Pedro Xosé Rodríguez González: El Matemático de Lalín que Contribuyó a la Definición del Metro

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La historia del matemático gallego Pedro Xosé Rodríguez González, conocido como el "Matemático de Bermés", es un fascinante relato de superación y brillantez. Nacido en una humilde familia de labradores en el siglo XVIII, su excepcional talento lo llevó a participar en la crucial expedición que sentó las bases para la definición universal del metro, un hito fundamental para la ciencia y el comercio global. A pesar de sus logros, su vida terminó en el olvido, una injusticia que contrasta con la magnitud de sus contribuciones.

Actualmente, medimos el espacio en metros, el peso en gramos y la distancia en kilómetros, dando por sentada esta uniformidad. Sin embargo, durante siglos, cada reino e incluso cada gremio utilizaba sus propias unidades de medida, lo que generaba un caos en el comercio y dificultaba el avance científico. Era imperativo establecer un sistema estandarizado, y entre los que contribuyeron a este cambio, se destacó un labrador gallego de Lalín, Pedro Xosé Rodríguez González, a quien se le atribuía una mente prodigiosa. La historia lo recuerda como el “matemático Rodríguez” o el Matemático de Bermés, por su parroquia natal en Lalín, donde nació el 25 de octubre de 1770.

Séptimo hijo de una familia campesina de Pontevedra, Rodríguez González enfrentaba las limitadas opciones de los hijos de la Galicia rural del siglo XVIII: el trabajo del campo, la emigración o la Iglesia. Su tío, un eclesiástico culto, financió sus estudios en el Colegio de Humanidades de Monforte de Lemos. A los 17 años, se trasladó a Santiago de Compostela con una beca para el Colegio de los Jerónimos, donde cursó gramática, latín, filosofía y teología, materias que usualmente conducían al sacerdocio. Sin embargo, su verdadera vocación eran las matemáticas, que estudió de forma autodidacta, pues la vida eclesiástica no se alineaba con sus intereses.

En 1798, ya ocupaba el puesto de catedrático suplente de matemáticas sublimes en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago. El término “sublimes” se refería al grado, ya que en los siglos XVIII y XIX, el cálculo diferencial e integral se agrupaban bajo esta denominación. Dos años después, ganó la cátedra por oposición. El tribunal evaluador informó al rey Carlos IV que “Rodríguez es uno de aquellos genios que de raro en raro forma la providencia para los conocimientos sublimes”, un elogio que subrayaba su excepcional talento.

En 1803, con 33 años, Rodríguez obtuvo permiso para viajar a París y continuar su formación. Allí, se integró en el círculo de los científicos más prominentes de Europa, estudiando astronomía y matemáticas bajo la guía de Jean-Baptiste Biot, reconocido por sus aportes en la polarización de la luz, los meteoritos y los campos magnéticos. También estableció una relación con Pierre-Simon Laplace, quien eventualmente presidiría la Academia. Esta red de contactos fue crucial.

En 1806, el gobierno español lo designó comisario en una expedición internacional liderada por François Aragó y Biot. La misión consistía en extender la medición del arco del meridiano de París, ya trazado entre Dunkerque y Barcelona, hasta la isla de Formentera. El propósito fundamental de esta medición era establecer la longitud precisa del metro, definida como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano que atraviesa París, una medida derivada de la naturaleza y no de una autoridad real.

La expedición enfrentó complicaciones en el Mediterráneo. El equipo avanzaba exitosamente, configurando el triángulo geodésico número 17, con vértices en las cimas de Camp Vell en Ibiza, la Mola de Formentera y la Mola del Esclop en Mallorca. Fue la primera vez que se midió un gran triángulo geodésico sobre el mar. No obstante, en 1808, con la invasión napoleónica y la Guerra de Independencia en curso, los científicos que emitían señales luminosas desde las cumbres de las montañas fueron considerados sospechosos. Aragó, de nacionalidad francesa, permaneció en Mallorca para completar el último triángulo, pero los isleños lo confundieron con un espía. Un miembro español de la expedición le advirtió, y Aragó, disfrazado de campesino, descendió la montaña, logrando evadir la captura por poco. Finalmente, fue detenido en el castillo de Bellver, en la misma celda que Jovellanos había ocupado. Rodríguez intervino para facilitar su liberación, pero el incidente provocó meses de trabajo perdido, aunque los datos de medición lograron ser salvados.

