Esto sugería que ya habíamos experimentado lo peor de este fenómeno solar, y aunque preocupante, no había sido devastador.
El problema surge ahora que un equipo de científicos de la NASA y la Universidad de Lancaster ha observado que, en realidad, este fenómeno de saturación era el resultado de un error estadístico conocido como regresión a la media. Parece que la intensidad de las corrientes eléctricas sí puede seguir aumentando, lo cual es muy preocupante.
La intensidad de los vientos solares se mide mediante naves ubicadas en el punto 1 de Lagrange (L1), mucho más cerca del Sol que de la Tierra. Esto no es casualidad, sino una decisión deliberada para permitir su detección con cierto margen de actuación antes de que impacten en nuestro planeta. Sin embargo, existe un inconveniente, ya que la intensidad real con la que esos vientos solares llegan a la Tierra no es la misma que se midió en L1.
Para determinar la intensidad real con la que llegan a la Tierra, se realiza un cálculo de extrapolación basado en la distancia. Esto proporciona datos aproximados, pero nunca exactos. Para que fueran verdaderamente exactos, la intensidad de los vientos solares debería mantenerse constante durante todo el trayecto hacia la Tierra, lo cual no sucede. Pueden intensificarse o debilitarse, lo que introduce un margen de error en los cálculos. Además, la propia magnitud medida por las naves en L1 ya puede llevar a errores de cálculo, aumentando aún más ese margen.
Cuando se realizan numerosos cálculos que contienen errores, se produce un fenómeno conocido como regresión a la media, donde los valores más extremos pueden estar sobredimensionados. Es decir, los vientos solares que se consideraron más extremos posiblemente no lo fueran tanto. Por otro lado, los efectos de las tormentas geomagnéticas en la Tierra sí son fáciles de medir con exactitud, ya que se miden directamente en nuestro planeta. Y es aquí donde comienzan los problemas.
Estamos relacionando valores en la Tierra con datos del Sol que están sobredimensionados. Lo que se consideraba una respuesta máxima en la Tierra, en realidad se debe a que las tormentas solares no eran tan grandes como parecían. Por eso la curva se aplanaba. Los científicos del estudio recién publicado consideran que con datos más reales de la intensidad de los vientos solares, la curva no se aplanaría, sino que seguiría subiendo.
El Sol está rodeado de un gas compuesto por partículas cargadas eléctricamente, conocido como plasma. Estas partículas se encuentran continuamente en movimiento, dando lugar a lo que se conoce como vientos solares. El problema es que, en ocasiones, cuando la actividad solar es muy alta, estos se mueven con mucha más intensidad, llegando incluso a ser disparados hacia la Tierra.
Afortunadamente, nuestro planeta posee un campo magnético que, en principio, actúa como una burbuja, protegiéndonos de esas partículas cargadas. Cumple su función, pero si los vientos solares son muy intensos debido a una tormenta geomagnética desencadenada por una gran actividad solar, las partículas logran superar esa barrera y alcanzan nuestra atmósfera. Allí, se forman las corrientes eléctricas que se miden para analizar los efectos de esta actividad en la Tierra. Las auroras son el resultado de esas corrientes eléctricas que se forman en la atmósfera.
Cuando estas partículas cargadas llegan a la Tierra, pueden producirse dos tipos de efectos. Por un lado, las auroras boreales, que son el resultado de la emisión de luz en distintos colores cuando los átomos presentes en las moléculas de gas atmosféricas se excitan. Por otro lado, esas corrientes pueden afectar a nuestros sistemas eléctricos y de telecomunicaciones, causando problemas de diversa gravedad. Ya se han registrado fenómenos muy serios, como el Evento Carrington de 1859, en el que fallaron las comunicaciones telegráficas a nivel mundial. Ya en la era de los satélites, el incidente más significativo fue el apagón de Quebec de 1989, que provocó el colapso de toda la red eléctrica de esta provincia canadiense en apenas 92 segundos.
Los autores del estudio que se acaba de publicar señalan que, para comprender la verdadera magnitud de las tormentas geomagnéticas y los vientos solares, es necesario colocar naves que midan su intensidad mucho más cerca de la Tierra. Ya han analizado un millón de datos cercanos y los resultados no han sido alentadores. Por ello, la prevención es más esencial que nunca. Y es que, considerando que el fenómeno de saturación que tanto nos tranquilizaba no es real, los eventos de Carrington y Quebec se quedarían pequeños ante lo que podría ocurrir en el futuro.