En 1929, Renault transformó la Isla Seguin, cerca de París, en una imponente fábrica de automóviles, un símbolo de la producción industrial y la clase obrera. Tras su cierre en 1992 y posterior demolición, la isla se convirtió en un complejo desafío urbanístico. Más de tres décadas después, su futuro sigue siendo objeto de intensos debates y proyectos en constante evolución.
En 1929, Renault culminó una singular hazaña a las afueras de París: la conversión de la práctica totalidad de una isla del Sena en una planta de fabricación de automóviles. La Isla Seguin operó como una gigantesca entidad industrial, interconectada mediante puentes con las instalaciones de ambas riberas, dotada de su propia central eléctrica, pista de pruebas y miles de empleados.
El problema surgió cuando las operaciones cesaron.
Louis Renault inició la adquisición de terrenos en la Isla Seguin en 1919, logrando hacerse progresivamente con casi toda su superficie durante la década de los veinte. La operación culminó a finales de esa década: los primeros edificios comenzaron a erigirse mientras Renault resolvía sus conflictos con propietarios y autoridades locales, y en 1929 se inició la gran etapa industrial de la isla de aproximadamente 11,5 hectáreas, que terminaría casi completamente cubierta por instalaciones.
Inspirado en los métodos de producción observados en las plantas de Ford en Estados Unidos, Renault erigió una fábrica de varios niveles, elevó el terreno, cimentó hasta unos diez metros de profundidad y conectó el complejo mediante puentes con sus instalaciones de Boulogne-Billancourt y Meudon.
Seguin terminó asemejándose menos a una isla con una fábrica que a una enorme factoría rodeada de agua. Sus muros se extendían casi hasta el Sena, poseía una central eléctrica diseñada por Albert Laprade, zonas de pruebas, una pista subterránea y un embarcadero desde el cual los vehículos podían ser transportados por el río.
En los años cincuenta, alrededor de 10.000 personas trabajaban allí y modelos como el Renault 4CV salían de sus líneas de producción; además, Billancourt se consolidó como uno de los grandes emblemas de la clase obrera francesa, desde las huelgas de 1936 hasta Mayo del 68. La imagen del gigantesco “paquebote” industrial quedó tan ligada a Renault que durante décadas fue difícil concebir la isla sin él.
El inconveniente fue su obsolescencia. La producción de Renault comenzó a trasladarse progresivamente a fábricas modernas como Flins, Cléon o Sandouville, y Billancourt perdió relevancia dentro del grupo. Las instalaciones de Seguin fueron modernizadas en varias ocasiones, pero su propia configuración acabó por convertirse en una desventaja para los nuevos métodos industriales.
El 21 de noviembre de 1989, Renault anunció el cierre de la planta y el 27 de marzo de 1992, el último automóvil salió de sus cadenas de montaje. La “fortaleza obrera” quedó en silencio y Francia se enfrentó de inmediato a otro desafío: qué hacer con uno de los espacios industriales más emblemáticos del país.
Desde el anuncio del cierre, las propuestas no tardaron en aparecer. En 1990 se planteó un gran centro científico y tecnológico, seguido de ideas como una ciudad lacustre con canales y jardines, viviendas, universidades, centros de investigación, museos y numerosos planes urbanísticos.
Arquitectos como Jean Nouvel abogaron por preservar la memoria industrial y en 1999 llegó a acusar a Boulogne de “asesinar Billancourt”. Finalmente, se impuso la idea de empezar de cero: en marzo de 2004 comenzó la demolición del gigantesco complejo industrial, dejando la isla libre para construir prácticamente desde sus cimientos. Parecía la oportunidad perfecta para reinventar 11 hectáreas de extraordinario valor a pocos kilómetros del centro de París.
Y entonces apareció François Pinault. El multimillonario francés parecía tener la solución. En 2000, anunció que establecería en la punta de Seguin una fundación para albergar su colección de arte contemporáneo, adquirió 2,3 hectáreas y encargó a Tadao Ando un espectacular edificio valorado entonces en 152 millones de euros. El proyecto se convirtió en el motor de la transformación de la isla y avanzó hasta obtener el permiso de construcción en 2004.
Sin embargo, en mayo de 2005, Pinault abandonó Seguin, alegando los retrasos causados por los conflictos urbanísticos, y finalmente trasladó su proyecto a Venecia. Renault había desaparecido, gran parte de la fábrica acababa de ser demolida y también se desvanecía el proyecto destinado a reemplazarla.
Los años subsiguientes produjeron una extraordinaria sucesión de propuestas: hoteles, una universidad estadounidense, un centro de creación contemporánea, el Instituto Nacional del Cáncer, un campus digital asociado a Vincent Bolloré, oficinas, viviendas, comercios y diferentes combinaciones de parques y equipamientos culturales.
Jean Nouvel fue designado coordinador del desarrollo en 2009 y llegó a plantear cinco torres de alrededor de cien metros, lo que generó otra oleada de oposición y recursos. Los planes variaban en densidad, altura y usos al mismo ritmo que cambiaban alcaldes, promotores y acuerdos.
El primer gran resultado visible llegó en 2017 con la inauguración de La Seine Musicale en la punta occidental, un enorme complejo cultural diseñado por Shigeru Ban y Jean de Gastines.
Pero el centro de la isla continuó siendo el principal problema. Todavía en 2023, seis asociaciones mantenían recursos contra el proyecto Vivaldi de Bouygues Immobilier hasta alcanzar un acuerdo que nuevamente redujo la densidad y altura de los edificios y aumentó las zonas verdes. El propio organismo encargado del desarrollo presentó aquel pacto como la culminación de “30 años de un recorrido jalonado de obstáculos”.
Ahí radica la gran paradoja de la isla. Louis Renault logró adquirir parcelas, enfrentarse a propietarios y autoridades, conectar ambas orillas del Sena y transformar prácticamente todo aquel pedazo de tierra en una única máquina industrial. Cuando esa máquina dejó de ser necesaria, París descubrió que borrar el pasado era bastante más sencillo que decidir el futuro.
Más de tres décadas después de la salida del último automóvil y más de veinte años del inicio de la demolición, Seguin ya cuenta con espacios culturales y nuevos desarrollos en marcha, pero su transformación avanza lentamente. La isla que Renault consiguió ocupar casi por completo con una sola idea ha requerido la intervención de decenas de arquitectos, promotores, administraciones y proyectos para intentar responder a una pregunta aparentemente mucho más sencilla: qué colocar después.