En 1809, Rodríguez viajó a Inglaterra con la misión gubernamental de examinar los centros científicos británicos. Allí, corrigió a uno de los geógrafos más reputados de su tiempo, el teniente coronel William Mudge, quien, basándose en sus cálculos del meridiano de Greenwich, sostenía que la Tierra estaba achatada en el Ecuador. Décadas antes, Isaac Newton había postulado lo contrario: que el achatamiento se producía en los polos. Rodríguez analizó las observaciones de Mudge, las recalculó utilizando el método de Delambre y descubrió un error de latitud en la estación de Arbury Hill, Northamptonshire. Así, demostró el error de Mudge y confirmó la hipótesis de Newton. El 4 de junio de 1812, su hallazgo se presentó ante la Royal Society de Londres bajo el título ‘Observations on the measurement of threes degrees of the meridian’, leído por su amigo José de Mendoza y Ríos, marino español y miembro de la institución. Esta es, probablemente, la contribución individual más significativa de Rodríguez a la ciencia: la demostración empírica, con mayor exactitud que cualquier otro matemático, de la forma real de la Tierra.

Posteriormente, se dirigió a Gotinga para estudiar cristalografía bajo la supervisión del mineralogista Abraham Gottlob Werner, donde también interactuó con otra figura destacada de la época, Carl Friedrich Gauss. En 1817, en París, René Haüy, considerado el padre de la cristalografía moderna, le obsequió una colección de 1.024 modelos cristalográficos tallados en madera. Esta invaluable colección se exhibe hoy en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Santiago de Compostela.

El final de su vida resulta lamentable. El zar Alejandro I le ofreció la dirección del Observatorio Astronómico de San Petersburgo, y el Ateneo de Ciencias de París le propuso la cátedra de Astronomía. Rodríguez rechazó ambas ofertas, optando por no abandonar España sin informar al gobierno, que, para retenerlo, lo nombró director del Observatorio Astronómico de Madrid en 1819. Fue uno de los fundadores de la Universidad Central de Madrid, precursora de la actual Complutense. Entre 1821 y 1823, ejerció como diputado por Galicia durante el Trienio Liberal. Sin embargo, con la restauración del absolutismo por Fernando VII en 1823, a Rodríguez le fue retirada su cátedra. Enfermo y sin recursos, cruzó la frontera hacia Portugal para colaborar con las universidades de Coímbra y Lisboa. Regresó a Santiago en septiembre de 1824 y falleció el 30 de ese mismo mes. Fue sepultado sin ceremonia alguna en la iglesia de San Agustín, bajo una lápida sin nombre ni inscripción.

Su legado ha sido largamente olvidado y apenas reivindicado. En toda España, solo existe una calle con su nombre en Lalín y un busto en el campo de la fiesta de Bermés, que, paradójicamente, resultó ser una réplica inexacta y tardó décadas en ser reemplazado. En el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, su figura está tallada junto a la de José Chaix, su compañero en la expedición del meridiano. La Real Academia Gallega de Ciencias lo reconoció como Científico Gallego del Año en 2024, doscientos años después de su muerte. Resulta asombroso pensar que la unidad de medida que utilizan hoy sastres y arquitectos se estableció, en parte, gracias a este joven de Lalín, a quien el tribunal de la Universidad de Santiago calificó de genio y a quien un gobierno español, que desmanteló un imperio, dejó morir en la indigencia. La primera biografía publicada tras su muerte fue una afectuosa carta de su amigo personal Ramón Neira de Mosquera, que apareció en el periódico santiagués 'El Eco de Galicia' el 24 de abril de 1851, 27 años después de su fallecimiento, recuperando así parte de su legado.