Una hoja de papel común, con un grosor de apenas 0,1 milímetros, puede alcanzar alturas asombrosas si se dobla repetidamente. Este fenómeno ilustra el poder del crecimiento exponencial, un concepto que desafía nuestra intuición. Un experimento matemático revela que, con suficientes pliegues, una simple hoja podría superar la altura del Everest e incluso la distancia entre la Tierra y la Luna, aunque sea físicamente imposible de lograr en la práctica.
Una hoja de papel convencional posee un grosor aproximado de 0,1 milímetros. Teóricamente, bastaría con doblarla 27 veces para que su grosor alcanzara unos 13,4 kilómetros, una altura considerablemente mayor que la del Everest. Con solo 15 dobleces adicionales, su grosor teórico se elevaría a unos 440.000 kilómetros, superando la distancia media entre la Tierra y la Luna. El único inconveniente es que este experimento es físicamente inviable, pero los cálculos lo confirman. Esto es matemáticamente correcto y sirve para ilustrar uno de los fenómenos que nuestra intuición maneja con mayor dificultad: el crecimiento exponencial.
Lo notable de esta historia es que una estudiante de secundaria llevó esta pregunta mucho más allá de lo que se creía posible en el mundo real, demostrando que incluso el supuesto límite de siete u ocho dobleces no era del todo cierto.
El punto de partida es aparentemente insignificante: una hoja de papel común tiene alrededor de una décima de milímetro de grosor. Al doblarla una vez, su grosor se duplica a 0,2 mm; luego a 0,4 mm; después a 0,8 mm, y así sucesivamente, ya que cada nuevo pliegue duplica el grosor acumulado previamente.
La fórmula es sencilla (0,1 mm multiplicado por 2 elevado al número de dobleces), pero sus resultados rápidamente dejan de ser intuitivos: después de 20 pliegues, la pila tendría unos 105 metros, y tras 24, superaría el kilómetro.
Con 24 dobleces, tendríamos aproximadamente 1,68 kilómetros de papel; con 25, unos 3,36 kilómetros; y con 26, alrededor de 6,71 kilómetros, todavía por debajo de los 8.848,86 metros del Everest. Un único doblez adicional cambia completamente la escala: el número 27 eleva el grosor hasta aproximadamente 13,42 kilómetros.
Este último pliegue, por sí solo, añade otros 6,71 kilómetros, exactamente la misma cantidad que todo lo acumulado durante los 26 anteriores, y ahí radica la clave de por qué nuestra intuición comienza a fallar. Britney Gallivan entró en el Guinness de los récords con su proeza.
Lo más sorprendente viene después. Una vez alcanzados esos 13,4 kilómetros, es razonable imaginar que llegar hasta la Luna requeriría cientos o miles de pliegues adicionales, pero solo se necesitan 15. Con 40 dobleces, el grosor teórico ronda los 110.000 kilómetros; con 41, alcanza aproximadamente 220.000; y con el número 42, salta hasta unos 439.800 kilómetros. La distancia media entre la Tierra y la Luna es de unos 384.400 kilómetros, de modo que una hipotética hoja de 0,1 mm doblada 42 veces tendría un grosor suficiente para sobrepasarla.
La explicación reside en una trampa mental. El problema no son las matemáticas, sino nuestra tendencia a imaginar las progresiones exponenciales como si fueran lineales. Después de diez dobleces, por ejemplo, la hoja tendría 1.024 capas y un grosor de unos diez centímetros. Otros diez dobleces no añaden simplemente otros diez centímetros, sino que llevan el número de capas hasta 1.048.576 y el grosor hasta aproximadamente 105 metros. Esto es lo que los investigadores denominan sesgo del crecimiento exponencial: tendemos sistemáticamente a infravalorar procesos en los que una cantidad se multiplica repetidamente en lugar de aumentar mediante incrementos constantes.
El viaje hasta la Luna es un experimento matemático, no algo que pueda realizarse físicamente con papel. Cada doblez hace que el paquete sea simultáneamente más grueso y más pequeño, mientras que la curvatura necesaria para efectuar el siguiente pliegue exige cantidades cada vez mayores de material.
En una hoja A4 corriente, llegar incluso a ocho dobleces resulta extraordinariamente difícil, circunstancia que durante mucho tiempo alimentó la creencia popular de que ningún papel podía doblarse por la mitad más de siete u ocho veces.
En 2002, Britney Gallivan, entonces estudiante de secundaria en California, recibió como reto académico doblar algo por la mitad 12 veces. Después de numerosos intentos fallidos con hojas, periódicos y otros materiales, llegó a la conclusión de que el problema podía resolverse matemáticamente y desarrolló ecuaciones para calcular cuánto papel era necesario dependiendo de su grosor y de la forma de doblarlo.
Finalmente, utilizó una tira continua de papel tisú de unos 4.000 pies, aproximadamente 1.219 metros, y tras unas ocho horas trabajando sobre ella, consiguió doblarla por la mitad 12 veces.
Sus ecuaciones mostraron que el obstáculo no era un misterioso límite de siete pliegues, sino la geometría del propio papel y, especialmente, la curvatura necesaria para envolver un paquete que se vuelve progresivamente más grueso.
Gallivan explicó que, al doblar repetidamente en una misma dirección, avanzar hacia números cada vez mayores exige longitudes enormes de material, por eso necesitó una tira de más de un kilómetro para alcanzar los 12 dobleces. Su hazaña convirtió un problema aparentemente trivial de instituto en una demostración física de la diferencia entre saber que algo se duplica y comprender realmente lo que significa duplicarlo una y otra vez.
Si ignorásemos por completo las limitaciones físicas y continuáramos duplicando una hoja de 0,1 mm, 50 dobleces producirían un grosor teórico de unos 112,6 millones de kilómetros, y con 51 se alcanzarían aproximadamente 225 millones, suficiente para superar los cerca de 150 millones de kilómetros que separan de media la Tierra del Sol. Con alrededor de 69 pliegues, entraríamos en escalas de años luz, y con poco más de un centenar, las cifras serían comparables con el tamaño del universo observable.
Evidentemente, mucho antes el modelo habría dejado cualquier posibilidad física atrás, pero precisamente esa imposibilidad permite visualizar la idea central: pasar de una décima de milímetro a superar el Everest requiere 27 duplicaciones, y una vez allí, apenas otras 15 bastan para dejar también atrás la Luna. Asombroso... y matemáticamente real.