El hallazgo de un cráneo parcialmente momificado en Zaragoza en el año 2000, identificado como los restos del Papa Benedicto XIII del siglo XV, ha desatado un complejo litigio judicial entre tres localidades aragonesas. Este objeto, actualmente custodiado en el Museo Provincial de Zaragoza, es el último vestigio de una figura que desafió a la cristiandad y cuya historia, marcada por la obstinación y el Cisma de Occidente, es tan fascinante como su destino profetizado.
En el año 2000, un cráneo parcialmente momificado fue descubierto en un palacio de Sabiñán, Zaragoza. Los análisis confirmaron que pertenecía a un papa del siglo XV, robado de la urna donde reposaba. La Guardia Civil lo recuperó meses después, el 12 de septiembre. Durante décadas, el cráneo ha sido objeto de un pleito judicial entre Illueca, Sabiñán y Peñíscola, las tres localidades que reclaman su custodia. Actualmente, se encuentra en un depósito del Museo Provincial de Zaragoza, a la espera de una sentencia. Siglos antes, un santo había vaticinado su destino: que su cabeza sería usada como pelota por los niños. La historia de cómo llegó a esta situación comienza en un castillo del Moncayo.
Desafiando a toda la cristiandad, Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, el segundo hijo varón de una de las familias nobles más influyentes de Aragón, estaba destinado a la Iglesia, siguiendo la costumbre de la época. Estudió Derecho Canónico en la Universidad de Montpellier, donde sobresalió como alumno y posteriormente como profesor. Fue nombrado cardenal por el papa Gregorio XI. En 1377, la monja dominica Catalina de Siena le recordó al papa su promesa de juventud de regresar la sede a Roma. Gregorio XI, conmovido, emprendió el regreso, y Pedro de Luna viajó con él. Lo que ocurrió a continuación partió la Iglesia en dos durante cuarenta años.
Gregorio XI falleció en Roma el 27 de marzo de 1378 antes de poder reorganizar la situación. El cónclave para elegir a su sucesor fue caótico: la multitud romana rodeó el edificio, exigiendo un papa italiano bajo amenaza de muerte. El resultado fue Urbano VI, el arzobispo de Bari. Meses después, los cardenales, incluido Pedro de Luna, declararon inválida esa elección por coacciones y eligieron a Roberto de Ginebra, quien adoptó el nombre de Clemente VII y se estableció en Aviñón. La Iglesia tenía dos papas. Ambos se excomulgaron mutuamente y maldijeron a los seguidores del otro. Nadie sabía con certeza cuál de los dos iría al infierno.
Pedro de Luna llegó al pontificado por una combinación de mérito, oportunismo y una promesa que pretendía incumplir. Durante dieciséis años, fue el legado del papa de Aviñón en toda Europa. Medió entre Portugal y Castilla, y negoció entre Francia e Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años. Era una de las figuras con mayor conocimiento del panorama político y jurídico de la cristiandad. Cuando Clemente VII murió en septiembre de 1394, los cardenales de Aviñón se enfrentaron a un dilema: elegir un nuevo papa perpetuaría el Cisma. Propusieron la 'via cessionis': que ambos papas renunciaran para poner fin al Cisma. Los doctores de París aconsejaron esperar. Todos los cardenales firmaron un documento comprometiéndose a renunciar al pontificado si eran elegidos. Era la condición para aceptar el cónclave. El lunes siguiente, 20 de 21 cardenales votaron a Pedro de Luna. El único que no lo hizo fue él mismo. Aceptó el cargo, tomó el nombre de Benedicto XIII, y no renunció. Cuando se le preguntó por el juramento, respondió con la lógica de un jurista: ningún cardenal puede comprometerse a renunciar antes de ser elegido, ya que eso violaría la libertad del Espíritu Santo. El juramento era inválido de raíz. Nadie lo convenció de lo contrario en los siguientes veintinueve años.
