Desde tiempos remotos, la humanidad ha buscado proteger su piel del sol, aunque las motivaciones y el conocimiento detrás de estas prácticas han evolucionado significativamente. Inicialmente, el objetivo principal era mantener una tez clara, asociada a un estatus social elevado, lo que llevó al desarrollo de diversas formulaciones. Con el tiempo, la ciencia ha revelado que algunas de estas antiguas preparaciones no solo eran seguras, sino incluso eficaces, sentando las bases para los protectores solares actuales.
Actualmente, somos muy conscientes de la relevancia del protector solar. En el pasado, esta comprensión no era tan clara, pero aun así se utilizaba. Generalmente, se empleaban sustancias para blanquear la piel o prevenir su oscurecimiento, ya que una tez morena se asociaba con las clases sociales bajas. Las élites buscaban evitar esa apariencia y algunas personas de clases bajas también deseaban disimularla, lo que impulsó la creación de todo tipo de mezclas destinadas a conservar una piel blanquecina.
Con el avance del tiempo y el conocimiento actual, algunos científicos se han dedicado a analizar esas fórmulas antiguas y han descubierto que, aunque algunas eran perjudiciales, otras eran seguras e incluso efectivas. Sin embargo, esto no implica que debamos usarlas hoy; disponemos de opciones mucho mejor investigadas. Pero para la época en que se desarrollaron, algunas estaban bastante bien.
Los primeros humanos, que vivían en África, tenían la piel adaptada a una intensa exposición solar gracias a altos niveles de melanina. A medida que el Homo sapiens se expandió por el mundo, la necesidad de tanta melanina disminuyó, y la piel se fue aclarando. El problema es que una menor radiación solar no significa ausencia total, por lo que las personas gradualmente sintieron la necesidad de buscar un sustituto para la melanina que habían perdido, aunque no comprendieran la razón.
En el antiguo Egipto, la cosmética adquirió una gran importancia. El maquillaje, las cremas y los aceites se usaban para hidratar la piel, mejorar el aspecto físico o como símbolo de estatus. Incluso algunos productos cosméticos tenían propósitos religiosos y rituales. Por ello, no es sorprendente que entre los egipcios hubiera grandes formuladores. Muchas de sus mezclas carecían de efectividad, pero algunas tenían aplicaciones interesantes y comprensibles con la ciencia actual. En este último grupo se encuentra un protector solar a base de jazmín, arroz y lupino (la planta de la que se obtienen los altramuces).
El objetivo de esta mezcla era mantener la piel lo más blanca posible. Ellos desconocían que la radiación solar podía ser dañina. Sin embargo, se estaban protegiendo de ella, ya que hoy sabemos que el salvado de arroz absorbe la luz ultravioleta, el jazmín ayuda a reparar el ADN y el lupino aclara la piel. No solo se protegían, sino que también reparaban los daños que ya se hubieran producido y mantenían la piel más clara.
Los griegos utilizaban aceite de oliva para protegerse del sol y, especialmente, para cuidar la piel después de la exposición. Aunque no eran conscientes de la magnitud del problema, sí notaban que la piel sufría por la exposición solar, por lo que crearon su propio tratamiento post-solar. Hoy sabemos que el aceite de oliva tiene un FPS de 8, un factor bajo, pero superior a otras opciones posteriores y, sin duda, mejor que no usar nada.
En cuanto a los romanos, fueron de los primeros en emplear óxido de zinc para evitar el oscurecimiento de la piel. Esta sustancia sigue utilizándose actualmente como filtro físico en numerosas cremas solares, lo que demuestra su acierto. También se usaba en la India y China.
En Japón, la piel blanca era un claro símbolo de estatus y belleza femenina. Por ello, las mujeres se aplicaban polvos de plomo. Las mujeres europeas de los siglos XVI y XVII también lo usaban, generalmente mezclado con agua y vinagre, en una preparación conocida como Venetian ceruse. En ambos casos, se utilizaba porque, al ser un polvo denso y blanco, proporcionaba un efecto de máscara que imitaba una tez muy blanca. Por lo tanto, no ofrecía ninguna protección. Al contrario, el plomo es altamente tóxico.
En 1801, el químico Johan Wilhem Ritter descubrió la radiación UV, aunque sus efectos nocivos sobre la piel no se conocieron hasta 1820, cuando un médico llamado Sir Everard Home determinó que estas radiaciones solares son perjudiciales y que la propia piel se defiende mediante la pigmentación. A raíz de este último hallazgo, se intentó fabricar protector solar con taninos, como los de la uva tinta. Sin embargo, el efecto oscuro que dejaba en la piel no fue bien recibido. Con el tiempo se probaron distintas opciones, incluido el óxido de zinc de los romanos.
Al final, muchas de estas fórmulas de civilizaciones antiguas no estaban tan equivocadas. Hoy conocemos mucho mejor los efectos del sol y la acción de este y otros filtros físicos, así como los de los químicos, que no crean una barrera en la piel, sino que absorben las radiaciones. Todos ellos son, en el fondo, el resultado de miles de años de curiosidad e investigación. Es cierto que los primeros humanos que fabricaron protector solar ni siquiera lo hacían por la razón adecuada. Pero el hecho es que, por una u otra razón, lo hacían. Instintivamente nos hemos protegido desde siempre. Que un futbolista bronceado no nos haga retroceder al pasado.