La antigua ciudad griega de Ambracia, hoy Arta, fue la capital del Reino de Epiro y escenario de uno de los primeros y mejor documentados usos de armas químicas en la historia militar. Durante el asedio romano en el 189 a.C., sus defensores emplearon humo tóxico para repeler a los invasores que cavaban túneles, una táctica ingeniosa narrada por el historiador Polibio.
Donde hoy se erige Arta, en la Antigua Grecia, florecía una próspera polis conocida como Ambracia. Ubicada al noroeste del país, la ciudad experimentó su apogeo cuando Pirro la designó capital del Reino de Epiro, embelleciéndola con palacios, teatros y templos. Sin embargo, en la actualidad, apenas quedan vestigios de su esplendor. Los romanos la asediaron, y es en este episodio donde se registra uno de los casos más antiguos y documentados del empleo de un gas tóxico como arma en la historia militar.
El uso del humo como gas tóxico en Ambracia no se ha descubierto a través de excavaciones recientes, sino que ha sido revelado por una cita de una obra de la época: el historiador griego Polibio, en el libro 21, capítulo 28 de sus 'Historias', narra cómo durante el asedio romano, los defensores de Ambracia respondieron a los intentos de los invasores de superar sus murallas mediante la excavación de túneles subterráneos. Para contrarrestar esto, idearon una táctica que generaba uno de los gases tóxicos más primitivos para la humanidad: el humo del fuego.
De esta manera, colocaron estratégicamente una vasija de barro con un embudo de hierro, rellenándolo con plumas finas. Encendieron fuego junto a la boca del recipiente y lo cubrieron con una tapa de hierro perforada, canalizando la salida de gases hacia el túnel excavado por los atacantes. Con un fuelle, soplaron con fuerza para avivar las llamas e intoxicar a los romanos que avanzaban por la galería.
Este evento ocurrió en el año 189 a.C., durante la guerra de Roma contra la Liga Etolia, cuando la ciudad de Ambracia fue asediada por órdenes del cónsul romano Marco Fulvio Nobilior. Los ambracios y sus murallas resistieron el asedio, lo que llevó a los romanos a recurrir a una técnica común para atacarlos: cavar galerías subterráneas con el objetivo de dañar los cimientos o penetrar por debajo.
El propio Polibio relata que los legionarios quedaron atrapados en una situación de gran angustia: el humo era insoportable y no había forma de detenerlo, ya que los defensores habían colocado lanzas. Este ingenioso dispositivo cumplió su cometido, forzando al cónsul romano y a los mandos etolios a sentarse a negociar y a prolongar el desenlace.
A pesar de su ingenio y resistencia, Ambracia declinó. Se rindió a Marco Fulvio Nobilior y sufrió algunos saqueos. Posteriormente, fue saqueada a conciencia por Emilio Paulo en 167 a.C., y finalmente su población se redujo drásticamente cuando Augusto trasladó forzosamente a sus habitantes a la vecina Nicópolis, fundada tras la victoria romana en Actium. Para el siglo II d.C., el viajero e historiador Pausanias solo encontró un lugar cubierto de hierba.
En detalle, lo que Polibio describe es esencialmente un generador de humo irritante: la combustión de plumas en un recipiente cerrado produce un humo denso y nocivo que, concentrado en un área confinada con escasa ventilación, puede causar asfixia y llegar a ser letal.
Aunque, en retrospectiva, los ambracios utilizaron los efectos tóxicos del humo como arma, la historiadora Adrienne Mayor advierte que estas prácticas antiguas no eran comprendidas en su época bajo la categoría de arma química, sino como un recurso más de ingenio bélico frente a un enemigo superior.