Durante el siglo XX, la Unión Soviética enfrentó un dilema crucial para asegurar la navegación en la estratégica y gélida costa ártica: la falta de personal dispuesto a operar faros en condiciones extremas y la ausencia de una red eléctrica confiable. La solución adoptada fue instalar faros alimentados por generadores termoeléctricos radiactivos (RTG), una tecnología que, aunque innovadora, con el tiempo se transformaría en un grave problema de seguridad y contaminación radiactiva.
Trabajar en un lugar remoto, aislado, con temperaturas gélidas, fuertes vientos y frente a un océano inhóspito no resulta una propuesta atractiva. Esta realidad era bien conocida por los soviéticos a mediados del siglo XX, quienes enfrentaron una escasez de candidatos para operar los numerosos y estratégicos faros construidos a lo largo de su vasta costa ártica. Las condiciones eran tan severas que incluso el régimen estalinista descartó la contratación de operarios, optando por una solución alternativa: los faros nucleares.
El océano Ártico siempre ha sido un área de gran importancia estratégica. Su relevancia se intensifica en la actualidad debido al cambio climático y el deshielo, que lo posicionan como una ruta comercial clave entre Asia y Europa. Sin embargo, ya en el siglo XX, con el auge de la industrialización, esta región era fundamental. Durante los meses de verano, cuando el hielo cedía, la Ruta del Norte se convertía en una vía vital, especialmente atractiva para Moscú, que controla más de 24.000 kilómetros de costa ártica.
El desafío principal era cómo garantizar la seguridad de los buques en estas aguas heladas. La práctica habitual era construir faros con personal encargado de su mantenimiento y operación, pero ¿quién estaría dispuesto a vivir en torres ubicadas en un litoral tan inhóspito, gélido y deshabitado? Además, ¿qué persona podría soportar una vida así? El problema era complejo, ya que la red del Ártico era tan estratégica como difícil de gestionar, sin fareros disponibles ni fuentes de electricidad.
La solución llegó cuando las autoridades soviéticas decidieron simplificar la ecuación, como recordó Tom Hale, editor de IFL Science: si no había personal ni red eléctrica, harían que los faros funcionaran sin ambos. Su estrategia fue alimentar los faros con generadores termoeléctricos radiactivos (RTG), dispositivos que utilizaban estroncio-90, cesio-137 o cerio-144 para convertir el calor de la desintegración radiactiva en electricidad. Hale detalla que cada RTG podía generar un voltaje constante de siete a 30 voltios y hasta 80 vatios de potencia, manteniéndose activo durante varias décadas. La organización medioambiental Bellona, con sede en Noruega, señala que el estroncio-90 tiene un período de desintegración de tres décadas, lo que permitía a los faros del Ártico operar durante años sin necesidad de inspecciones. Esta solución es similar a la utilizada para impulsar naves espaciales como la Voyager, Cassini y New Horizons, aunque con distintos tipos de combustible.
La cantidad exacta de faros instalados es una pregunta con una respuesta difícil. Hale menciona cientos de faros automatizados, precisando que cuando la URSS colapsó en 1991, existían casi 200 torres alimentadas por generadores RTG distribuidas en las regiones de Murmansk y Arkhangelsk, sin contar los operativos en la costa del Extremo Norte, cuyo número es desconocido. En 2003, Bellona estimó que en Rusia había alrededor de 1.000 RTG, la mayoría destinados a faros. Los técnicos de la organización calcularon que el 80% operaban en la Ruta Marítima del Norte. A principios de los años 90, se habían localizado unos 132 en la costa septentrional de Rusia.
Esta cifra es notable, considerando que los primeros faros de la región se instalaron en los años 30 y que la URSS no adoptó masivamente los generadores RTG hasta los años 60. Un análisis reciente de The Barents Observer reduce significativamente el número de faros, mencionando cientos de balizas de navegación en la costa ártica rusa. Malgorzata Sneve, en un artículo de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA), afirma: "En general, los RTG son las fuentes más adecuadas para sitios sin personal ni mantenimiento, que necesitan apenas unos centenares de vatios, o menos, de energía durante períodos demasiado largos".
Lo que inicialmente pareció una solución ideal para los faros nucleares autónomos, con el tiempo se convirtió en un problema. A pesar de su longevidad y bajo mantenimiento, los RTG no eran infalibles. Rusia lo constató a medida que avanzaba el siglo XX, y con el declive de la URSS y la desintegración de los sistemas soviéticos, muchos de estos faros quedaron desatendidos. La magnífica solución para prescindir de fareros se transformó en un enorme riesgo: material radiactivo expuesto a la ruina, la degradación y el saqueo por vándalos en busca de metales.
Tom Hale documenta al menos dos incidentes en los que los generadores causaron alarma a las autoridades rusas. El primero ocurrió en 1999, cuando un RTG de un faro antiguo fue hallado emitiendo radiactividad en una parada de autobús en Kingisepp, cerca de la frontera con Estonia. El segundo caso, dos años después, tuvo lugar en el valle del Inguri, donde un grupo de leñadores encontró piezas cerámicas calientes que resultaron ser dos RTG soviéticos.
Para abordar estos problemas, Noruega lanzó una iniciativa a finales de los años 90 para eliminar RTG peligrosos en el noroeste de Rusia, logrando retirar alrededor de 60 antiguos generadores de faros de la península de Kola en una década. A principios del siglo XXI, incluso Estados Unidos ofreció asistencia a Moscú para reemplazar los faros nucleares, en un momento en que ya se planteaba la sustitución de las fuentes de energía radiactivas por alternativas más funcionales y económicas, como las baterías solares.
Bellona también ha advertido sobre los riesgos de los RTG. En 2003, la organización reportó el hallazgo de dos generadores vandalizados en Kola. Las piezas contenían estroncio, y Bellona sospechaba que se habían utilizado para alimentar faros y balizas de navegación. Las autoridades de Murmansk calificaron el incidente como un "accidente radiactivo", según Bellona, asumiendo que los vándalos buscaban metales valiosos como acero inoxidable, plomo y aluminio para vender en el mercado de chatarra de Murmansk. Además, se llevaron la carcasa de uranio empobrecido, que se usaba para proteger los núcleos de estroncio-90 del RTG.