Erasmus Darwin: El Abuelo de Darwin y Su Apuesta de 1.000 Libras por una Máquina que Hablaba

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Erasmus Darwin, abuelo del célebre naturalista, fue una figura polifacética del siglo XVIII, destacando como médico, botánico y estudioso del lenguaje. Su profunda curiosidad lo llevó a realizar experimentos fonéticos pioneros, culminando en una audaz apuesta con Matthew Boulton: construir una máquina capaz de rezar. Aunque su invento fue un logro impresionante para la época, no fue suficiente para ganar el desafío.

El abuelo de Darwin, también llamado Darwin, era tartamudo. Esta anécdota sirve para evitar la 'tentación del biógrafo', que busca explicar la vida de una persona por un hecho concreto. Sin embargo, en este caso es relevante, ya que Erasmus Darwin fue un excelente médico, un botánico innovador, un poeta mediocre y, sobre todo, uno de los grandes estudiosos del lenguaje del siglo XVIII. Además, perdió 1.000 libras (de 1770) en una apuesta con Matthew Boulton, una figura clave en la invención de la máquina de vapor y el nacimiento de la revolución industrial.

La obsesión y curiosidad de Erasmus por el lenguaje lo llevaron a pasar meses introduciéndose cilindros en la boca para localizar el punto exacto donde se formaban los sonidos. Sus avances fueron sorprendentes. De hecho, en su obra 'El Templo de la Naturaleza', publicó lo que se considera "el primer ejemplo registrado de un estudio fonético instrumental en un hablante".

Entre sus descubrimientos, identificó 13 características que distinguían todos los sonidos humanos y desarrolló una teoría completa sobre el origen (onto y filogenético) del lenguaje. Fue durante una de esas tertulias y sociedades que proliferaban en la Inglaterra de la época, y que sentaron las bases del debate científico contemporáneo, cuando Boulton le propuso la apuesta: si tanto sabía de lenguaje, no le costaría crear una máquina capaz de rezar en voz alta.

Boulton y Darwin se conocían y eran viejos amigos. Boulton era consciente del ingenio tecnológico de Darwin, quien incluso había creado una pequeña proto-fotocopiadora para sus oficinas, la cual había causado revuelo en el efervescente mundillo industrial de Birmingham. Sin embargo, ni siquiera Boulton creía que Darwin pudiera tener éxito en este nuevo desafío.

En "El Templo de la Naturaleza", Erasmus describió su máquina con bastante detalle: “Diseñé una boca de madera con labios de cuero suave, y con una parte trasera para las fosas nasales, que podían abrirse o cerrarse rápidamente con la presión de los dedos”. Continuó: “La vocalidad la daba una cinta de seda de una pulgada de largo y un cuarto de pulgada de ancho estirado entre dos trozos de madera lisa un poco ahuecados; de modo que cuando se soplaba una suave corriente de aire de fuelle en el borde de la cinta, emitía un tono agradable, ya que vibraba entre los lados de madera, como una voz humana”.

Aunque la descripción suena algo abstracta y no se ha conservado ningún prototipo, la información ha sido suficiente para reconstruir el artefacto, con resultados variados. Según Darwin, “esta cabeza pronunciaba la p, b, m, y la vocal a. Lo hacía con tanta finura que engañaba a todos los que la oían sin ser vistos, cuando pronunciaba las palabras como mama, papa, map, pam”. Y, por lo que se sabe, era cierto. Fue un avance realmente impresionante: el loquendo de 1770.

Sin embargo, no fue suficiente para ganar la apuesta, que exigía que la máquina pudiera “rezar”; es decir, recitar oraciones más complejas que las que se podían construir con su limitado repertorio de sonidos. Siempre resulta curioso lo desconocido que es Erasmus Darwin. Es cierto que nunca patentó ninguno de sus inventos, pues creía que su faceta de inventor podía perjudicar su reputación como médico, pero sus trabajos adelantaron numerosas ideas científicas y filosóficas (entre ellas, la evolución que su nieto llevaría a su máxima expresión). Es en una familia con tanto genio por metro cuadrado donde la expresión “Erasmus pocos y parió la abuela” (de Darwin, claro) adquiere pleno sentido.