En recientes maniobras militares, el ejército estadounidense enfrentó una fuerza de oposición reforzada por operadores de drones ucranianos, revelando una significativa desventaja. La simulación puso a prueba la doctrina bélica tradicional de EE. UU. contra las innovadoras tácticas de drones aprendidas en el conflicto ucraniano, resultando en una 'aniquilación' rápida y total de los blindados pesados, lo que subraya la urgencia de adaptar las estrategias militares modernas.
Durante décadas, Estados Unidos fundamentó gran parte de su superioridad terrestre en una estrategia directa: localizar al adversario, concentrar una abrumadora potencia de fuego y avanzar bajo la protección de carros de combate y vehículos blindados. Esta primavera, esta doctrina se confrontó con militares que han acumulado casi cuatro años y medio de experiencia en un enfoque de combate terrestre completamente distinto. El desenlace fue, por decir lo menos, incómodo.
Aproximadamente 3.500 efectivos estadounidenses participaron en el ejercicio Combined Resolve, principalmente soldados de la 3rd Armored Brigade Combat Team de la 1st Cavalry Division, desplegados desde Fort Hood, Texas. Esta era la típica fuerza con la que Estados Unidos se ha preparado durante décadas para una guerra terrestre a gran escala, equipada con carros M1A2 Abrams, vehículos de combate Bradley, infantería, helicópteros, drones y sistemas de guerra electrónica.
Frente a ellos se encontraba la fuerza de oposición del campo de entrenamiento, reforzada por militares ucranianos del 412º Regimiento de Sistemas No Tripulados, conocido como Nemesis. Los primeros movimientos estadounidenses evidenciaron de inmediato un problema: los blindados pesados generaban grandes nubes de polvo, permitiendo a los drones de reconocimiento ucranianos localizarlos con extrema facilidad.
Primero llegaba el dron explorador, luego el que 'eliminaba'. El Wall Street Journal reportó que esta secuencia replicaba una de las rutinas que han transformado el frente ucraniano. Pequeños drones de reconocimiento detectaban los vehículos y transmitían su posición; poco después, aparecían aparatos equipados para lanzar explosivos o drones FPV diseñados para impactar directamente contra el objetivo.
Evidentemente, los ucranianos no destruyeron Abrams reales durante las maniobras; en este tipo de ejercicios, basta con que un dron se posicione sobre el vehículo o se acerque lo suficiente para que un observador certifique su 'baja'. Aun así, lograron hacerlo a tal velocidad que se produjo una situación bastante reveladora: los blindados estadounidenses sufrieron una aniquilación total tan masiva y rápida que tuvieron que ser 'resucitados' y reincorporados al combate simulado para que las maniobras pudieran continuar. Esta dinámica se mantuvo a lo largo de toda la prueba.
La gran diferencia no residía necesariamente en poseer un dron superior. Como se ha mencionado, Ucrania ha acumulado casi cuatro años y medio de una experiencia que ningún campo de maniobras estadounidense puede replicar: operadores que modifican, reparan, arman y vuelven a lanzar drones mientras el enemigo intenta interferirlos o destruirlos.
Esa experiencia ha integrado los pequeños y económicos aparatos en casi todos los niveles del combate. 'No se puede obtener un entrenamiento así en Estados Unidos', explicó el general de la Fuerza Aérea Alexus Grynkewich, máximo responsable militar de la OTAN, refiriéndose a las lecciones a base de 'derrotas' que los ucranianos están proporcionando a los aliados.
La paradoja de Estados Unidos es notable, porque lo especialmente llamativo del ejercicio es quién está aprendiendo de quién. Washington fue pionero en transformar los grandes drones de largo alcance en herramientas bélicas habituales y, durante décadas, empleó aparatos no tripulados para vigilancia y ataques a miles de kilómetros de distancia.
Ucrania y Rusia han llevado esa lógica al extremo opuesto: drones mucho más pequeños, baratos y numerosos, utilizados a pocos kilómetros (o incluso cientos de metros) del enemigo. El Pentágono está invirtiendo miles de millones en sistemas no tripulados y antidrones, y ha solicitado más de 54.000 millones de dólares para drones y defensas contra ellos en su propuesta presupuestaria para 2027, pero la tecnología por sí sola no reproduce la experiencia acumulada diariamente en el frente.
El gran interrogante: qué ocurrirá con el tanque. En realidad, el problema va mucho más allá de unas maniobras estadounidenses deficientes. El carro de combate surgió hace más de un siglo precisamente para romper frentes atrincherados como los de la Primera Guerra Mundial, pero Ucrania ha vuelto a generar extensas líneas fortificadas, mientras los drones dificultan enormemente la concentración de vehículos para atravesarlas.
Según el recuento visual de Oryx, Rusia ha perdido más de 14.000 carros y otros vehículos blindados durante la guerra, y Ucrania más de 6.000 vehículos acorazados de combate. En vastas zonas del frente, la presencia de blindados se ha reducido tanto que los ataques recurren a pequeños grupos de soldados, motocicletas, vehículos todoterreno e incluso caballos para intentar cruzar la denominada 'zona de muerte' de los drones.
Esto no significa necesariamente que el tanque esté obsoleto. Dentro del propio ejército estadounidense existe otra interpretación: Ucrania es una guerra excepcionalmente estática, y los drones resultan especialmente letales precisamente porque hay relativamente poco movimiento y una enorme densidad de sensores sobre el frente.
Si una futura guerra recuperara grandes maniobras y avances rápidos, algunos oficiales sostienen que los carros y vehículos blindados podrían recuperar gran parte de su utilidad. En ese sentido, Ucrania también ha demostrado que no son completamente inviables: ataques mecanizados limitados han logrado atravesar posiciones rusas combinando guerra electrónica con ataques dirigidos contra operadores enemigos de drones.
La discusión, por lo tanto, no se centra simplemente en reemplazar el tanque por el dron, sino en descubrir cómo lograr que una fuerza mecanizada pueda moverse nuevamente sin ser detectada y atacada casi de inmediato desde el aire.
Estados Unidos perdió la primera partida. La segunda fue diferente. Para eso existen estas maniobras. Estados Unidos repitió el escenario durante las dos semanas de enfrentamiento, y sus soldados fueron aprendiendo a dispersar los vehículos, ocultarlos mejor y utilizar con mayor eficacia sus sistemas de guerra electrónica. A mitad del ejercicio, los ucranianos incluso cambiaron de bando y comenzaron a enseñar a las fuerzas estadounidenses cómo utilizar ofensivamente sus propios drones, con resultados mucho mejores.
Algo similar ha ocurrido con británicos, estonios, suecos y otros aliados de la OTAN: cuando unidades ucranianas curtidas en el frente participan en sus ejercicios, las doctrinas occidentales descubren de golpe hasta qué punto ha cambiado el campo de batalla.
En definitiva, Combined Resolve no fue simplemente una humillación para una brigada estadounidense. Fue, posiblemente, el tipo de derrota para el que sirven unas maniobras militares: descubrir en Alemania, donde los vehículos pueden 'resucitar', aquello que en una guerra real se aprendería perdiendo soldados y máquinas.
El Pentágono ya está enviando más personal a Ucrania para estudiar la guerra de drones, probando sistemas ucranianos con miras a comprarlos y adoptando tecnologías antidrones desarrolladas durante el conflicto. Así, después de décadas en las que otros ejércitos estudiaban cómo combatía Washington, Ucrania ha provocado una inversión poco habitual: una donde ahora es el ejército estadounidense el que intenta averiguar cómo combatir como los ucranianos.