La industria de electrodomésticos en España, que antaño fue un motor económico, atraviesa un declive significativo. En las últimas dos décadas, 17 plantas de fabricación han cerrado o se han deslocalizado, dejando apenas una decena operativa. Esta situación, impulsada por la búsqueda de menores costes de producción en Asia y normativas europeas que dificultan la fabricación local, pone en riesgo miles de empleos y la soberanía tecnológica del país.
Hace no mucho tiempo, España contaba con una sólida industria de electrodomésticos, con marcas como Balay, Corberó y Fagor. Entre los años 50 y los 70, proliferaron las fábricas que producían frigoríficos, lavadoras y hornos "made in Spain", facilitando el acceso de la clase media al confort de la era moderna.
Esa época ha quedado atrás: en las últimas dos décadas, 17 plantas han desaparecido (ya sea por cierre o deslocalización) y apenas queda una decena en todo el país, según datos de APPLIA, la Asociación Española de Fabricantes e Importadores de Electrodomésticos. Su facturación anual asciende a 4.500 millones de euros y emplean a 8.000 personas, cifras modestas para un estado del tamaño de España. La situación es crítica y pende de un hilo.
Qué está pasando. En una palabra: deslocalización. Fabricar fuera del continente europeo resulta más rentable que hacerlo dentro, donde los costes de producción, regulatorios y medioambientales son más elevados. Específicamente, Asia se ha convertido en una ubicación preferente. La Vanguardia recoge las declaraciones de Augusto Río, portavoz de APPLIA y director de ventas de la alemana BSH en España: "Hay ciertas normativas en Europa encaminadas teóricamente a mejorar el entorno industrial europeo, pero su aplicación hace que sea más complicado fabricar dentro de la UE".
Un ejemplo es el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), que grava el acero necesario para estos electrodomésticos, pero no se aplica a los electrodomésticos importados que llegan ya terminados. Es decir, si se importa una tonelada de acero de Asia, se cobra la tasa. Pero si esa misma tonelada de acero se utiliza en Asia para fabricar una lavadora completa allí y se trae a Europa, la lavadora entra sin pagar esa tasa verde.
Por qué es importante. La primera consecuencia es directa y obvia: la pérdida de empleos. La menos obvia es la dependencia estratégica de terceros para bienes de primera necesidad doméstica. Mantener estas empresas activas y operativas sostiene economías locales bajo un modelo de empleo estable y de calidad. Al menos, más que el precarizado sector servicios que a menudo lo sustituye. Desde el punto de vista tecnológico, se rompe el ecosistema de I+D+i vinculado al tejido industrial: sin fábricas, el conocimiento técnico se traslada al exterior y se pierde la retroalimentación de la innovación.
Paradójicamente, la pérdida de estas industrias no se debe a una crisis de demanda de consumo: según Renub Research, el mercado europeo de electrodomésticos crecerá de 112.330 millones de dólares en 2024 a 147.980 millones en 2033, con una tasa anual de crecimiento superior al 3%. Sin embargo, en un informe de previsiones elaborado por Mordor Intelligence, el quinteto que lidera el mercado de electrodomésticos está compuesto por la alemana BSH, la sueca Electrolux, la británica Dyson, la norteamericana Whirlpool y la china Haier. Precisamente otra marca china, Midea, adquirió al Grupo Teka entre 2024 y 2025.
Contexto. Históricamente, la fabricación de electrodomésticos en España reflejó el desarrollismo económico y la adaptación del "American Way of Life" del consumo de masas de mediados del siglo XX. Las familias establecían una relación que iba más allá de la compra: adquirían los aparatos, pero también los fabricaban, generando una fuerte vinculación e identidad obrera. La globalización de finales del siglo XX y principios del XXI puso fin a esto: las multinacionales trasladaron sus fábricas a países con menores costes laborales y ambientales.
A este contexto de deslocalización se suman asimetrías legales concretas: España exige tres años de garantía de fabricación frente a los dos exigidos por la normativa general de la UE. Asimismo, es obligatorio almacenar piezas de repuesto durante una década, lo que genera unos costes de inventario que en la práctica la importación esquiva.
La (única) gran baza de Europa. Para sobrevivir a la feroz competencia del mercado asiático, la estrategia de la industria europea que aún resiste pasa por abandonar la guerra de precios y diferenciarse en calidad, sirva como ejemplo la Mittelstand alemana. Ese es el plan del grupo CNA, propietario de la marca Cata y con fábrica en Torelló. Santiago Torrent, su presidente ejecutivo, detalla: "El reto no es crecer, sino hacerlo con más valor añadido" y que deben centrarse en calidad, innovación, durabilidad y mejores prestaciones. Esto también incluye la postventa y las reparaciones, dos ámbitos en los que la Directiva europea de Derecho a Reparar les exige una responsabilidad creciente sobre el ciclo de vida del producto.
Sí, pero. La problemática de esta estrategia del valor añadido necesita tiempo, inversión y un mercado dispuesto a pagar más por un producto europeo, algo que no tiene por qué darse. Y menos en un escenario inflacionista como el actual. Por otro lado, China ya ha mostrado públicamente su descontento ante las medidas arancelarias europeas proteccionistas, respondiendo que tomará "las acciones necesarias". Y la dependencia europea de China va mucho más allá de las lavadoras: abarca semiconductores, baterías y tierras raras, lo que limita estructuralmente hasta dónde puede presionar Bruselas sin dañarse a sí misma.