Aragón, Castilla, Navarra y Escocia lo reconocieron como su santo Papa, mientras que el resto de la cristiandad no. Esto significaba cuatro reinos contra el resto del mundo cristiano. Francia, que había sido el principal apoyo del papado de Aviñón, le retiró su obediencia en 1398. En 1403, abandonó el Palacio de los Papas de Aviñón con solo cinco cardenales leales. Esto implicó movilizar ejércitos y embajadas. Deambuló por ciudades de Francia e Italia mientras negociaba, maniobraba y publicaba tratados jurídicos. Fue el papa más solitario y obstinado de la historia.
En Perpiñán, en 1415, tuvo lugar un momento crucial. El Concilio de Constanza, convocado por el emperador Segismundo, logró lo que nadie había conseguido: el antipapa Juan XXIII fue depuesto, y Gregorio XII, el papa romano, renunció en favor de la unificación. Solo quedaba Benedicto XIII. En septiembre de 1415, el propio Vicente Ferrer, su amigo de décadas, predicador de fama europea y futuro santo, viajó a Perpiñán para convencerlo. No lo logró. Se encontró con este argumento: “Aseguráis que soy un papa dudoso; lo acepto. Pero antes de ser papa fui cardenal, y cardenal indiscutible de la Santa Iglesia de Dios, ya que fui investido antes del Cisma. Como los cardenales son quienes nombran al papa, solo yo puedo designar o elegir un papa auténtico”. Vicente Ferrer lo dejó allí, atrapado en ese círculo vicioso. Fernando I de Aragón también lo abandonó. El Concilio de Constanza lo condenó como hereje y antipapa. Martín V fue nombrado pontífice único de la cristiandad en 1417. Pedro de Luna, completamente solo, se instaló en el castillo templario de Peñíscola.
El castillo de Peñíscola, sobre un promontorio frente al Mediterráneo, fue el escenario de los últimos ocho años de su vida y su creación más personal. Allí estableció una corte y formó una de las bibliotecas más ricas del siglo XV, con volúmenes de teología, filosofía, arquitectura, medicina, alquimia, astrología y magia. Los “libros ocultos” de su colección le valieron acusaciones de hechicería y cultos demoníacos. Se decía que poseía el legendario Códice Imperial, un pergamino escrito por el propio Constantino cuya lectura helaba la sangre y sacudía la fe. Guardado en una cánula de oro, era el secreto mejor custodiado de la Iglesia. Cuando Benedicto murió, nadie lo encontró.
En 1418, a los 90 años, fue envenenado con rejalgar, una mezcla de arsénico y azufre. El atentado fue organizado por un cardenal al servicio de Martín V. Un médico hebreo lo trató con un compuesto que desde entonces se llamó "Pulveris Papae Benedicti". Sorprendentemente, sobrevivió. Rodeado por tropas aragonesas y con el mundo entero reconociendo a otro papa, continuó gobernando desde el peñón. Siguió nombrando cardenales y firmando bulas. Murió el 23 de mayo de 1423, entre los 94 y 95 años. Sus últimas palabras fueron: "Papa sum".
Y después, la profecía. La profecía de Vicente Ferrer comenzó a cumplirse. Sus restos fueron embalsamados y permanecieron en Peñíscola durante 7 años, venerados por la gente como si fuera un santo. En 1430, los trasladaron a Illueca, su pueblo natal. Allí reposaron en una urna de cristal y madera, custodiados por la familia Luna. Un extranjero italiano destrozó la urna intentando profanarlos, y el arzobispo de Zaragoza tapió la sala para protegerlos. Siglos después, durante las guerras napoleónicas, soldados franceses saquearon el castillo de Illueca. Golpearon la momia y arrojaron los huesos al río Iruela. Antes, permitieron que unos niños jugaran con el cráneo. Labradores que trabajaban río abajo reconocieron el cráneo flotando y lo devolvieron a la familia Luna. Los demás huesos se perdieron para siempre. El cráneo pasó al palacio del Conde de Argillo en Sabiñán.
La expresión “mantenerse en sus trece” probablemente tiene su origen en su insistencia en repetir “Papa sum et XIII” durante su retiro en Peñíscola. El antipapa, para muchos, no cedió en su postura durante casi tres décadas. Fue un canonista más papista que los papas, imbuido de su propia bula.